
El accidente cerebrovascular (ACV) es una de las principales causas de discapacidad y mortalidad a nivel mundial. Cada año se registran cerca de 12 millones de nuevos casos, según la World Stroke Organization.
Más del 60 % de estos episodios afectan a personas menores de 70 años, y el creciente impacto global de la enfermedad plantea importantes desafíos tanto para los sistemas de salud como para la calidad de vida de quienes sobreviven.
¿De qué manera cambia nuestro cerebro la forma en que procesa el lenguaje tras un accidente cerebrovascular (ACV)? Un estudio internacional, difundido por la Sociedad de Neurociencia, acaba de revelar que las personas que sufren afasia, una alteración del lenguaje frecuente tras un ACV, procesan y retienen los sonidos del habla de manera diferente a los adultos mayores sanos.

Este hallazgo, publicado en la revista Journal of Neuroscience no solo aporta pistas sobre cómo comprendemos el habla, sino que también sugiere nuevas estrategias para el diagnóstico y la rehabilitación en personas mayores.
Diferencias en la codificación de los sonidos del habla
La investigación, liderada por Laura Gwilliams de la Universidad de Stanford y Maaike Vandermosten de la KU Leuven, con la colaboración de Jill Kries como primera autora, se desarrolló entre Estados Unidos y Bélgica. El equipo estudió a 39 personas con afasia post-ictus y a 24 adultos mayores sanos de edades similares.
Durante 25 minutos, los participantes escucharon una historia mientras se registraba su actividad cerebral usando electroencefalografía (EEG), una técnica no invasiva que permite observar en tiempo real cómo el cerebro procesa los sonidos del habla en un entorno natural.

La Sociedad de Neurociencia informó que, aunque los pacientes con afasia oían los sonidos igual que el grupo sano, el procesamiento cerebral era mucho más débil.
Ambos grupos mostraron una respuesta inicial similar al escuchar cada fonema, pero la codificación de los rasgos fonéticos fue mucho menos robusta en quienes habían sufrido un ictus, especialmente entre los 80 y los 250 milisegundos tras el inicio del sonido. Esta diferencia se hizo más evidente en la corteza izquierda del cerebro, región clave para el lenguaje.
¿Dónde está el problema: oído o significado?
El estudio demostró que el problema no reside en la capacidad auditiva, sino en la integración de los sonidos del habla para darles significado. La pérdida de fuerza en el procesamiento cerebral reduce la capacidad de mantener la información fonética suficiente, lo que dificulta identificar palabras con precisión. Este es uno de los principales retos en la rehabilitación del lenguaje para quienes conviven con afasia.

Para entenderlo mejor, imagina escuchar una palabra ambigua en una conversación ruidosa. Una persona sana mantiene la información fonética por más tiempo, lo que le permite descifrar la palabra incluso si no la escuchó completa. En cambio, una persona con afasia pierde esa información más rápido, por lo que le cuesta mucho más entender términos complejos o ambiguos.
Entre los hallazgos destacados, la Sociedad de Neurociencia subrayó que los adultos sanos conservan la codificación fonética durante más tiempo en situaciones de incertidumbre lingüística, mientras que en personas con afasia este procesamiento es más breve y menos efectivo. Esto agrava las dificultades para comprender palabras difíciles o ambiguas.
Nuevas estrategias y diagnósticos
Estos patrones ofrecen nuevas posibilidades para mejorar la evaluación del lenguaje en adultos mayores y pacientes post-ictus. Entender cómo el cerebro retiene o pierde información fonética permite explicar los desafíos de quienes viven con afasia y sugiere nuevas estrategias para diagnósticos más precisos y recuperaciones efectivas.

El uso de EEG mientras se escuchan historias muestra el potencial de métodos más naturales y sensibles para detectar alteraciones sutiles en el procesamiento cerebral del habla. Los investigadores destacan que la corteza izquierda consolida su papel como zona clave en el mantenimiento de información fonética, reforzando la relación entre áreas cerebrales específicas y la capacidad lingüística.
De cara al futuro, los especialistas estiman que el seguimiento de estos mecanismos, especialmente en contextos donde el sentido de las palabras es incierto, podría revolucionar los protocolos de evaluación, sustituyendo pruebas largas y artificiales por actividades más cotidianas, como escuchar relatos.
Impulsada por estos resultados, Jill Kries afirmó que explorar formas más sencillas para detectar y tratar dificultades en el procesamiento del lenguaje —como la escucha de historias— representa un camino prometedor hacia evaluaciones diagnósticas más accesibles y eficientes para quienes enfrentan alteraciones en la comprensión lingüística.
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