
La celebración del día de la Independencia de Israel terminó para los marchistas con una fiesta repleta de fuegos artificiales, música, bailarines, cantantes y pantallas de led en el enorme anfiteatro de Latrun, en el museo de los tanques, muy cerca de Jerusalén.

Pero el evento central del día había sido más temprano, cuando cerca del mediodía, unas 8 mil personas marcharon desde la una plaza cercana a la municipalidad hasta el Muro de los Lamentos, al que ya nadie nombra de esa manera, sino por como lo invocan todos los israelís: el Kotel.

Hizo calor, pero seco. No se sintió como un mediodía pegajoso y denso, típico de los veranos porteños o del litoral argentino, lo que fue un alivio. Pero el viento cálido del desierto secaba tanto la boca que era imposible ver a alguien sin una botella de agua en la mano. Cada vez que la columna de Marcha por la Vida pasaba frente a una canilla o un bebedero, eran varios los que se detenían para volver a llenarla.

Más que de emoción, el clima era de alegría. Carteles con la identificación del país de origen de cada uno de los grupos y banderas de Israel, nada más. Unos cuantos percusionistas para agitar los ánimos, y miles de adolescentes que no parecen sentir el cansancio de los 10 kilómetros diarios promedio que caminaron en Polonia e Israel desde que el 10 de abril bajaron de los aviones que los trajeron.

La columna entró a la vieja Jerusalén por la puerta de ingreso al barrio armenio. El día anterior esas calles habían sido recorridas por varios de los grupos, para detenerse a conversar y analizar la historia del genocidio armenio y de cómo es que su no reconocimiento y su impunidad pueden haber sido facilitadores para que los nazis, treinta años después, organizaran la masacre más grande, más perversa y más tremenda en la historia de la humanidad.

Los pasillos angostos dificultaban la marcha porque se convertían en una especie de embudo inesperado que detenía el avance de los marchistas. Sin embargo, no hubo incidente alguno. Solo unos minutos de espera para los que caminaban más atrás. Finalmente, pudieran atravesar la zona.

El final del camino era la explanada frente al Kotel. Al llegar, algunos buscaron una sombra protectora, otros se formaron en grupo para conversar, muchos se dedicaron al trueque de banderas, gorras y remeras con delegaciones de otros países, y fueron bastantes los que cruzaron la baranda para llegar al muro y rezar allí, en la pared más sagrada del pueblo judío.

Marcha por la vida 2018 va llegando a su fin. Fue la número 30. Atrás quedaron los días de Polonia. El recorrido por los campos de concentración y exterminio Treblinka, Majdanek y Auschwitz. Atrás quedaron las fosas de Tarnow y el Gueto de Varsovia.
La primera parte el viaje fue entender de qué se trató la Shoá. Comprenderla en su verdadera escala cuanti y cualitativa. Cómo se mataba, por qué se mataba, a cuántos mataron.

Uno también entiende que lo que aprendió en el colegio, en la universidad o en los libros explorados a lo largo de los años, puede volverse caduco en cualquier momento en tanto y en cuanto las investigaciones siguen, aún cuando pasaron 73 años desde el final de la guerra.
Es claro el compromiso de construir la memoria como mejor garantía de que lo sucedido en la Shoá no se repita. Es claro que esconder un genocidio debajo de la alfombra es ridículo y suicida.

También quedaron atrás para los marchistas la llegada a Israel, una tarde en el Mar Muerto y la visita a Masada, una fortaleza imponente que fue construida por Herodes como un palacio de verano y que en el año 73 D.C. se convirtió en un símbolo de la resistencia judía cuando 900 rebeldes mantuvieron en vilo a los 10 mil sitiadores romanos por casi 7 años.

Es tiempo de volver. De digerir lo aprendido. De procesarlo. De discutir y volver a pensar cientos de cosas que uno creía tener sabidas y no, no eran más que repeticiones de repeticiones de repeticiones de algo que se leyó en algún libro.

Marcha por la Vida empieza su fin. Y #Marcha, el documental y los capítulos de televisión que vinimos a grabar, entran en etapa de edición para tratar de contar esta historia de la mejor manera.
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