
Murieron más de once millones de personas. Judíos, polacos, prisioneros rusos, armenios, homosexuales y deficientes mentales, entre otros. La matanza fue organizada, planificada hasta el más mínimo detalle. Sistemática y progresiva. Todo conducía a la muerte. A una muerte anónima, violenta y degradante. A muchos de ellos, ya los habían matado mucho antes del balazo o la cámara de gas.
Los nazis tenían dificultades para llamar las cosas por su nombre. O, tal vez, una gran habilidad para el eufemismo. Lo que ellos llamaban emigración acelerada, evacuación forzosa, tratamiento especial, reasentamiento, trabajo en el Este y Solución Final, eran, en realidad, otras cosas muy distintas.
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Significaban expulsión masiva de territorios, detenciones ilegales, campos de concentración, trabajo esclavo y, fundamentalmente, muerte. De millones de personas. Era el exterminio, la aniquilación premeditada y organizada de un pueblo.

Los modos de asesinar eran variados y los fueron optimizando con el correr del tiempo.
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Al principio, los fusilamientos y las muertes por inanición o enfermedades producidas por el hacinamiento en los guetos. Luego el camión con la manguera que enviaba el monóxido de carbono hacia la caja sellada, atestada de judíos. Después los lager, las cámaras de gas, los hornos crematorios.
El cambio de métodos tuvo dos causas fundamentales.
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La primera fue la de no afectar la moral de las tropas. Las matanzas de Europa del Este, con los soldados disparando en la nuca, a centímetros de distancia de las víctimas indefensas, las fosas llenas de cadáveres amontonados, minaban la moral de los SS.
La segunda era ahorrar material bélico y tiempo. El gas, el Zyklon B, abarataba y aceleraba los asesinatos. Los crímenes atroces. Lo abyecto. Bajo un orden burocrático absoluto.
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Rafael Lemkin, jurista judío polaco, fue el primero en utilizar el término genocidio. Lo hizo en 1944. Documentó las atrocidades nazis en su libro de 1944, El régimen del Eje en la Europa ocupada.
En ese texto, introdujo la palabra genocidio. "Por el término 'genocidio' queremos decir la destrucción de una nación o de un grupo étnico". Esta palabra nueva, inventada por el autor para denotar una práctica antigua en su versión moderna, se compone de la antigua palabra griega genos (raza, tribu) y de la palabra latina cide (matar). (…)
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En términos generales, el genocidio no significa necesariamente la destrucción inmediata de una nación, salvo cuando se realiza por el exterminio masivo de todos los miembros de una nación. En cambio, intenta significar un plan coordinado, comprensivo de diversas acciones, con el propósito de destruir los fundamentos esenciales de la vida de grupos nacionales y de aniquilar los grupos en sí.
"El genocidio se dirige contra el grupo nacional como una entidad, y las acciones del mismo son dirigidas a los individuos, no en su calidad de individuos, pero como miembros de un grupo nacional".
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Lemkin luchó por introducir el concepto jurídico de genocidio en la legislación internacional. En los juicios de Nüremberg lo intentó, pero al no estar contemplado en el derecho internacional, quedó fuera de la acusación.
Lo consiguió el 9 de diciembre de 1949. Ese día las Naciones Unidos aprobaron la Convención de las medidas de Prevención y castigo del genocidio. Cuarenta y nueve familiares de Lemkin fallecieron en los lagers.
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Holocausto, literalmente, significa todo quemado o incendio total. La palabra antiguamente poseía una significación religiosa referida al sacrificio. Denominaba al sacrificio que se ofrecía a Dios quemando un animal.
El término se generalizó, para designar la matanza de los judíos por parte de los nazis, a partir de la década del 50. Sin embargo, su asociación con el sacrificio y la ofrenda determinó que fuera rechazado por muchos. Así comenzó a utilizarse la palabra hebrea Shoah, cuya definición literal sería desastre o catástrofe.
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Primero, el viaje infernal en tren. La luz y el aire entraban por un rectángulo minúsculo. Días amontonados. Sin comer ni beber. Sin tener donde hacer sus necesidades. Sin abrigo en temperaturas impiadosas. Viajando con un muerto –muchos no resistían el viaje- pegado a una de sus mejillas.
Al bajar, la selección. Después, hombres y mujeres quedaban desnudos. No solo de ropa. Completamente desnudos. Sin vestimenta, sin pelo en la cabeza y en ninguna parte del cuerpo, sin pertenencias, ni siquiera una foto o un anillo que sirviera para recordar. Muchos de ellos definitivamente sin sus seres queridos.
Faltaba algo que más que les sacaran. Ese era el paso siguiente. La identidad, el nombre. Pasaban a ser un número. Un número tatuado en el antebrazo izquierdo. Como se identificaba a los esclavos, como se marca a los animales. La condena inscripta en la carne, en el cuerpo inerme.

El plan era que todos murieran. Pero, claro, bajo las estrictas reglas nazis. Además, parecería que la elección alemana era no solo matar, sino que las víctimas murieran bajo el mayor sufrimiento posible. Absorber hasta el último vestigio de dignidad humana que quedara.
Como escribió Primo Levi: no solo debían morir, debían morir en el tormento.
La lúcida escritora alemana Gitta Sereny entrevistó a Franz Stangl, ex comandante de Treblinka. Le preguntó qué significado tenían las humillaciones, la crueldad si, de todas formas, los iban a matar.
El criminal contestó: "Para preparar a los que tenían que ejecutar materialmente las operaciones. Para que pudieran hacer lo que tenían que hacer".
La respuesta atroz no carece de lógica. La lógica incrementa la monstruosidad del planteo. Degradar a la mínima expresión a la víctima antes de matarla para que el asesino, los asesinos, sientan menor culpa.

El sistema concentracionario tenía tres fines: la eliminación de los adversarios políticos, disponer de la mano de obra para someterla al trabajo esclavizante y el exterminio de las razas inferiores.
Nunca en la historia de la humanidad se llegó a tales niveles de abyección. Pocas veces en la historia de la humanidad, el nombre de algo definió con tanta precisión al objeto nombrado: Campos de exterminio.
En los campos de exterminio la muerte era cosa de todos los días, de todas las horas. Era una nueva muerte. Sin lutos ni llantos. Se descontaba que llegaría. Las dudas se podían plantear por la forma en que sobrevendría. La de cada uno pasaría inadvertida para el otro. Muchos más serían asesinados ese día (Auschwitz ostenta el récord: 24 mil muertos un día de agosto de 1944).
En los siglos anteriores hubo muertes masivas pero procuradas por cataclismos, desastres naturales o epidemias.
En los lager se instituyó una nueva muerte. La del siglo XX, creada por el hombre. Una muerte masiva, industrial y anónima. Trivial y cotidiana.
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