
Las personas con grupo sanguíneo O podrían tener más probabilidades de llegar a los 100 años, de acuerdo con una línea de investigación genética liderada por el profesor Stuart Kim, del Departamento de Biología del Desarrollo y Genética de la Universidad de Stanford. El hallazgo, publicado originalmente en la revista PLOS Genetics y recogido por la revista Time, surgió del análisis del ADN de más de 800 centenarios y unas 5.400 personas mayores de 90 años.
El estudio detectó que este tipo sanguíneo aparece con una frecuencia desproporcionada entre quienes alcanzan edades excepcionales, un patrón que los investigadores atribuyen, en parte, a niveles más bajos de proteínas de coagulación y marcadores de inflamación que caracterizan al grupo O frente a los demás.
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Esa menor propensión a la coagulación reduciría el riesgo de eventos cardíacos, que figuran entre las principales causas de muerte prematura a escala mundial.
El grupo O predomina entre los centenarios analizados por el equipo de Stanford

En la muestra estudiada por Kim y su equipo, la variante O del gen ABO (el encargado de determinar la categoría sanguínea) apareció con mayor frecuencia entre los individuos más longevos. El grupo O se asocia con menor riesgo de infarto y accidente cerebrovascular, dos causas que concentran una parte importante de la mortalidad global, y con una menor incidencia de ciertos tipos de cáncer.
Una revisión narrativa publicada en julio de 2026 en la revista científica Mechanisms of Ageing and Development examinó la evidencia acumulada sobre el sistema ABO y el deterioro orgánico. Sus autores, encabezados por Carmela Balistreri, confirmaron que los grupos no O presentan mayor riesgo de trombosis y afecciones cardiovasculares, mediado por diferencias en los factores de coagulación y la función endotelial.
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La revisión añade que el sistema ABO puede influir también sobre la inflamación vascular, la respuesta inmune, la glicosilación celular (un proceso bioquímico que modifica proteínas y participa en la comunicación entre células) y la interacción con el microbioma intestinal, mecanismos todos implicados en el envejecimiento biológico.
Tres genes adicionales aparecen de forma repetida entre los participantes más longevos

Más allá del tipo sanguíneo, el análisis original de Kim detectó la presencia repetida de otros tres genes entre los participantes de mayor edad. El CDKN2B, vinculado a la regulación de la división celular, fue uno de los más destacados. También aparecieron el APOE, conocido por su relación con el Alzheimer, y el SH2B3, que interviene en procesos del sistema inmunitario y cardiovascular.
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La identificación de esos marcadores no implica que su sola presencia sea suficiente para alcanzar los 100 años. Los científicos los interpretan como piezas de un rompecabezas más amplio, en el que la herencia convive con el entorno y los hábitos de cada persona. “La resistencia a enfermedades, tanto en la sangre como en el sistema inmune, es esencial para confeccionar una estrategia de vida larga. Y tener algún tipo O la acentúa”, declaró Kim.
La revisión de 2026 matiza la relación directa entre el grupo sanguíneo y la esperanza de vida

Pese a la asociación observada en la muestra de Stanford, la revisión publicada en Mechanisms of Ageing and Development precisó que los datos sobre esperanza de vida directa aún varían según la población estudiada y que la evidencia disponible resulta, en algunos casos, contradictoria.
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Sus autores concluyen que el sistema ABO funciona como un modificador biológico de contexto, no como un predictor independiente del envejecimiento, y que se necesitan estudios longitudinales más amplios para precisar su papel real en ese proceso.
Uno de los mensajes centrales que se desprende de ambas investigaciones es que la genética actúa en combinación con otros factores, nunca de forma aislada. “No basta con tener buena genética”, advirtió Kim. Llegar a centenario parece ser el resultado de una predisposición hereditaria favorable, la ausencia de enfermedades crónicas graves y hábitos sostenidos a lo largo de décadas.
La dieta, la actividad física, la calidad del sueño, el manejo del estrés y los vínculos sociales aparecen de forma recurrente entre quienes superan ese umbral, y esos factores modificables pueden tener tanto o más peso que la herencia biológica a la hora de explicar la longevidad excepcional.
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