
El riesgo de mordeduras de serpiente crece y se consolida como un problema de salud pública en varias regiones del mundo, según información recogida por la revista Popular Science. Cada año, millones de personas sufren mordeduras, una cifra en aumento por cambios ambientales y expansión urbana.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) calcula que hasta 5.4 millones de personas son mordidas por serpientes anualmente. Alrededor de la mitad desarrolla envenenamiento, una reacción tóxica tras la entrada de veneno en el cuerpo. Las secuelas pueden ser severas: aproximadamente 500.000 personas quedan con discapacidades permanentes y 138.000 mueren cada año. Asia es el epicentro, con hasta dos millones de envenenados cada año.
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Las mordeduras suponen una carga para los sistemas de salud, sobre todo en zonas rurales o pobres donde muchos afectados no llegan a hospitales. La falta de acceso y la subnotificación ocultan la magnitud real del problema, ya que muchos casos no se registran formalmente.

En Estados Unidos la incidencia es menor. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) estiman que cerca de 7.000 personas sufren mordeduras anuales y cinco mueren, aunque expertos advierten que las cifras pueden aumentar en el futuro.
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Las víctimas pueden sufrir dolor crónico, enfermedades renales y necrosis, con secuelas de por vida que afectan su salud y posibilidades laborales. La problemática exige estrategias de prevención y atención coordinadas.
El impacto del cambio climático y los eventos extremos
El cambio climático altera la relación entre serpientes y humanos, aumentando el riesgo de encuentros peligrosos. Investigaciones en la universidad estadounidense de Emory demostraron que la probabilidad de sufrir una mordedura crece con cada grado Celsius de aumento en la temperatura diaria. Eventos extremos como sequías e inundaciones también modifican el comportamiento de las serpientes y las personas.
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Durante sequías, las serpientes buscan refugio y agua en depósitos o lugares húmedos cercanos a viviendas, ante la falta de recursos naturales. Chloe Vasquez, directora ejecutiva de la fundación Global Snakebite Initiative USA Foundation, señala que esto también obliga a las personas a recorrer mayores distancias, lo que incrementa el riesgo de encuentros.
En tormentas o inundaciones, los reptiles son desplazados de sus madrigueras y pueden aparecer en zonas urbanas, casas o sistemas de alcantarillado. El aumento de fenómenos extremos obliga a compartir espacios, eleva los episodios y agrava los desafíos sanitarios.
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La expansión geográfica y los nuevos focos de riesgo
El avance urbano y los cambios en el clima están cambiando el mapa mundial de serpientes venenosas. Varias especies aparecen en áreas donde antes no se encontraban. Por ejemplo, la víbora de foseta marrón, antes presente solo en China, Taiwán e India, ahora se observa en Tailandia. Especies venenosas de la India, como la cobra india, el krait común, la víbora de Russell y la víbora de escamas de sierra, han expandido su presencia hacia el norte y los Ghats occidentales.

Hay nuevos focos de riesgo en Níger, Namibia, Nepal y Myanmar, según investigaciones publicadas en la revista médica The Lancet. El desplazamiento a zonas más altas responde a la búsqueda de temperaturas tolerables ante el calentamiento global.
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En Estados Unidos, el aumento térmico provoca que las serpientes de cascabel en Arizona salgan de su letargo antes, y eleva los informes de mordeduras en senderos de excursionismo. El fenómeno alcanza también áreas urbanas, donde el crecimiento de las ciudades invade hábitats naturales y fuerza a las serpientes a instalarse en jardines y viviendas.
La respuesta institucional y los desafíos de los antivenenos
La OMS impulsa una estrategia global para reducir 50% las mordeduras graves de serpiente para 2030. El organismo promueve planes nacionales, el acceso a antivenenos y el intercambio de datos entre países. Existen grandes desafíos en la producción y distribución de antivenenos.
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La fabricación es costosa y compleja: se extrae veneno, se inocula en animales como caballos para generar anticuerpos y luego se purifican para su uso en humanos. Pocos países destinan recursos suficientes, y las regiones más afectadas suelen carecer de reservas o enfrentan dificultades para importar. Incluso cuando hay existencias, la eficacia depende de la compatibilidad con la especie y la variación geográfica del veneno, lo que complica el tratamiento y la logística.
Los procedimientos y la experiencia de Tailandia
En Tailandia, el centro de toxicología Ramathibodi Poison Center atiende unas 1.500 consultas anuales por mordeduras, la mayoría de especies venenosas como la cobra real, el krait malayo y la víbora de foseta. Las llamadas aumentan durante la temporada de lluvias, cuando las inundaciones acercan a las serpientes a zonas habitadas. El centro asesora a médicos y recibe pacientes con secuelas cada viernes.
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Para identificar especies y determinar el tratamiento, el Ramathibodi Poison Center colabora con el instituto Queen Saovabha Memorial Institute, referente en producción de antivenenos e investigación. El instituto opera una granja de serpientes y coordina con los servicios de emergencia la reubicación de ejemplares.
El veterinario Taksa Vasaruchapong es clave al recibir fotos para identificación y guía. Desde 2011, el programa nacional de antídotos permitió desarrollar 7 antivenenos y asegurar la distribución en todo el país, lo que posiciona a Tailandia mejor preparada para el desafío de las mordeduras de serpiente.
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