
Fue el lunes de Pascua de 1874 cuando en el pueblo de San Andrés de Giles se habilitó el Cementerio del Sud. La localidad nació oficialmente en 1832 con el nombramiento del primer juez de paz, aunque otros prefieren tomar como referencia el año 1806, cuando el 20 de noviembre se estableció como Patrón a San Andrés Apóstol. Pedro de Giles y Saavedra fue el beneficiario que a fines del siglo 17 recibió esas tierras, de ahí su nombre.
Este cementerio sería el tercero que tendría la zona y allí comenzarían a inhumarse los muertos víctimas de las infames e implacables epidemias de cólera y de fiebre amarilla, que fueron un temido flagelo para las poblaciones y una pesadilla para las autoridades, que ignoraban cómo tratarlas.

Entre su apertura en 1874 y su cierre en 1919, el predio fue la última morada en su camino a la vida eterna de los vecinos de Giles, y también de poblados como Cucullú, Azcuénaga o Villa Espil. También de inmigrantes italianos, españoles, ingleses e irlandeses.
Muchos de ellos habitaban la provincia de Buenos Aires y hubo otros que vivían en la ciudad de Buenos Aires cuando fue sorprendida por la epidemia de fiebre amarilla de 1871 y que abandonaron sus hogares para radicarse, creían ellos, en ambientes más sanos. Lo que ignoraban que muchos ya estaban infectados. Y terminarían habitando el Cementerio del Sud.

De la plaza central de San Andrés de Giles había que transitar unas treinta cuadras hacia el sudeste para llegar al cementerio, que ocupaba una hectárea. Según establecía la Ley de secularización de cementerios, de 1850, éstos debían seguir determinados parámetros higienistas y profilácticos en cuanto a su emplazamiento. Ya se habían dejado de lado los enterramientos en las iglesias para las familias acomodadas.
Cuando se construyó, tenía un muro perimetral de 1.80 y contenía diferentes estructuras funerarias, como nichos sobre los muros perimetrales, bóvedas, en el centro panteones más importantes y tumbas en tierra que los años y la naturaleza hicieron que actualmente carezcan de identificación.

En 1919 su capacidad se saturó y se abrió uno nuevo, en el norte de San Andrés de Giles, que es el que sigue en funcionamiento.
Pero su historia no terminaría ahí.
El vandalismo
Los deudos continuaron sus visitas, ayudaban al cuidador municipal en el mantenimiento de las tumbas y esa lucha desigual contra el abandono finalizó en la década de 1970 cuando se produjo lo que muchos temían. La municipalidad dio de baja el cargo de cuidador y el deterioro y el vandalismo hicieron lo propio. Primero robaron puertas, rejas, apliques, lápidas y terminaron por romper las tapas de los nichos y robarse los ataúdes y restos humanos. La maleza también hizo lo suyo y se fueron apoderando de las construcciones que encontraban a su paso.

Para la gente más joven, era un lugar abandonado que carecía de valor y aún su declaración como “lugar de relevante valor histórico”, impuesto por la ordenanza municipal 119/88 no contribuyó demasiado en su preservación.
Si hasta el lugar fue usado para la filmación de una película: removieron tierra, destruyeron sepulcros y hasta incendiaron una bóveda, tal como demandaba el guión.
Hasta que en diciembre de 2016 un grupo de investigadores -integrado por arqueólogos, antropólogos, historiadores, biólogos y odontólogos- se propusieron la tarea de revalorizar el cementerio y así reconstruir y recuperar parte del pasado de San Andrés de Giles. El trabajo lo hacen junto a la comunidad local, interactuando con las distintas generaciones.
El equipo lo lideran Leandro Luna, Claudia Aranda, Gabriel Acuña Suárez y Sonia Lanzelotti, todos ellos profesionales y profesores universitarios e investigadores en distintas disciplinas.
¿Qué fue lo que encontraron?
Los profesionales determinaron que la puerta principal -ya desaparecida- se ubicaba en medio de la pared norte y así descubrieron parte de la calle principal, hecha de ladrillos. Asimismo, se ubicó el lugar donde estaba emplazado el aljibe que, durante una prolongada sequía de 1940 fue el único oasis para saciar la sed de los pobladores del lugar.

Se recuperaron restos ornamentales de ataúdes, nichos y bóvedas, fragmentos de lápidas de mármol con inscripciones en español y en inglés, y cruces de metal muchas con simbología irlandesa. Hay inscripciones con apellidos de familias del lugar y,según comentaron los arqueólogos, se habrían enterrado a parientes del general Bartolomé Mitre.
Los especialistas recuperaron numerosos huesos y dientes humanos dispersos y mezclados, mayoritariamente de personas muy jóvenes.
También adornos florales de cerámica y muchas cuentas de vidrio de distintas formas, colores y tamaños, algunas no superan los dos milímetros de diámetro. Claudia Acuña, la bioarqueóloga del grupo, explicó a Infobae: “Lo que estamos encontrando evidencia la importancia que se le daba a la muerte. Estas cuentas de vidrio que hallamos se traían de Europa y la gente las cosían en la ropa y a los zapatos de la persona que había fallecido. Estos canutillos se fabricaban en el sur de Francia y en el norte de Alemania y ya nos han escrito varios museos del exterior porque están muy entusiasmados por exhibir este tipo de piezas”.
Llamó la atención el hallazgo de símbolos asociados a la masonería, como antorchas invertidas con cintas flameantes.
Una de las premisas del grupo fue el de trabajar junto a los miembros de la comunidad. Ellos participan en las excavaciones, solicitan que se excava en tal o cual lugar. Hasta un peón de estancia prometió colaborar en el arreglo de las bóvedas. “Son mis antepasados los que están acá”, explicó. Además, se realizan charlas en el predio, donde personas mayores cuentan historias. El Día de los Muertos -de las ánimas, mejor- es una ocasión inmejorable para que esas tradiciones orales alcancen más credibilidad.
Las excavaciones continuarán en los próximos meses, especialmente en un sector donde descendientes de irlandeses indicaron que allí hay enterrados parientes. Argentina tuvo una importante ola inmigratoria irlandesa a raíz de la hambruna que se había desatado en ese país por 1845, a raíz de la peste de la papa. Aún hoy, la comunidad irlandesa es significativa en lugares como Lobos, San Antonio de Areco o Mercedes.
Pero el grupo, al finalizar su tarea en el viejo Cementerio del Sud, no tendrá descanso. Estudiarán las inmediaciones de un arroyo, donde se acostumbraba enterrar a los esclavos; y también un terreno donde se desarrolló una batalla entre unitarios y federales, allá por 1820 y donde esperan hallar la fosa común. Será fácil ubicarlo. Según cuenta la tradición, ese lugar, por respeto, nunca fue sembrado.
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