
Cuando en el año 2010, Ricky Pashkus y Pablo Gorlero decidieron crear un galardón para celebrar al teatro musical, pensaron en él: Hugo Midón. Y así nacieron los ya consagrados Premios Hugo. El prestigioso actor, maestro, autor, director y compositor, que marcó un antes y un después en el género, falleció poco tiempo después, el 25 de marzo de 2011, a la edad de 67 años. Sin embargo, al día de hoy, su legado sigue vigente.
Es que no solo revolucionó el teatro musical. También fue un pionero en el rubro infantil, en el que marcó su huella con obras como La vuelta manzana, que estuvo en cartel durante diez temporadas, y Vivitos y Coleando, entre muchas otras. Él tenía muy en claro que todos los adultos guardan a un niño adentro. Y su capacidad de mantenerlo siempre atento y con ganas de jugar, fue lo que le permitió contagiar con su alegría a varias generaciones de argentinos.
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Había nacido el 27 de febrero de 1944 en Valentín Alsina, provincia de Buenos Aires, pero se crió en San Isidro. “Vivía cerca del río, en una calle por la que prácticamente no pasaban autos. Entonces, la calle era el lugar de juego. Teníamos dos cuadras que eran para nosotros, prácticamente. Y jugábamos con cosas que hacíamos. ¡Hasta la pelota la hacíamos nosotros! No comprábamos nada. Teníamos barquitos que armábamos con palitos de helado, carritos con rulemanes...“, recordaba Hugo de aquella infancia que había marcado su vida.
Su papá trabajaba en el puerto y era un director aficionado, por lo que desde muy chico tuvo un acercamiento al teatro. Pero su vocación afloró después de ver una obra al aire libre que le voló la cabeza. “Con mis amigos teníamos la rutina de ir a pasear por la plaza. Y de repente vimos un escenario intensamente iluminado. A mí me pareció como que había bajado un ovni. Y estaba toda la gente rodeando eso, viendo un espectáculo. Me pareció maravilloso”, recordó Midón. A partir de ese momento, supo lo que tenía que hacer. Y comenzó a tomar clases de actuación. Hasta que, con 20 años, ingresó al Instituto de Teatro de la UBA. Y, en 1967, debutó como actor junto al titiritero Ariel Bufano en el espectáculo infantil Los caprichos del invierno.
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A partir de ese momento, decidió empezar a trabajar para los más chicos. Pero de la manera en que lo había aprendido con quien le dio su primera oportunidad en las tablas. “Vestuario, escenografía y trabajo actoral deben estar cuidados. El teatro para niños es un género en sí mismo y no un escalón hacia el teatro para adultos. Hay que hacerlo seriamente”, decía Midón, quien desde 1982 fue director y docente del centro de formación teatral Río Plateado.
Se unió en una dupla memorable con Carlos Gianni, junto a quien a lo largo de cuatro décadas creó más de 20 comedias musicales y cerca de 300 canciones. Y dejó de lado el concepto de teatro infantil, para comenzar a hablar de obras “para toda la familia”. Así, lograba que los menores se divirtieran del mismo modo que sus padres, tíos o abuelos. Porque, de alguna manera, tenía el don de despertar a ese niño interior que todos llevaban consigo.
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Locos ReCuerdos, La familia Fernández, Juego de reyes, Objetos maravillosos, Huesito Caracú, Graves y agudos, Derechos torcidos y la ópera Hansel y Gretel, fueron algunos de sus títulos más recordados. Y, entre otros reconocimientos, fue galardonado con tres premios Argentores, en 1992, 1993 y 1994; tres Ace en 1993, 1994 y 1999; dos Premios Konex de Platino, en 1991 y 2001; y tres Konex Diploma al Mérito en 1981, 1984 y el post mortem en 2011.
La última obra que montó, en tanto, fue Playa bonita en el teatro La Comedia. La hizo con jóvenes actores egresados de su escuela. Corría el año 2009. Y, cuando terminó la función, sufrió una convulsión que lo obligó a someterse a una serie de chequeos médicos. Allí le detectaron un tumor cerebral que lo mantuvo alejado hasta el día de su partida. Murió en su departamento de Palermo, rodeado de sus seres queridos. Y sus restos fueron despedidos en el cementerio de la Chacarita, donde sus amigos, familiares y admiradores entonaron las estrofas de La Historia Interminable.
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“A los chicos se les intenta dar la posibilidad de que se defiendan en el futuro. Y el futuro parece ligado al inglés y la computación. Y no es así. Pasa por otras cosas también. Hay valores que son mucho más importantes y hacen al individuo, al ser humano. Y que hacen a la vida en sociedad y al futuro de la humanidad. Hay que pensar en el futuro de la humanidad. Qué somos y para qué estamos acá. Si lo único que queremos es ganar plata, no tiene mucho sentido nuestro paso por la vida”, había reflexionado Midón en una oportunidad.
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