
La esclerosis múltiple suele diagnosticarse cuando los síntomas ya son evidentes y parte del daño neurológico es difícil de revertir. Una investigación de la Universidad McGill planteó un cambio de enfoque: halló señales en sangre que permitirían anticipar el desarrollo de la enfermedad hasta 10 años antes de la confirmación clínica.
El trabajo, publicado en Annals of Neurology, identificó un grupo de proteínas plasmáticas alteradas durante una etapa silenciosa, cuando todavía no hay manifestaciones visibles. En ese escenario, un futuro análisis de sangre podría ayudar a reconocer a personas con alto riesgo y habilitar intervenciones más tempranas, antes de que se acumule daño en el sistema nervioso central.
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Las cifras globales ilustran la magnitud del desafío: el Atlas of MS, elaborado por la Federación Internacional de Esclerosis Múltiple (MSIF, por sus siglas en inglés), estimó que 2,8 millones de personas viven con esta patología en el mundo. Una de las dificultades centrales es que los procesos biológicos que la desencadenan pueden activarse años antes del primer brote y pasar inadvertidos.
Qué es la esclerosis múltiple y por qué el tiempo importa
Se trata de una enfermedad autoinmune en la que el sistema inmunitario ataca por error la mielina, la capa que recubre y protege las fibras nerviosas del cerebro y la médula espinal. Con el avance, pueden aparecer problemas de visión, alteraciones motoras, trastornos de sensibilidad y deterioro cognitivo.
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Parte de las lesiones se acumula antes de la primera consulta neurológica, lo que reduce las oportunidades de frenar el proceso a tiempo. Por eso, detectar indicadores biológicos previos podría abrir una ventana para actuar cuando el compromiso funcional aún no es marcado.
En la práctica, los diagnósticos suelen llegar tras episodios que obligan a estudiar el sistema nervioso con resonancia magnética y otras pruebas. Ese circuito deja afuera a quienes están en la fase preclínica, cuando los cambios inmunológicos y moleculares ya comenzaron, pero el cuadro todavía no se expresó.
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Cómo detectaron señales tempranas en sangre
El estudio fue liderado por el neurólogo Adil Harroud, del Instituto Neurológico de Montreal, quien junto a su equipo analizó datos de más de 80.000 personas obtenidos del UK Biobank —un repositorio de muestras biológicas del Reino Unido recolectadas entre 2006 y 2010— junto con recursos similares de Islandia y otros países.

Dentro de ese conjunto, 124 participantes desarrollaron esclerosis múltiple tiempo después de la extracción de sangre. Ese detalle permitió comparar de manera retrospectiva sus perfiles proteicos con los de personas que permanecieron sanas.
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En promedio, las muestras se habían obtenido seis años antes de la aparición clínica. En algunos casos, la distancia temporal superó la década. Al contrastar ambos grupos, los investigadores identificaron patrones de proteínas capaces de distinguir a quienes más adelante recibirían el diagnóstico.
Los biomarcadores asociados al riesgo y el papel de DKKL1
El análisis permitió identificar 39 proteínas asociadas con el riesgo de desarrollar la patología. De ese total, ocho biomarcadores se destacaron por ser detectables muchos años antes de la aparición de síntomas. La proteína más relevante fue DKKL1.
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Según los resultados, las personas con niveles más elevados de DKKL1 presentaron un menor riesgo de desarrollar esclerosis múltiple. Además, entre quienes finalmente recibieron el diagnóstico, las concentraciones altas de esa proteína se asociaron con una evolución menos incapacitante.
Ese doble comportamiento vuelve a DKKL1 un marcador con potencial clínico: podría servir para estimar riesgo individual y, a la vez, aportar información pronóstica en pacientes que terminen desarrollando la enfermedad.
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Hacia un análisis preventivo: qué podría cambiar en el consultorio
Los autores sostuvieron que estos hallazgos acercan la posibilidad de crear pruebas de detección comparables a controles preventivos usados en enfermedades cardiovasculares. La propuesta apunta a identificar a personas con alto riesgo durante la fase preclínica, cuando las oportunidades de intervención son mayores.
En esa estrategia, el análisis no se limitaría a medir proteínas: la combinación de biomarcadores sanguíneos con información genética y otros factores de riesgo podría mejorar la precisión de un eventual test. El objetivo, según planteó el equipo, es avanzar hacia una neurología que detecte procesos tempranos y no espere a que se manifiesten síntomas para recién entonces intervenir.
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Los investigadores indicaron que todavía hacen falta más estudios y validaciones antes de trasladar estos marcadores a un esquema de cribado poblacional o a un uso sistemático en consultorios.
Qué revelan estas proteínas sobre el origen de la enfermedad
Además del valor diagnóstico, los biomarcadores identificados aportaron pistas sobre los mecanismos involucrados. La mayoría se vinculó con la regulación del sistema inmunitario, la comunicación entre células B y células T y procesos inflamatorios característicos de las enfermedades autoinmunes.
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El estudio también encontró asociaciones con mecanismos relacionados con el virus de Epstein-Barr, uno de los factores que la literatura científica relaciona con el riesgo de esclerosis múltiple. En conjunto, los resultados reforzaron la idea de que la enfermedad surge de una interacción compleja entre predisposición genética, alteraciones inmunológicas y factores ambientales o infecciosos.
Entre las limitaciones, los autores señalaron que el análisis incluyó principalmente participantes de ascendencia europea y requiere validaciones adicionales en otras poblaciones, además de confirmaciones clínicas antes de transformar estos hallazgos en una herramienta de uso rutinario.
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