
“La cuarentena me sirvió para sacar muchas cascarillas de heridas que jamás quise ver. Estos ochenta días de encierro terminé de aceptar mi historia y aprendí a quererme más”, dice con emoción Florencia Risso, quien nació hace 25 años en Montevideo y es la primera de una numerosa familia de siete hermanos.
Sus padres eran jóvenes y la esperaban con mucha alegría. El embarazo de su madre fue perfecto. El día del parto, su nacimiento se demoraba más de lo esperado y toda la familia estaba muy ansiosa. “Mi abuela era enfermera, tenía amigas que estaban trabajando en mi llegada -cuenta hoy-. Incluso el ginecólogo de mi mamá era íntimo amigo de ella. Pasaron toda la noche esperando que mi madre dilatara, y como no sucedió, llegué por cesárea, a las 14.30 del 16 de octubre de 1995. No bien nací, llamaron a mi papá, que entró con mi abuela y les dijeron que todo había salido bien, que mi mamá estaba perfecta al igual que yo, y que era una niña divina que había nacido con un bracito más cortito, sin su manito y la mitad del antebrazo”, cuenta,

En ese momento, su abuela se angustió mucho y su papá hizo todas las preguntas necesarias. Ambos recuerdan muy bien lo que les dijeron, aparte de que era una niña divina y sana: “En la vida existe la ley de la compensación, lo que Dios quita por un lado, lo da por otro”.
"Luego de eso, mi papá pidió entrar a ver a mi mamá y contarle personalmente la noticia. Mamá no lo podía creer. Pidió que entrara mi abuela y le preguntó: ¨¿Es verdad lo que dice Martín?”. Cuando se lo confirmaron, ella enseguida pidió verme. Lo primero que hizo fue incorporarse (pidió ayuda, ya que estaba muy dolorida) y me desvistió para verme entera. Entonces me agarró y me abrazo muy fuerte y no me soltó por un rato. Jamás mis padres sintieron lástima”, dice con cierta melancolía.
Lo cierto es que nunca supieron explicar las causas de esa malformación congénita en el brazo izquierdo. “La realidad es que al día de hoy no se conoce el por qué. Ni en mi caso, ni en el de otros niños que nacen con lo mismo" explica.

A Florencia, su familia la recibió igual que a sus otros seis hijos: felices, sabiendo que lo que se venía de ahora en más eran todo metas por cumplir y nuevos desafíos.
“De chica tuve la suerte y la oportunidad de tener una prótesis, pero decidí no ponérmela. Junto a mis padres pasé desafíos. Ellos me enseñaron a atarme los cordones, a subir a una bici, a montar a caballo, a tomar la mamadera sola, a atarme el pelo... y me dieron la libertad de ir a jugar al hockey y hacerlo con tanta pasión toda mi vida”.
“Igualmente, siempre fui consciente de que me costaba visualizarme en el espejo. Me mostraba fuerte ante los demás para ocultar mi inseguridad. Evitaba ir a lugares por miedo a que me miraran, evitaba estar muy expuesta y trataba de estar siempre con gente de confianza'', cuenta Florencia. “Tenía miedo de mirarme al espejo, no me gustaba salir del lado izquierdo por que se veía que me faltaba el brazo, siempre trataba de ocultarlo”, explica angustiada.
Risso estudió diseño de modas. Aun sabiendo que no iba a ser fácil porque hay mucho trabajo manual, decidió enfrentar las dificultades. Además, sacó la libreta de conducir en Uruguay. “Me llevó años tomar la decisión de sacarla haciendo el trámite para discapacitados”, cuenta. Con el tiempo, después de mucho ahorro y sacrificio, pudo comprar su primer auto.

Pero había un tema que a Florencia le costaba encarar y asumir: tener pareja. Para ella siempre fue traumático, desde su adolescencia. “Cuando llegó la edad de conocer chicos, fue todo un desafío. Lo que siempre hacía era buscar al más lindo, al más imposible y meter la cabeza ahí. Quizás buscaba esa perfección que internamente yo sentía que no tenía, y creía que iba a ser todo más parejo. Recuerdo que cuando era chica los chicos me rechazaban porque me faltaba un brazo. Eso me marco para siempre. Nadie quería salir conmigo. Hasta que apareció la persona que se enamoro de mí, sin importarle mi brazo", detalla.
“Hoy me siento segura, linda y sobre todo querida por quien soy”. Hice un gran trabajo conmigo misma, para sentirme bien y poder aceptarme. Dejé de ser tan exigente conmigo, logré no estar siempre pendiente de la imagen, de la ropa, del peso. Un día hice un click y dejé de tenerle miedo al espejo. Empecé a ver mi brazo en un segundo plano y logré mirarme a los ojos”, dice la protagonista.
Si bien para muchos la cuarentena fueron días largos y de mucha angustia, a Florencia le sirvieron “para redescubrirme y superar los dolores que sentía desde hacía mucho tiempo”.
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