
Habían pensado en ir de vacaciones a Cuba pero una promoción las tentó a cambiar el destino: embarcarse en un crucero por primera vez para conocer Jamaica, las islas Caimán y la costa mexicana. Era abril de 2015 cuando Ana María Arroyos y María Celeste, la menor de sus hijas, armaron las valijas. Iba a ser un viaje soñado, terminó siendo una pesadilla.
"Conocí lo peor de la desidia humana. Estuve al borde de la muerte en ese crucero, literalmente, y en vez de contenernos nos trataron como delincuentes", cuenta a Infobae Ana María, que en ese entonces tenía 49 años. Su hija, a quien terminaron bajando del buque esposada, tenía 22.
Hacía 4 horas que el crucero (con camas para 4.100 pasajeros) había zarpado de Miami, y Ana María y su hija apenas habían alcanzado a almorzar algo de frutas y verduras en la cubierta. "De repente, me agarró un dolor de panza muy fuerte, y corrí al baño", recuerda. En el baño minúsculo del camarote el dolor se intensificó: "Quedé tirada en el piso, no me podía levantar, ya me faltaba el aire".
Su hija llamó a Enfermería. "Casi una hora después vino alguien con una silla de ruedas. No era enfermero, ni médico: era un camarero", sigue. "El conflicto ya había empezado, porque después quisieron cobrarnos 500 dólares por el traslado".
Nadie en la Enfermería hablaba español pero Ana María entendió "morphine" y se negó a que la inyectaran: 'Yo pensé: 'Si me dan morfina me van a tapar el cuadro y me voy a morir'. Eso causó otra confrontación, preguntaban quién era yo que creía que sabía más que un médico".
La turista argentina, que vive en Quilmes, decidió volver al camarote y pasó la noche "doblada del dolor". Como no mejoraba, al día siguiente su hija le dijo: "Hasta acá llegamos, volvamos a la enfermería". La situación siguió siendo tensa: su hija -la única que hablaba algo de inglés- pidió que le hicieran análisis de sangre. No había cómo.
Finalmente le dijeron que tenía una gastroenterocolitis aguda y la internaron en la enfermería. El diagnóstico, supieron después, estaba completamente errado.
"Celeste llamaba cada cinco minutos desde el camarote y le decían 'tu mamá está bien'. Cuando mi hija vino a verme le dijo a la médica: '¡Cómo que está bien, si dice que no puede respirar!'. La doctora le contestó que no entendía español".
Con el correr de las horas, Celeste se dio cuenta de que la vida de su mamá estaba en peligro. Se comunicó con quien era su novio y, desde Buenos Aires, se pusieron en contacto con la embajada de Argentina en Jamaica.
Con intervención de la Embajada, decidieron bajarlas en Ocho Ríos, Jamaica, y trasladarla en ambulancia a Kingston, la capital. "A mi hija la bajaron esposada. La sacaron tres ursos rubios. Yo, que todavía estaba consciente, la miré desde la camilla y le dije: 'No hables más'. Yo pensé: 'Acá nos acusan de cualquier delito, nos meten presas y estamos solas en el extranjero".
Cuenta Ana María que un tiempo después, cuando salió del coma, leyó el informe del crucero: decía que "éramos conflictivas, confrontativas, maleducadas y que ellos habían querido hacerme un tratamiento y yo me había negado". El tiempo les dio la razón a ellas: el diagnóstico estaba errado y reclamar fue lo que salvó la vida de Ana María.

Fueron tres horas de ruta en una ambulancia vieja: "Iba muerta de dolor, no podía respirar. Recuerdo ese día y no puedo creer que estoy viva". La operaron de urgencia esa misma noche: tenía una apendicitis que, con el correr de los días, se había convertido en peritonitis y había provocado una sepsis generalizada.
"No fue una cirugía laparoscópica, por el estado en el que llegué, me abrieron al medio". Tenía dos abscesos en los ovarios (pus por el tejido infectado), por lo que debieron extraerle un ovario y las trompas. El líquido había llegado a los pulmones pero en la clínica privada a la que la llevaron no había respirador artificial. La trasladaron a un hospital público de Jamaica varios días después, "cuando se desocupó un respirador en la isla".
El cuadro era tan grave y las condiciones del hospital jamaiquino tan precarias que su familia empezó a buscar la forma de trasladara a Buenos Aires en un avión sanitario. El drama de Ana María llegó a los principales medios del país. "Desesperado pedido por una argentina que se tomó un crucero y está en coma en Jamaica", tituló Infobae en aquel entonces.

Sus compañeros del Banco Ciudad se enteraron de que la internación en Jamaica costaba 4.000 dólares por día e iniciaron una campaña para juntar dinero. Alguien, además, armó un grupo en Facebook llamado "Ayudemos a Ana María", en el que miles de personas le escribieron mensajes de aliento.
Ana María tenía un plan de asistencia al viajero de Assist Card por 20.000 dólares, que cubrió parte de los costos del hospital de Jamaica. Una vez agotado el tope, su familia empezó a hacer gestiones en Cancillería para conseguir un avión sanitario. Al final, la compañía de asistencia al viajero terminó pagando el avión sanitario. Ana María llegó al Sanatorio Finochietto en coma inducido.
"Mi estado era gravísimo. Me contaron que hubo una junta médica en la que le dijeron a mi familia que si me operaban podía morirme y que si no me operaban también podía morirme". Tuvo un paro cardíaco durante la operación pero lograron sacarla adelante.
Pocos días después, le pusieron una traqueotomía y empezó a mejorar. Pasó un mes más internada en Buenos Aires. El 5 de junio de 2015, dos meses después de aquel dolor de panza en la cubierta, le dieron el alta. Todavía hoy sigue escribiendo en el grupo de Facebook, en el que hay más de 7.000 personas. Los llama "Hermanos de la vida".

Visto a la distancia, ¿qué aprendiste?, es la pregunta de Infobae. Y Ana María, por primera vez en la charla, llora. Cuando pasó lo del crucero, hacía poco que se había separado.
"Los medios decían: 'La turista argentina que quedó atrapada en Jamaica', pero al final lo que pasó me terminó abriendo un panorama increíble de oportunidades. Aprendí a valorarme, a poner barreras, a ser más bondadosa conmigo. Hasta ese momento yo estaba siempre para todo el mundo. Y de repente, a mis 49 años, tuve que aprender a ocuparme de mí, física, psíquica y espiritualmente".
El click vino desde un lugar inesperado: "Me ayudaron mucho los relatos en esa página. Había gente desconocida pero también gente que me había conocido en la primaria, en la secundaria o en el laburo -cierra-. Muchos decían que yo siempre había sido alegre, un cascabel, que siempre estaba contenta. Leerlos me ayudó a recuperar a la mujer que había sido".
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