
La esclerosis múltiple (EM) es una extraña enfermedad que trastorna en gran medida la vida de las personas que la padecen y la de todos sus allegados. Si bien sus causas aún no fueron definidas con claridad, un reciente trabajo realizado por la Universidad de California en San Francisco (UCSF) encontró datos significativos y distintivos en el ambiente bacteriano intestinal de pacientes con EM que reciben diferentes terapias. Además, estos expertos descubrieron los caminos que toman algunas de esas bacterias para promover la progresión de la patología.
Esta investigación se dio en el marco del Estudio Internacional del Microbioma de la Esclerosis Múltiple (IMSMS), que reclutó a 576 personas con EM provenientes de Estados Unidos, del Reino Unido, de España y de Argentina. Este consorcio mundial publicó sus resultados en la revista especializada Cell. Los autores de este trabajo identificaron docenas de especies de bacterias intestinales relacionadas con la esclerosis múltiple que no habían sido observadas antes. Esto les permitió confirmar la presencia de otras bacterias que previamente habían mostrado una relación con la enfermedad.
De acuerdo a lo que informaron los especialistas -que trabajaron bajo la tutela del doctor argentino Sergio Baranzini, miembro del Instituto Weill de Neurociencias de la UCSF- la geografía fue uno de los factores más importante para llegar a estas conclusiones. Esto demuestra cuán crucial fue tener en cuenta los aspectos ambientales y el efecto que pueden tener en el intestino. Hasta el momento, no se habían producido hallazgos sólidos debido a diseños de estudio deficientes que no contemplaron la parte geográfica y territorial. En ese sentido, una publicación de 2015 señaló que incluir la dinámica ambiental y del hogar en la investigación puede fortalecer los resultados finales.

A su vez, si bien algunas investigaciones anteriores han revelado una asociación entre el intestino y la esclerosis múltiple en los ratones, ha habido pocos estudios realizados en humanos. En este caso, los científicos eligieron la misma cantidad de personas genéticamente no relacionadas de los mismos hogares que los pacientes. Los investigadores dicen que es el primer estudio de su tamaño que utiliza una metodología tan innovadora. “Este trabajo será la referencia que utilizará el campo en los próximos años”, señaló Baranzini.
Otro factor importante para este estudio fue el estado de la enfermedad, que es lo que plantearon como hipótesis. Algunas de las bacterias asociadas a la EM parecen desempeñar un papel específico al ayudar a los humanos a digerir la fibra vegetal de las frutas y de las verduras, lo que parece ser un problema en los pacientes que sufren la patología.
Al mismo tiempo, otras bacterias parecen influir en la inflamación y en la energía celular. En cuanto a los tratamientos, el equipo detectó que los pacientes tratados con interferón beta-1a (la terapia más antigua para la EM) tienen concentraciones más bajas de ácidos grasos de cadena corta (SCFa) en las muestras fecales, pero más altas en la sangre. Los SCFA tienen efectos antiinflamatorios, lo que sugiere que el medicamento funciona al reducirlo en el cuerpo. El equipo de Baranzini cree que este estudio y lo que se sabe sobre este fármaco pueden ayudar a impulsar futuras y mejores terapias.

El consorcio IMSMS espera expandir su trabajo para incluir a 2000 participantes de Alemania y de Canadá. Próximamente, estos científicos comenzarán a seguir a algunos pacientes durante al menos dos años. ¿Para qué? Para controlar la evolución de su entorno intestinal en respuesta a la terapia, a la dieta y a la progresión de la enfermedad. “En el iMSMS realmente reunimos a los mejores y a los más brillantes especialistas en el campo de la investigación del microbioma y en la esclerosis múltiple. Todos apuntan hacia el mismo objetivo”, concluyó con orgullo Baranzini.
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