En ciudades donde el termómetro supera con frecuencia los 32 °C (calor extremo), el impacto del calor va más allá de la incomodidad física. Eso afirman investigaciones recientes, recogidas por National Geographic. Asimismo, advierten que la exposición crónica a altas temperaturas puede acelerar el envejecimiento biológico, con efectos comparables a los del consumo excesivo de tabaco o alcohol.
Este fenómeno preocupa especialmente en regiones donde el cambio climático intensifica las olas de calor y expone a millones de personas a riesgos para la salud.
La evidencia científica sobre la relación entre el calor extremo y el envejecimiento biológico se ha fortalecido en los últimos años. Eun Young Choi, gerontóloga de la Escuela de Gerontología Leonard Davis de la Universidad del Sur de California (USC), participó en un estudio publicado en 2025 que analizó la edad biológica de personas residentes en zonas cálidas.
“Nuestro estudio reveló que las personas que viven en zonas de calor extremo tenían edades biológicas hasta 14 meses mayores que las que viven en regiones mucho más frías”, explicó Choi a National Geographic.

Este efecto persistió incluso después de considerar factores como ingresos, estilo de vida y condiciones de salud. Wenli Ni, epidemióloga ambiental de la Escuela de Salud Pública TH Chan de Harvard, coautora de otro estudio publicado en Environment International, observó resultados similares: “Las personas expuestas a temperaturas promedio más altas durante meses y años presentaban células sanguíneas que parecían biológicamente más antiguas”.
Mecanismos biológicos del envejecimiento acelerado por calor extremo
Los mecanismos biológicos detrás de este fenómeno involucran múltiples sistemas del cuerpo. Amit Shah, geriatra de la Clínica Mayo, explicó que el sistema cardiovascular debe esforzarse más para disipar el calor, lo que obliga al corazón a aumentar su ritmo.
El sistema nervioso puede sobreestimularse, generando síntomas como mareos, confusión y lapsus de memoria. Y los riñones incrementan su esfuerzo para conservar agua, lo que eleva el riesgo de deshidratación y daño renal. Además, el sistema inmunitario puede liberar sustancias inflamatorias que simulan una respuesta infecciosa.
Adedapo Iluyomade, cardiólogo preventivo del Instituto Cardíaco y Vascular de Miami, comparó este proceso con un motor que opera constantemente a temperaturas elevadas: “Con el tiempo, el estrés constante provoca que las piezas se deterioren más rápido de lo debido”, afirmó a National Geographic.

El daño no se limita a los órganos principales. El calor crónico actúa como un factor de estrés biológico que desencadena inflamación, daño oxidativo y alteraciones hormonales, lo que puede modificar el comportamiento de los genes.
Iluyomade detalló que estas respuestas repetidas pueden desgastar sistemas clave y acelerar el deterioro relacionado con la edad. Al tiempo que Choi profundizó en el concepto de envejecimiento epigenético, un proceso en el que los cambios en la metilación del ADN —marcadores químicos que regulan la actividad genética— pueden persistir mucho después de la exposición al calor.
“Encontramos alteraciones generalizadas y duraderas en la metilación del ADN, particularmente en genes relacionados con la inflamación, el metabolismo, la función inmunitaria y la reparación celular”, indicó la investigadora. Estos cambios pueden afectar la capacidad del cuerpo para enfrentar infecciones, estrés cardiovascular y otros desafíos propios del envejecimiento.
Vulnerabilidad, adaptación y límites fisiológicos
No todas las personas presentan el mismo nivel de vulnerabilidad ante el calor. Choi señaló que quienes han vivido durante generaciones en regiones cálidas y secas suelen desarrollar adaptaciones fisiológicas, como una sudoración más eficiente y una mejor regulación del flujo sanguíneo.

Sin embargo, incluso en comunidades bien adaptadas, las tasas de demencia y muertes cardiovasculares aumentan durante las olas de calor, lo que sugiere que la capacidad de adaptación tiene límites. Es por ese motivo que advirtió que los médicos en zonas cálidas deberían considerar el impacto del calor más allá de la insolación y la deshidratación, ya que la exposición prolongada podría incrementar el riesgo de enfermedades crónicas relacionadas con la edad.
Estrategias de prevención y recomendaciones de expertos
Frente a estos riesgos, los expertos proponen diversas estrategias de prevención del envejecimiento prematuro. Iluyomade subrayó la importancia del aire acondicionado: “El aire acondicionado no es un lujo en climas de calor extremo; es una necesidad para la salud, especialmente para los adultos mayores de 50 años”.
Incluso enfriar una sola habitación puede ofrecer protección significativa. Es por eso que recomendó evitar la exposición al aire libre entre las 10:00 y las 16:00, buscar sombra, usar sombrero y permitir que el cuerpo descanse del calor exterior.
La hidratación constante es fundamental, ya que la sensación de sed suele indicar un retraso en la reposición de líquidos. Para los grupos más vulnerables —adultos mayores, niños y personas con enfermedades crónicas—, el apoyo comunitario resulta esencial.

Amruta Nori-Sarma, subdirectora del Centro para el Clima, la Salud y el Medio Ambiente Global de la Facultad de Medicina de Harvard, destacó que “uno de los mejores factores de protección contra la exposición al calor que observamos en la salud pública es la dependencia de las redes sociales”. La vigilancia entre vecinos y familiares puede marcar la diferencia en la protección de los más expuestos.
El diseño urbano también juega un papel relevante en la mitigación de los efectos del calor. Choi sugirió que pequeñas intervenciones, como instalar asientos a la sombra en paradas de autobús o plantar más árboles, pueden tener un impacto considerable en la salud pública. Ni coincidió en que cada espacio verde contribuye a mantener a la población más sana y fresca.
Limitaciones de los estudios y perspectivas futuras
A pesar de la solidez de los hallazgos, los especialistas advierten sobre las limitaciones de los estudios disponibles. Iluyomade recordó que la mayoría de las investigaciones son observacionales, por lo que no se puede afirmar con certeza que el calor cause directamente los cambios observados, sino que existe una fuerte asociación.
Choi añadió que medir la exposición individual resulta complejo, ya que el uso del aire acondicionado y el tiempo pasado al aire libre varían entre las personas. Además, aún no se conoce la velocidad con la que se acumulan los efectos adversos ni si estos pueden revertirse.
La resiliencia frente al calor extremo depende tanto de la ciencia como de la acción colectiva y los hábitos cotidianos. La combinación de planificación, apoyo social y medidas prácticas puede fortalecer la capacidad de las comunidades para enfrentar el aumento de las temperaturas y proteger la salud a largo plazo, concluye National Geographic.
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