Cada época tiene una marca ética, un conjunto de valores que le son propios y la definen. ¿Quién habría imaginado, hace 30 años, una movilización mundial, con su contraparte también en la Argentina, pidiendo respuestas ante la amenaza del cambio climático?

El cálculo numérico no es desdeñable: un millón y medio de personas movilizadas en diversas ciudades del mundo reclamando acciones gubernamentales concretas para defender el ambiente. ¿Cuántas reivindicaciones concitan actualmente semejante convocatoria?

Solo fue posible esa marcha mundial la semana pasada porque quienes la llevan a cabo son jóvenes para quienes la época establece que el valor de la protección del ambiente no es un ítem negociable.

Para la generación anterior, que es básicamente la que hoy gobierna, y para las previas todavía más, el ambiente es un lujo que se dan las sociedades luego de atender a las cuestiones básicas.

Aquel lujo, dicen los jóvenes, es ahora lo básico pues lo que está en juego es la supervivencia misma. Y con ello, sin medias tintas, cuestionan el modelo de producción y consumo de las generaciones precedentes: no puede ser considerado progreso un sistema de explotación de los recursos que nos pone ante el abismo, subrayan. Lo mismo dice el Papa: hay que redefinir el progreso, escribió en la encíclica ambiental Laudato Si.

"Queremos que el cambio climático esté en la agenda política", acentuaron, para que quede claro que no comulgan con la modalidad marketinera de echarle la culpa de todo al ciudadano que anda en su casa "en patas y en remera" malgastando calefacción en invierno o no pone el aire acondicionado en 24 grados o tira papelitos por la ventanilla del auto. Falta política pública, compromiso de los gobiernos, fue la noción predominante de la protesta ecológica.

Días atrás, una encuesta reveló que siete de cada diez argentinos sostienen que el Estado hace poco y nada para enfrentar el calentamiento global. En Estados Unidos en solo tres años se multiplicó por cinco la cantidad de personas que se manifiestan "alarmadas" por las consecuencias ya palpables del calentamiento global.

En Australia, la próxima elección nacional se dirime entre quienes pretenden mantener un sistema a base de combustibles fósiles o los que alientan, de verdad, un cambio rotundo en el modo de obtención de la energía. Frente a esto, lo peor que pueden hacer los adultos que hoy gobiernan es mirar con ternura a los chicos y decirles "ya se les va a pasar".

La protesta de los jóvenes apuntó a los gobiernos, a los que deciden. Caso contrario, aseguran parafraseando consignas de tiempos más ideologizados, los barrerá el viento de la historia, o sea la energía eólica.

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