El edificio en el centro de Tel Aviv donde se proclamó la independencia de Israel en 1948, hoy convertido en museo.
El edificio en el centro de Tel Aviv donde se proclamó la independencia de Israel en 1948, hoy convertido en museo.

Están los "diez días que conmovieron al mundo", tal como describió John Reed la revolución rusa de 1917. O el "día D" del desembarco aliado en Normandía en junio de 1944 que cambió el rumbo de la Segunda Guerra Mundial. También el asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando de Austria, el 28 de junio de 1914, el martes en que se encendió la mecha de la Primera Guerra Mundial, y el sábado 1 de octubre de 1949 cuando Mao proclamó la Republica Popular China.

Para los israelíes, el 14 de mayo de 1948 (5 de Iyar de 5708 en el calendario hebreo, del que hoy se cumplen 70 años) fue "el viernes que cambió el destino". Y no se trata de una calificación equivocada si se tiene en cuenta el enorme impacto de la creación del Estado de Israel, un evento histórico de consecuencias que podrían considerarse desproporcionadas en relación al pequeño tamaño de este país y su puñado de habitantes.

La vida cotidiana cambió de manera brutal en Israel en los últimos 70 años, como en cualquier otro país. Sin embargo, en Tel Aviv, el escenario de la declaración de la Independencia, muchos rastros de la década del 40 del siglo pasado sobreviven, en especial en los edificios del centro de la ciudad, con su característicos estilos Bauhaus y ecléctico.

La calles de Tel Aviv, embanderadas para celebrar el 70°aniversario de la Independencia
La calles de Tel Aviv, embanderadas para celebrar el 70°aniversario de la Independencia

En esas calles flamean hoy incontables banderas israelíes para los actos del aniversario 70° de la creación del Estado. Los negocios venden globos y juguetes con los colores azul y blanco y la estrella de David no lejos del Bait Haatzmaut, el Hall de la Independencia, sobre la calle Rotschild, a pocas cuadras de la playa sobre el Mar Mediterráneo.

El edificio es ahora un museo que conserva el salón donde el líder David Ben Gurion y otros treinta y seis representantes de las organizaciones y comunidades judías que vivían en la entonces Palestina bajo mandato británico firmaron la declaración de Independencia.

El acto fue la representación de un salto al vacío. Miles de judíos empujados por el sionismo laico o religioso, de izquierda o de derecha, venían ya instalándose en lo que se suponía iba a ser la porción de Palestina que les correspondería por la partición aprobada por las Naciones Unidas en noviembre de 1947.

El desembarco de esos europeos que pretendían vivir en la tierra de sus antepasados ya venía provocando choques armados con los árabes locales cuyos propios antepasados ocupaban la tierra por siglos. Los británicos preferían mantener un mínimo control hasta poder deshacerse del problema.

Las ambigüedades de Londres, los enfrentamientos con los árabes y las propias divisiones entre las organizaciones sionistas postergaban la gran decisión. Los judíos de Palestina querían finalmente crear su país, pero incluso sus correligionarios en Estados Unidos despachaban mensajes en contra de esa idea.

Apenas horas antes de proclamarse el Estado, el presidente de Estados Unidos, Harry Truman, y algunos influyentes judíos norteamericanos mandaron telegramas al entorno de Ben Gurion para advertirle que no siguiera adelante con la idea de la declaración, según contó Arieh Handler, considerado el último sobreviviente entre los asistentes a aquel acto, fallecido en el 2011.

Detrás de la presión de Truman estaba la controvertida posición del general George Marshall, uno de los líderes de la victoria aliada sobre los nazis y en ese momento secretario de Estado, el ministro de Exteriores de Washington.
Marshall había pasado de ser un entusiasta sostenedor de la partición de 1947 a un muy distinto plan de control temporal de las Naciones Unidas sobre Palestina hasta poder encontrar una solución al naciente conflicto entre árabes y judíos en la región. Algunos historiadores sugieren incluso la influencia de funcionarios antisemitas del Departamento de Estado como motor del cambio de actitud de Marshall.

Moshé Shertok, uno de los firmantes de la declaración de Independencia, luego conocido como Moshé Sharett y que llegaría a primer ministro, contó que recibió del propio Marshall la advertencia de que, si Israel proclamaba el Estado, no contaría con el apoyo norteamericano.

Para peor, en esos mismos días otro de los firmantes, Golda Meyerson, quien más tarde cambió su nombre a Golda Meir, había hablado con el rey Abdullah de Jordania. El monarca le confesó que tenía que dar marcha atrás con su promesa de no unirse a un ataque militar de los países árabes si los judíos proclamaban su Estado.

En medio de esa incertidumbre que dividía a los líderes sionistas, Ben Gurión diseñó una maniobra política para hacer avanzar al sector que promovía una pronta declaración de la independencia. En busca de alguna legimitidad para su posición, convocó a una reunión del Gobierno Provisional, la autoridad de facto de los judíos de Palestina, para el miércoles 12 de mayo de 1948.

La maratónica reunión -durante la cual los jefes de los grupos armados judíos advirtieron que las chances de sobrevivir a un ataque conjunto de los países árabes eran de 50/50- duró hasta el jueves 13, cuando se convocó para un nuevo encuentro, en lo que hoy es el salón de la independencia, para el día siguiente.

Según algunos historiadores, Ben Gurion aprovechó el apuro, y el hecho de que la reunión del viernes tenía que terminar antes de que empiece el shabat, para avanzar con su idea de proclamar el Estado a pesar de las presiones en contra de Estados Unidos y de las amenazas militares de los vecinos.

