
¿El trastorno de estrés postraumático está impulsado únicamente por el miedo? Una investigación reciente de la Universidad de Yale propone una mirada más amplia. El estudio identificó dos perfiles emocionales distintos en personas con TEPT: uno dominado por reacciones de alarma y otro marcado por un sufrimiento emocional más profundo. Este hallazgo permite comprender mejor por qué algunas personas responden de manera diferente a los tratamientos y abre la puerta a intervenciones más personalizadas.
El trabajo fue liderado por el investigador Ziv Ben-Zion junto a un equipo de especialistas de Yale University y publicado en la revista científica Biological Psychiatry. Los científicos analizaron tanto la experiencia subjetiva de los pacientes como la actividad cerebral para entender qué procesos sostienen los distintos tipos de síntomas.
Dos maneras diferentes de vivir el trauma
Tradicionalmente, el TEPT se asoció con respuestas de miedo. Entre las más conocidas se encuentran los sobresaltos exagerados, las pesadillas, los recuerdos intrusivos y la tendencia a evitar lugares o situaciones que recuerdan al evento traumático. Estos síntomas reflejan un sistema de alerta que permanece activado incluso cuando el peligro ya no existe.

Sin embargo, los investigadores observaron que muchas personas experimentan otro tipo de malestar predominante. En estos casos aparecen sentimientos persistentes de tristeza, culpa, pérdida de interés por actividades habituales, dificultades para dormir, irritabilidad y una sensación general de desconexión emocional.
Para detectar estos patrones, más de 800 participantes completaron cuestionarios detallados sobre su estado emocional y conductual. A partir del análisis estadístico, el equipo logró separar claramente dos perfiles independientes: uno centrado en el miedo y otro vinculado al dolor emocional.
Ben-Zion explicó que esta diversidad había sido subestimada durante años. “El TEPT es altamente heterogéneo, pero la mayoría de los modelos diagnósticos y terapéuticos se enfocaron casi exclusivamente en el miedo”, señaló en declaraciones difundidas por la universidad.
Qué reveló el cerebro
En una segunda etapa, 162 personas que habían atravesado experiencias traumáticas fueron evaluadas mediante resonancia magnética funcional, una técnica que permite observar cómo se comunican distintas regiones cerebrales mientras el organismo está en reposo o realiza tareas específicas. Los participantes fueron seguidos durante más de un año para analizar cómo evolucionaban sus síntomas.

Los resultados mostraron que ciertos patrones de conectividad cerebral permitían anticipar con bastante precisión la intensidad futura de los síntomas ligados al miedo. Sin embargo, esos mismos indicadores no predecían con la misma eficacia el nivel de dolor emocional. Esto sugiere que ambos perfiles estarían sostenidos por circuitos neuronales distintos.
Otro dato relevante fue el impacto cotidiano de cada perfil. Aproximadamente el 70% de los participantes indicó que el dolor emocional interfería más en su vida diaria que las respuestas de miedo, afectando la motivación, las relaciones sociales y el funcionamiento general.
Para los investigadores, este hallazgo ayuda a explicar por qué muchas personas no logran una mejoría suficiente cuando los tratamientos se enfocan únicamente en reducir la ansiedad o las respuestas de alarma.
Por qué no todos responden igual a los tratamientos
Los abordajes más habituales para el TEPT —tanto farmacológicos como psicoterapéuticos— fueron diseñados principalmente para disminuir el miedo y la hipervigilancia. Si bien estos enfoques pueden resultar efectivos para un grupo de pacientes, no siempre abordan los síntomas vinculados al sufrimiento emocional profundo.

Ilan Harpaz-Rotem, investigador principal del equipo, destacó que avanzar hacia una psiquiatría de precisión implica identificar qué factor predomina en cada persona antes de definir una estrategia terapéutica. En algunos casos será prioritario trabajar sobre la respuesta al peligro; en otros, será necesario intervenir sobre la apatía, la culpa, la tristeza o la desconexión afectiva.
Este enfoque permitiría reducir la frustración de pacientes que, pese a seguir tratamientos adecuados, no experimentan mejoras significativas en su calidad de vida.
Qué es el TEPT y cómo afecta
El trastorno de estrés postraumático puede desarrollarse luego de experiencias altamente estresantes, como accidentes graves, violencia, desastres naturales o conflictos armados. No todas las personas expuestas a un trauma desarrollan el trastorno, pero cuando aparece puede generar un impacto duradero en la salud mental, el sueño, las relaciones sociales y el desempeño laboral.
Según el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5-TR), utilizado por profesionales de la salud en todo el mundo, el diagnóstico se basa en la presencia persistente de síntomas como recuerdos intrusivos, evitación de situaciones asociadas al trauma, cambios negativos en el estado de ánimo y una activación constante del organismo, que se mantiene aun cuando el peligro ya pasó.

Reconocer que existen distintas formas de manifestación permite comprender mejor la complejidad del cuadro y evitar simplificaciones. No se trata de una única reacción emocional, sino de un conjunto de respuestas que pueden variar entre individuos, lo que explica por qué no todas las personas evolucionan de la misma manera ni responden igual a los tratamientos disponibles.
Los autores subrayan que este tipo de investigaciones contribuye a diseñar estrategias más ajustadas a las necesidades reales de cada paciente. Comprender qué procesos emocionales y cerebrales están en juego facilita orientar terapias más específicas y potencialmente más efectivas.
Además, estos hallazgos pueden servir como base para futuras investigaciones que exploren nuevos marcadores biológicos y herramientas diagnósticas capaces de anticipar la evolución del trastorno.
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