
Aunque suele atribuirse al paso del tiempo o al desgaste natural del cuerpo, el dolor de rodilla, cadera y espalda podría tener una causa menos evidente: el calzado.
Las doctoras Courtney Conley y Milica McDowell, autoras del libro Walk: Your Life Depends On It, sostienen que adoptar una técnica de caminata más eficiente y utilizar zapatos que respeten la forma natural del pie puede ayudar a reducir molestias que afectan a millones de personas. Según informó The Independent, estos cambios simples podrían tener un impacto significativo en la salud musculoesquelética y la calidad de vida.
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Datos citados indican que el 60% de las personas sufrirá dolor lumbar en algún momento de su vida y que uno de cada tres tendrá dolor en los pies. El medio agrega que millones más padecen molestias en rodillas y caderas.
La explicación, de acuerdo con las autoras, empieza en la parte delantera del zapato. Cuando la puntera se estrecha y comprime los dedos, el pie pierde capacidad para abrirlos y usarlos como apoyo, una función que influye en el equilibrio, la propulsión al caminar y la activación muscular.
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McDowell señaló que el equilibrio mejora cuando los dedos están separados y que también disminuye el riesgo de caída. Según la especialista, esa posición además mejora la capacidad de impulsarse hacia adelante.

Cómo el calzado moderno debilita el pie
Conley indicó que el zapato “debería tener forma de pie”. Su criterio para recomendar calzado a pacientes es que sea más ancho en la zona de los dedos y más estrecho en el talón.
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La especialista explicó que muchos modelos modernos no solo constriñen el pie, sino que además hacen parte del trabajo que deberían hacer músculos y tendones. Esa ayuda extra puede resultar cómoda al principio, pero también puede ocultar el problema en lugar de corregirlo.
Conley afirmó a que, si una persona llega a una tienda con dolor en el pie, probablemente le ofrezcan un zapato con mucha amortiguación y suela curvada. Ese tipo de calzado puede sentirse bien al comienzo, aunque después el pie sigue debilitándose.
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La misma lógica, añadió, puede aplicarse al dolor de rodilla, cadera y zona lumbar. De acuerdo con su explicación, los zapatos muy acolchados modifican la forma y la velocidad con que el pie impacta contra el suelo, lo que puede agravar patrones de movimiento disfuncionales.
McDowell sostuvo que las marcas venden prestaciones cada vez “más grandes, más acolchadas y más fuertes”. Según la especialista, si una persona no pasa tiempo descalza o con calzado menos intervenido, los músculos del pie trabajan menos, se reducen y pierden condición.
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Prueba casera y origen histórico del problema
Conley mencionó que hay una prueba sencilla para detectar debilidad en el pie: poder levantar el dedo gordo por separado de los otros cuatro. Si alguien no puede hacerlo, señaló, eso revela poca conciencia del pie, menos estabilidad y una capacidad de equilibrio reducida.
Ese deterioro no queda limitado al pie. Las especialistas explicaron que cuando los músculos del pie dejan de activarse de forma adecuada se debilitan con el tiempo, y ese cambio repercute hacia arriba en la cadena corporal y puede contribuir al dolor en otras zonas.
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Según Conley, el origen histórico de ese problema se relaciona con un cambio cultural. Los zapatos nacieron para proteger de las condiciones climáticas y de los terrenos variables, pero que en la Edad Media la moda desplazó a la función con modelos de punta estrecha como el poulaine.
La especialista agregó que un estudio sobre restos óseos humanos detectó en ese período la aparición de juanetes. Conforme a su lectura, la advertencia lleva siglos presente, pero los hábitos de diseño del calzado no cambiaron de manera suficiente.
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Movimiento, evidencia y elección de calzado
Las autoras sostienen que caminar es una de las mejores herramientas para desarrollar un tren inferior más resistente y combatir el dolor, siempre que se haga con una técnica eficiente. También afirman que el reposo total rara vez resuelve el problema.
McDowell señaló que el dolor de espalda es una epidemia global y que a menudo se trata con reposo y medicación, mientras que el dolor de pie suele abordarse con plantillas y, si eso falla, con cirugía. Según añadió, investigaciones de los últimos 20 años contradicen ese enfoque y muestran que hay que mantener a las personas en movimiento.
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La especialista afirmó que los analgésicos pueden aliviar de forma temporal, pero no corrigen los problemas de fondo: falta de movilidad, falta de fuerza, malos hábitos y muy poca actividad. También sostuvo que cuanto más se mueve una persona, más puede recuperar rango de movimiento en las articulaciones que trabajan y reconstruir fuerza.
Conley describió un “espectro” de calzado. En un extremo ubicó los modelos tradicionales; luego, las opciones funcionales con puntera ancha, como las de marcas como Inov8 y Altra; y, más adelante, los diseños minimalistas con puntera amplia, sin desnivel entre el talón y la punta, y con una suela fina y flexible, entre los que destacó a Vivobarefoot como uno de los ejemplos más conocidos.

Empezar a usar calzado minimalista
La especialista indicó que una persona con pies débiles que quiere caminar largas distancias puede necesitar un zapato que la ayude, pero que también debería incorporar momentos de “menos zapato”. Eso permite que el pie y el tobillo trabajen más, carguen más peso sobre músculos, huesos y tendones y empiecen a corregir el problema en lugar de taparlo.
Esa transición, subrayó, no debe hacerse de golpe. La especialista sugirió que hay que “ganarse el derecho” a usar calzado minimalista todo el día, porque para personas con pies débiles y problemas de movilidad puede ser exigente al permitir que el pie funcione como fue diseñado.
Como punto de partida, la especialistas recomendó caminar descalzo sobre césped durante 5 minutos. Si esa experiencia resulta cómoda tras repetirla varias veces, sugirió avanzar a 10 o 15 minutos antes de considerar la compra de calzado minimalista y aumentar su uso de forma progresiva.
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