Aunque muchos sostienen que durante la convención del miércoles y jueves se llevó a cabo una votación entre los miembros del Gobierno Provisional que terminó con un 6-4 en favor de la independencia, un reciente libro del historiador Mordejai Naor, titulado precisamente "El viernes que cambió el destino", afirma que no hubo ningún voto, solamente la convocatoria para el viernes.

Invitaciones fueron enviadas en sumo secreto a los líderes de las organizaciones sionistas. Se suponía que nadie tenía que saber lo que estaba pasando, pero una pequeña multitud de enterados se concentró frente al edificio de la calle Rotschild.

La pequeña multitud que se reunió frente al edificio de la calle Rotschild el 14 de mayo de 1948
La pequeña multitud que se reunió frente al edificio de la calle Rotschild el 14 de mayo de 1948

Con tanta urgencia, el calígrafo encargado de preparar el acta de declaración de la independencia apenas había tenido tiempo de empezar su trabajo. Ben Gurion hizo como que leía del rollo, pero en realidad lo hacía de unas tarjetas porque el texto en cuidados caracteres hebreos no estaba terminado.

El líder sionista, que se convertiría luego en el primer premier israelí, dio por empezada la reunión a las 16. Los alrededor de 250 presentes entonaron el HaTikva, la canción que pasó a ser el himno del nuevo país, Ben Gurion leyó la declaración, un rabino pronunció una plegaria, hubo vítores y aplausos, e Israel era una realidad.

Ben Gurion lee la Declaración de la Independencia.
Ben Gurion lee la Declaración de la Independencia.

El acto fue grabado por la radio Kol Israel y propalado en diferido. No había ningún interés en adelantar la reacción de los países aliados ni de los vecinos árabes.

En las calles, la reacción fue lenta, en especial para aquellos que no estaban cerca del escenario histórico.

"Ese día -contó por ejemplo Esther Cohen Mizrachi- yo estaba de visita en la casa de mi hermana Raquel".Independencia Israel (3)

"Ella trabajaba de noche como enfermera y yo estaba sola en su casa, lejos del centro de la ciudad -relató Esther a Infobae-. Recuerdo que esa noche me desperté asustada por los gritos y pensé que era otro ataque árabe", continuó.

Recién "al día siguiente me enteré, cuando mi hermana volvió a casa con la noticia de que ya teníamos un estado propio, después de muchos años de gobiernos otomano y británico", recuerda.

Esther contó que, en los días siguientes, en el medio de las crecientes batallas entre las tropas del flamante ejército israelí y los militares de Siria, Egipto, Irak, Jordania y otras naciones árabes, batallas que dejaron miles de civiles muertos de ambos bandos, las autoridades hebreas formaron caravanas para llevar agua y comida desde Tel Aviv a los sitiados en Jerusalén.

"Me uní a ellos, fui unas de las pocas en poder llegar bien a Jerusalén -contó-. Todavía se pueden ver restos de caravanas en Bab el Wad", en el camino entre ambas ciudades.

La declaración de la independencia y la guerra fueron seguidas con fervor también lejos de Tel Aviv y de Jerusalén.

En Ginebra, por ejemplo, Jaim Pazner era el representante de la Agencia Judía para Europa. Durante la Segunda Guerra Mundial, su trabajo fue ayudar a salvar judíos de la persecución nazi. Al terminar el conflicto, su tarea principal fue recaudar dinero para comprar armas para las organizaciones militares en Palestina, primero, y luego Israel.

"Cuando nos enteramos de que Ben Gurion estaba por declarar la independencia, mi padre reunió a todos sus amigos y colaboradores, unas veinte o treinta personas, con sus familias, en nuestra casa, y seguimos las noticias como pudimos", rememoró Avi Pazner, quien luego se convertiría en embajador de Israel en Italia y en Francia.

"Obviamente no pudimos escuchar la declaración en directo, y tampoco había televisión -contó Pazner a Infobae-. Así que teníamos que seguir las noticias a través de la BBC y de la radio suiza".

Cuando se reportó que Ben Gurion efectivamente proclamó la creación de Israel, "nos desbordó la alegría, todos aplaudimos y nos abrazamos, se alzaron las copas para celebrar con un 'lejaim' y nos pusimos de pie para cantar el HaTikva".

"Lo recuerdo muy bien, a pesar de que era tan pequeño", agregó Pazner, quien también escuchó a su padre en aquel momento pedirle a sus colaboradores "duplicar y triplicar" los esfuerzos para conseguir dinero, ya que "la falta de armas y municiones era entonces el principal problema" del nuevo país.

"Ahora no podemos perder un momento, mañana hacemos un esfuerzo especial para recaudar fondos para comprar armas de Checoslovaquia", fueron las palabras de Jaim Pozner, según recordó su hijo Avi.

Como un signo de aquellos tiempos, que se perpetúa hasta hoy en una tierra donde árabes y judíos parecen condenados a convivir pero no pueden dejar de luchar, la declaración de la Independencia, la que leyó Ben Gurion hace setenta años, llamaba a "reconstruir" el "hogar nacional" de los judíos en su patria original, empujados por siglos de persecución y la entonces fresca "catástrofe" del Holocausto.

Pero también llamó a "los habitantes árabes de Israel a preservar la paz y participar en la edificación del Estado sobre la base de ciudadanía completa e igualitaria y la debida representación en todas las instituciones, provisorias y permanentes".