
En 1945, las bombas atómicas que los Estados Unidos arrojaron sobre Hiroshima y Nagasaki no sólo produjeron la muerte de 200 mil personas y terminaron con la Segunda Guerra Mundial. Entre el asombro y el espanto, ese poder destructivo llevó a muchos gobernantes a pensar en la mejor forma de protegerse en caso de sufrir un ataque similar. Asomaba la Guerra Fría entre Occidente y la Unión Soviética, y la Argentina no fue la excepción: el entonces presidente Juan Domingo Perón, como muchos mandatarios hicieron antes y después, encargó su propio búnker. Resultó modesto e ineficaz para la función con la que fue concebido, Perón jamás lo usó ni hay elementos para afirmar que alguna vez pasó por allí. Pero alimentó la fantasía de muchos.

El lugar elegido fue la manzana comprendida por la avenida Córdoba, Bouchard, Viamonte y Leandro N. Alem. Allí, el empresario naviero Nicolás Dodero -dueño de la Flota Fluvial Argentina, que Perón nacionalizó- tenía unos viejos galpones que databan de 1872 y pertenecían a la empresa Muelle de las Catalinas. El encargado del proyecto fue uno de los máximos colaboradores del entonces presidente: Carlos Vicente Aloé, quien posteriormente fue gobernador de la provincia de Buenos Aires. Además de secretario administrativo de la Presidencia, era director de la Agrupación de Trabajadores Latinoamericanos Sindicalizados (ATLAS). Esa organización, junto a la Aeronáutica, compró el predio. La idea fue dividirlo en dos: en un sector se levantó el edificio Alas, destinado a departamentos para los altos mandos de la Fuerza Aérea, en otro, que estaría en la esquina de Córdoba y Bouchard, el edificio de la editorial Alea, que jamás se terminó de construir y fue, durante décadas, otro de los elefantes blancos a los que nos tiene acostumbrados la ciudad de Buenos Aires.

Como parte del plan de gobierno, Perón había pensado que los medios de comunicación que estaban en manos del Estado debían conglomerarse en un sólo lugar. En el Alea se ubicarían las redacciones de La Razón, Democracia y Noticias Gráficas, entre otros 16 diarios, además de radios y revistas. Y albergaría la Secretaría Administrativa que conducía Aloé. Ese proyecto quedó inconcluso. En cambio, y quizás porque estaba dedicado a la Aeronáutica, el Alas sí prosperó como edificio de departamentos y cobijó, desde la aparición de la televisión en nuestro país hasta 1978, a Canal 7 en el subsuelo, la planta baja, el entrepiso y el primer piso. En el último, más adelante, en la última dictadura, funcionaron dependencias del Canal 11, que era administrado por la Aeronáutica, y la planta transmisora y la antena de Canal 13, entre otras que pertenecían a distintas radios.

La construcción, a 8 metros bajo tierra, tenía 110 metros cuadrados. Era una caja de 10 por 11 metros, limitada en tres lados por una doble pared de hormigón con un pasillo en el medio de menos de un metro de ancho, que podría ser utilizado en casos extremos. Tenía un living comedor que a su vez funcionaría como escritorio, dos dormitorios con un placard cada uno, un pequeño baño, una cocina, un minúsculo hall y una habitación secreta, camuflada como una caja de seguridad cuya puerta había sido fabricada por la firma Bash en nuestro país. Al abrirla sólo descubrieron un martillo. ¿Su utilidad? Romper una pequeña pared de yeso y madera que, desde el mencionado pasillo, oficiaba de salida secreta. Estaba pensado para albergar a Perón y Eva, y como mucho algún secretario. La energía era provista por una usina que funcionaba con petróleo, y tenía aire acondicionado y conductos de ventilación. El edificio Alas aún tiene una de las puertas de entrada al mismo y el sector del pasillo que pertenece a esa construcción, ya que el resto, que medía 32 metros de largo en total, fue demolido. Tambén poseía una escalera que daba a la calle Bouchard. El hecho que Perón no lo hubiera utilizado durante los bombardeos a Plaza de Mayo o cuando fue derrocado da cuenta de la inutilidad de la construcción. El único que le dió cierto uso fue Aloé, que ubicó allí un archivo de documentación.

El prestigioso arquitecto y arqueólogo Daniel Schavelzon conoce la historia como nadie, ya que muchos años después de aquel proyecto, en 1999, fue llamado por un funcionario de la Secretaría de Planeamiento Urbano del gobierno de la Ciudad. Fue cuando apareció, en la demolición de la estructura del Alea, ubicado exactamente en Bouchard 722, “una obra privada que creían podría ser el búnker de Perón, tal sus propias palabras”. Según Schavelzon, “las obras estaban en pleno desarrollo y el estudio de arquitectos que estaba a cargo habían decidido su destrucción”.

En septiembre de 1955 se produjo el golpe militar de la llamada Revolución Libertadora contra Perón. El gobierno de se hizo cargo, en consecuencia, de los bienes del Estado. El búnker fue abierto al público y en él se exhibieron ropa y joyas de Eva Perón que jamás habían estado en el lugar. Eso sucedió durante un tiempo, hasta que la propia construcción se fue deteriorando con rapidez: en 1956, el subsuelo había comenzado a recibir agua de las napas freáticas. El lugar fue olvidado. Desde entonces permaneció sin cambios, hasta que el gobierno de Carlos Menem, en 1992, decidió que fuera la sede del Archivo General de la Nación. “Quizás sólo fuera una justificación para comprarlo y venderlo luego. Se hicieron los planos del Archivo, pero no avanzó más”, indica Schavelzon. En 1998, la empresa Cargill, a través del ONABE, compró el edificio y le encargó al arquitecto Mario Roberto Álvarez una nueva obra, que implicaría demoler la antigua construcción. Hoy, en lo alto del edificio, cuya dirección es Bouchard 710, está el logo de Samsung.
La discusión, según recuerda Schavelzon, se dió entre quienes sostenían que el búnker debía ser preservado, y el estudio de Álvarez, que sostenía su destrucción para construir cocheras subterráneas. En realidad, en ese espacio de 110 metros cuadrados sólo se podían ubicar seis cocheras de las 186 que estaban planificadas. “Le propusimos transformarlo en un lugar para hacer visitas turísticas. Nos parecía que iba a generar más dinero que el alquiler de las cocheras, pero ni siquiera recibimos una respuesta”, señala. También fue consultado el entonces senador Antonio Cafiero, pero sostuvo que la existencia del búnker era una falacia. En el interin, cuenta el arqueólogo, las máquinas continuaban trabajando en la demolición. No se salvó ni la puerta de la caja fuerte, a esa altura una masa de óxido que pesaba cinco mil kilogramos y fue ofrecida, infructuosamente, a museos de la ciudad. “Se destruyó hasta la más mínima evidencia -señala Schavelzon-, lo que hubiese habido en el interior desapareció el primer día. Fue otro caso en el que nuestro patrimonio cultural se perdió para siempre”.
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