
La distribución regional de la grasa corporal podría influir de manera diferenciada en la estructura, conectividad y funciones cognitivas del cerebro, según un estudio publicado en Nature Mental Health. Los resultados plantean que estos efectos no pueden explicarse únicamente por el índice de masa corporal (IMC).
“El IMC se utiliza comúnmente para evaluar la obesidad, pero no logra capturar las complejidades de la adiposidad regional, que puede tener diversos efectos en la salud cerebral”, dijeron los autores del estudio.
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Y sumaron: “Aunque el IMC sigue siendo el índice de obesidad más utilizado, a menudo oscurece las distintas contribuciones de la distribución regional de la grasa a los resultados de salud”.
Además, postularon que la adiposidad regional tiene efectos heterogéneos sobre el envejecimiento cerebral y cognitivo, independientes del IMC, y que la grasa visceral representa un factor de riesgo neurocognitivo desproporcionado. Los resultados sugieren que las estrategias de evaluación e intervención en salud cerebral deberían considerar la distribución de la grasa corporal, y no solo la obesidad general medida por IMC, para abordar los riesgos de deterioro cognitivo.
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El equipo de la Universidad Politécnica de Hong Kong diseñó un análisis multimodal utilizando datos del Biobanco del Reino Unido. El estudio incluyó a 23.088 adultos con mediciones detalladas del porcentaje de grasa en brazos, piernas y tronco, y a 18.886 participantes con datos específicos sobre adiposidad visceral. Se excluyó a quienes presentaban enfermedades físicas, neurológicas o psiquiátricas graves, con el objetivo de aislar el impacto de la distribución de la grasa corporal en la salud cerebral.
Según Cleveland Clinic, la grasa visceral es un tipo de grasa corporal que se encuentra en las partes más profundas del cuerpo. Recibe su nombre por su ubicación. “Vísceras” es el término que se utiliza para referirse a los órganos y tejidos internos. La grasa visceral recubre las paredes abdominales y envuelve muchos de los órganos internos.
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“La evidencia emergente destaca que la acumulación de grasa en diferentes regiones del cuerpo plantea distintos riesgos para los resultados clínicos, incluida la enfermedad de Alzheimer y el deterioro cognitivo, lo que enfatiza la importancia de ir más allá del IMC como único indicador de obesidad. Esto es particularmente crítico en adultos de mediana edad y mayores, que tienen un mayor riesgo de deterioro cognitivo y neurodegeneración asociada con la obesidad", afirmaron los investigadores.

La medición de la grasa corporal se realizó mediante absorciometría de rayos X de energía dual, una técnica precisa para determinar la composición corporal.
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Para evaluar la salud cerebral, los investigadores recurrieron a resonancias magnéticas estructurales y funcionales, así como a imágenes de difusión, que permiten analizar tanto la morfología como la conectividad y la microestructura cerebral.
El rendimiento cognitivo se midió a través de pruebas que valoran el razonamiento, la función ejecutiva, la velocidad de procesamiento y la memoria. Además, se aplicaron modelos de predicción de la edad cerebral para estimar posibles discrepancias entre la edad cronológica y la cerebral de los participantes.
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Los resultados mostraron que la grasa acumulada en brazos, piernas, tronco y especialmente la visceral se asociaba con diferentes patrones de atrofia en regiones corticales y subcorticales, alteraciones en la conectividad funcional y cambios en la integridad de la sustancia blanca. Estas asociaciones se agruparon en cuatro sistemas cerebrales: sensoriomotor, límbico, modo predeterminado y subcortical-cerebeloso-troncoencefálico.

Entre todos los tipos de grasa analizados, la visceral presentó las relaciones negativas más pronunciadas, incluyendo una menor densidad axónica y una mayor desorganización del tejido cerebral. Además, las diferencias en la edad cerebral cortical mediaron la relación entre la adiposidad visceral y un menor desempeño en las pruebas cognitivas.
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Los autores del estudio señalan que la adiposidad regional ejerce efectos heterogéneos sobre el envejecimiento cerebral y cognitivo, independientemente del IMC.
Destacan que la grasa visceral, en particular, parece desempeñar un papel importante en el riesgo neurocognitivo.
No obstante, los propios investigadores advierten que los efectos observados en el estudio son modestos y se basan en modelos transversales. La naturaleza asociativa de los resultados impide establecer relaciones causales directas, lo que introduce incertidumbre sobre la generalización de los hallazgos y la dirección exacta de los mecanismos implicados.
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