El casco sobre la caja en que fue enviado, pocos segundos después del primer contacto con el periodista de Infobae que fue a buscarlo
El casco sobre la caja en que fue enviado, pocos segundos después del primer contacto con el periodista de Infobae que fue a buscarlo

El lunes 4 de marzo cerca de las ocho de la noche recibí los llamados de la directora periodística de Infobae, Valeria Cavallo, y de la directora editorial, Gabriela Cociffi, para comunicarme una noticia que requería urgencia y una respuesta inmediata: "Mañana te tenés que tomar un vuelo a Inglaterra para traer el casco del soldado Jorge 'Beto' Altieri", el mismo que hace 37 años le había salvado la vida al ex combatiente de Malvinas durante un enfrentamiento contra un cuerpo de paracaidistas en el Monte Longdon.

Resultó ser un impacto enorme. La trascendencia de la tarea se complementaba con el sentido de responsabilidad por semejante hecho. Altieri había esperado durante cuatro años, desde que se enteró por primera vez de que el casco estaba en manos de un coleccionista, encontrarse con su objeto más preciado. Había imaginado miles de noches ese momento.

Me puse en contacto con Bruce Wilson, el ciudadano y coleccionista inglés que hace poco más de una semana había iniciado una subasta en internet para vender el casco. La compulsa duró apenas unas horas: un empresario argentino, que decidió mantener su privacidad, lo compró para que Altieri pudiera finalmente reencontrarse con el mismo. El comprador tomó conocimiento de la historia a través de Infobae, por eso invitó a este medio a documentar el traslado y formar parte de un hecho histórico.

El viaje supondría una aventura inmediata y, básicamente fugaz. Al final de la encomienda habría pasado unas 27 horas arriba de un avión y apenas unas 18 en tierras inglesas. Para evitar el traslado al pequeño pueblo en la ciudad de Devon, al sudoeste del Reino Unido, donde reside el comprador, se acordó que el casco fuera enviado a la oficina de la embajada argentina en la ciudad de Londres, donde se realizaría finalmente la entrega.

Después del extenuante primer vuelo de 13 horas, Londres se encontraba tal como la recordaba de coberturas periodísticas anteriores: posiblemente con una de las arquitecturas más bellas de toda Europa, pero también con sus nubes, su sol absolutamente ausente y una garúa interminable.

El primer encuentro con el casco se dio poco después de las 8 de la mañana del miércoles 6 de marzo en el despacho del embajador Carlos Sersale di Cerisano. Estaba dentro de una caja sellada. El envase, gris y blanco, pertenecía a una marca inglesa de cascos de motos, llamada HJC. En su exterior, había un sobre blanco con una carta pegado con cinta adhesiva. "To Mr. Altieri", rezaba en el espacio de destinatario. Una vez que el propio ex combatiente argentino lo abriera, me enteraría de que se trataba de un mensaje directo del coleccionista hacia el ex soldado argentino.

"Lamento que haya tardado tanto en entregártelo, pero ésta era una de las piezas más preciadas de mi colección y para mí era difícil deshacerme de ella, más aún después de conocer la asombrosa historia que la rodeaba", le escribió Wilson a Altieri en uno de los párrafos.

Una vez abierta la caja, me topé con una innumerable cantidad de film alveolar (el rollo de embalaje popularmente conocido como el de "las burbujas"). Aún pese a la carga emocional que suponía el primer contacto con el casco, tuve que controlar el instinto de comenzar a reventar las burbujas de ese material aislante.

Hasta que pude tener en mis manos el objeto por el cual había realizado ese viaje fugaz. Con diferentes tonalidades de verdes, la falta de una hebilla en una de sus tiras laterales, poco más de un kilo de peso, en apenas unos segundos pude tomar conciencia de la tremenda historia que había escrita allí. El hueco de la esquirla que impactó en la cabeza de Altieri durante la batalla contra un cuerpo de paracaidistas ingleses revelaba la magnitud de la herida. Tanto la coraza externa como la interna del casco se encontraban retorcidas en la zona izquierda de la frente, con algunos bordes oxidados y parte de la tela cobertora descosida. Me quedé contemplando en silencio el casco durante unos segundos. No me salían las palabras. Trataba de tomar dimensión de lo que había significado ese episodio para un chico de apenas 20 años y de cómo ese objeto resultó determinante para que no fuera una víctima mortal más de la Guerra de Malvinas.

El encuentro de Jorge “Beto” Altieri con el periodista que viajó para realizar el traslado del mismo
El encuentro de Jorge “Beto” Altieri con el periodista que viajó para realizar el traslado del mismo

Sobre una de las tiras de tela en la parte interior del casco se podía leer, en vertical, el nombre Altieri. Estaba escrito con una birome azul y de una manera casi obsesiva: muchas rayas remarcadas con el fin de que el nombre no se borrara nunca, sin importar quién fuera el que lo encontrara en el futuro.

También en el interior del mismo estaba guardado un parche de un cuerpo de paracaidistas británicos. Posiblemente se trate del grupo que hirió a Altieri durante el combate. Además, había una carta escrita en inglés, pero su contenido parecía estar más destinado a los coleccionistas de objetos de guerra. El texto refería más a la información sobre el objeto de colección que a la historia escrita detrás del mismo.

Tras un trato muy cordial por parte del personal de la embajada argentina en Londres, fue hora de emprender el regreso. Al momento de encarar hacia el aeropuerto de Gatwick apenas llevaba 13 horas en tierras londinenses.

Fue entonces que mi valija de mano, de círculos rojos y rosas y fondo negro, se convirtió en mi obsesión. El casco no podía ser despachado. No podía quitarle la vista de encima y necesitaba tenerlo en mi poder hasta la entrega. Para un hombre de 57 años, que vive en Banfield, que quedó sordo de un oído, que perdió casi la totalidad de la movilidad en su mano derecha y que padece dificultades en el habla, ese objeto significaba todo. Por eso, era primordial cumplir con mi parte en el proceso de la devolución del mismo.

Ya una vez en el avión, cerca de las 20:45 londinenses y a menos de una hora de que se iniciara el vuelo, protagonicé mi única discusión del fugaz viaje: un ciudadano argentino quería colocar su valija encima de la mía dentro de un ya atestado portaequipaje. No se lo podía permitir. "Tengo cosas frágiles ahí, busque otro espacio, señor".

El saludo final entre el periodista de Infobae y “Beto” Altieri, el héroe de la historia
El saludo final entre el periodista de Infobae y “Beto” Altieri, el héroe de la historia

El arribo a Buenos Aires se dio poco antes de las 8 de la mañana de este jueves 7 de marzo. Mis cálculos habían sido los correctos. Fueron 27 horas de vuelo y 18 en tierra. Viajé directo desde el aeropuerto de Ezeiza a la redacción de Infobae, donde se concretaría la entrega del casco a Altieri.

El esfuerzo de los vuelos, ese jet-lag que nunca llegó a ser y el cansancio quedaron disipados al momento del saludo con "Beto" Altieri y con su hijo Jorge. "No sé cómo agradecerte esto. No te das una idea del valor que tiene para mí lo que hiciste", me dijo el ex soldado entre lágrimas. Poco después, me dedicó otras hermosas palabras que prefiero guardarlas en mi intimidad.

Fueron apenas tres días en los que tuve que recorrer unos 22.242 kilómetros. Sin embargo, esos cuatro minutos que compartí con "Beto" Altieri sirvieron como para tomar parámetro de la importancia y la magnitud de la tarea. El ex soldado se reencontró con el objeto que salvó su vida y ese sueño convertido en realidad no dejó lugar a las distancias ni al tiempo.