
Durante más de un siglo, la neurociencia intentó descifrar el enigma de la conciencia humana, centrándose principalmente en el neocórtex como la región cerebral clave. Sin embargo, la reciente revisión de Peter Coppola, investigador de la Universidad de Cambridge, pone en duda la idea de que esta zona constituye el único sustrato de la conciencia humana.
El análisis, difundido por el autor en The Conversation, plantea que regiones cerebrales más antiguas como el subcórtex y el cerebelo cumplen un papel más relevante de lo que se consideraba, e incluso podrían ser suficientes para mantener formas básicas de conciencia.
El debate histórico en neurociencia situaba al neocórtex —la capa más externa y reciente del cerebro— como la ubicación principal de la experiencia subjetiva. El subcórtex, prácticamente inalterado durante 500 millones de años, y el cerebelo, una estructura ancestral en la parte posterior del cráneo, se veían como actores secundarios: el subcórtex, necesario pero no suficiente; el cerebelo, irrelevante.

La revisión de Coppola analiza cómo intervenciones sobre estas áreas modifican la conciencia, cuestionando así las teorías tradicionales.
Evidencia experimental y clínica
Experimentos que alteran la actividad del neocórtex, subcórtex o cerebelo mediante corrientes eléctricas o pulsos magnéticos evidenciaron que modificar cualquiera de estas regiones afecta el estado consciente.
Variar el neocórtex altera la percepción del yo, provoca alucinaciones o afecta el juicio. Intervenir el subcórtex puede inducir depresión, despertar a un mono anestesiado o provocar pérdida de conciencia en un ratón. También el cerebelo, pese a su reputación de ajeno a la conciencia, modifica la percepción sensorial al ser estimulado.

Aun así, como subraya Coppola, estos experimentos no identifican de manera definitiva el origen de la conciencia, porque modificar una zona puede repercutir en otras y alterar los resultados.
La evidencia clínica refuerza esta complejidad. Lesiones cerebrales por traumatismos o hipoxia pueden modificar la experiencia consciente. Daños en el neocórtex causan alteraciones en el reconocimiento corporal, la atención visual o el control de los impulsos.
Destacan casos de personas nacidas sin cerebelo o sin la parte frontal del neocórtex que, sorprendentemente, llevan vidas conscientes y funcionales. En contraste, la lesión adquirida en el cerebelo puede generar alucinaciones o intensos cambios emocionales.

Daños en regiones ancestrales pueden provocar pérdida de conciencia o la muerte, aunque a veces existe recuperación. Esto abre interrogantes sobre si el subcórtex solo mantiene el neocórtex activo o si, de hecho, puede generar conciencia sin ayuda de estructuras más recientes.
Casos clínicos y experimentos en animales
Los casos de niños nacidos sin la mayor parte o la totalidad del neocórtex constituyen una de las evidencias más impactantes. Según los manuales médicos, deberían quedar en estado vegetativo permanente.
Sin embargo, como explica Coppola: “Hay informes de que estas personas pueden sentirse molestas, jugar, reconocer a personas o mostrar disfrute de la música”. Esto sugiere que las regiones cerebrales más antiguas pueden alcanzar funciones de conciencia básicas, o bien asumir nuevas tareas ante la ausencia del neocórtex.

Los experimentos en mamíferos ofrecen resultados similares. Ratas, gatos y monos a los que se les extirparon el neocórtex continúan jugando, mostrando emociones, acicalándose, cuidando crías o aprendiendo tareas nuevas. Estas conductas, presentes incluso en adultos operados, hacen pensar que la conciencia básica puede subsistir sin el neocórtex.
Implicaciones para la teoría y la ética de la conciencia
“En conjunto, la evidencia desafía la idea de que el córtex es necesario para la conciencia, como sugieren la mayoría de las teorías principales de la conciencia”, explicó Coppola en The Conversation.
Los datos apuntan a que las áreas cerebrales ancestrales bastan para sostener formas elementales de experiencia consciente, mientras que el neocórtex y el cerebelo amplían y refinan ese fenómeno.

Estos hallazgos conducen a una revisión profunda de las teorías del campo y de la atención médica, así como a replantear la consideración ética y los derechos de los animales.
Si la conciencia es más común y menos dependiente de estructuras recientes de lo que se creía, resulta necesario ampliar los límites de la investigación y el debate ético en torno a la experiencia consciente en humanos y otras especies.
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