
Un estudio reciente del Karolinska Institutet revela que la respuesta se encuentra en el cerebro, en el ritmo de ciertas ondas cerebrales conocidas como oscilaciones alfa, que actúan en la corteza parietal y participan en la integración sensorial y la percepción corporal.
Estos hallazgos, publicados en Nature Communications, no solo aclaran un misterio fundamental sobre la percepción del propio cuerpo, sino que también abren el camino a avances en prótesis personalizadas y tecnología de realidad virtual.
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Oscilaciones alfa: el “reloj” interno de la percepción corporal
El sentido de propiedad corporal —la íntima convicción de que una mano o pierna forman parte de uno mismo— es el resultado de una compleja integración de señales sensoriales. El Karolinska Institutet explica que el cerebro coordina información visual y táctil para distinguir nuestro cuerpo del entorno. Este mecanismo es esencial tanto para las actividades cotidianas como para comprender trastornos psiquiátricos, como la esquizofrenia, en los que la percepción del “yo” puede alterarse.

Para explorar este proceso, el equipo dirigido por Mariano D’Angelo y Henrik Ehrsson diseñó experimentos basados en la “ilusión de la mano de goma”. En esta prueba, una mano artificial se coloca a la vista del participante, mientras su mano real permanece oculta. Si los estímulos visuales y táctiles en ambas manos se sincronizan, la persona puede llegar a sentir la mano de goma como parte de su cuerpo. Si los estímulos no coinciden en el tiempo, esa sensación desaparece.
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Mediante el uso de electroencefalogramas y estimulación cerebral no invasiva, los científicos identificaron que la frecuencia de las oscilaciones alfa en la corteza parietal regula la precisión con la que el cerebro une las señales sensoriales. Una frecuencia alfa más rápida actúa como un reloj de alta resolución, lo que permite distinguir con mayor exactitud los estímulos recibidos y fortalece la sensación de qué es propio y qué no lo es.

Individualidad en la percepción: por qué no todos sentimos igual
El estudio descubrió que las personas con oscilaciones alfa más rápidas identifican con mayor precisión las diferencias mínimas entre estímulos visuales y táctiles, mejorando así la distinción entre el cuerpo y el entorno. Por el contrario, quienes presentan oscilaciones más lentas tienden a agrupar señales incluso si no están perfectamente sincronizadas, lo que dificulta identificar qué sensaciones son internas y cuáles provienen del exterior.
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Manipular de manera controlada la frecuencia alfa mediante estimulación eléctrica no invasiva permitió a los investigadores modificar directamente la percepción de simultaneidad y la sensación de pertenencia corporal. Esto demuestra que las ondas alfa no solo acompañan la experiencia, sino que la generan activamente.
El modelado computacional confirmó que la frecuencia de estas ondas determina con qué exactitud el cerebro evalúa el tiempo entre distintas señales sensoriales, reforzando la sensación permanente de habitar el propio cuerpo.
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Implicancias en prótesis y realidad virtual: hacia una integración más realista
Las aplicaciones de este descubrimiento son amplias. Según Mariano D’Angelo, identificar este proceso cerebral básico puede transformar la forma en que se diseñan prótesis, logrando un ajuste más natural y personalizado. Además, la tecnología de realidad virtual podrá generar experiencias más inmersivas, en las que los usuarios sientan como propias las extremidades virtuales.

A nivel clínico, el estudio aporta claves esenciales para entender trastornos como la esquizofrenia, donde la percepción del yo puede fragmentarse. Henrik Ehrsson señala que sus hallazgos ayudan a explicar cómo el cerebro integra señales corporales y mantiene una experiencia coherente del yo.
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La interacción entre neurociencia, tecnología y medicina se ve impulsada por estos avances, que podrían traducirse en soluciones innovadoras tanto para personas que requieren prótesis avanzadas como para quienes buscan experiencias virtuales más auténticas. El ritmo de las ondas cerebrales, en definitiva, marca el compás de nuestra percepción corporal.
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