
Bloquear la luz mientras se duerme mejora la memoria, la alerta y la producción de melatonina, según investigaciones recientes, pero un antifaz mal elegido o demasiado ajustado puede causar visión borrosa, irritación ocular y hasta alterar la forma de la córnea.
La calidad del sueño no se mide solo por la cantidad de horas: también depende de cuánto cuesta conciliarlo y de cuántas veces se interrumpe durante la noche. Uno de los factores que más incide en esa ecuación es la luz, que actúa como una de las señales más potentes para el reloj biológico. Cuando llega a la retina, ajusta el núcleo supraquiasmático —la estructura cerebral que coordina ritmos esenciales como la liberación de melatonina, la hormona que regula el ciclo sueño-vigilia—.
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Más luz nocturna equivale, en términos prácticos, a más alerta y más dificultad para alcanzar el sueño profundo. Un antifaz reduce esa exposición lumínica incluso cuando el entorno no colabora: faroles, carteles luminosos, pantallas encendidas o amaneceres tempranos. La oscuridad total también reduce los niveles de cortisol, lo que favorece el proceso de relajación, según la Cleveland Clinic.
Lo que dice la ciencia

Investigadores de la Universidad de Cardiff, en el Reino Unido, realizaron dos experimentos para evaluar si dormir con antifaz mejoraba determinadas funciones cognitivas. Los resultados, publicados en la revista Sleep, mostraron que los participantes que usaron antifaz durante la noche tuvieron mejor desempeño en pruebas de memoria de codificación episódica —la capacidad de registrar y retener experiencias o información nueva— y tiempos de reacción más rápidos al día siguiente.
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La mejora en la memoria se asoció con el tiempo que los voluntarios pasaron en sueño de ondas lentas —la fase de mayor profundidad del sueño, en la que el cerebro consolida lo aprendido durante el día— mientras llevaban puesto el accesorio.
Los participantes también rindieron mejor en tareas de vigilancia psicomotora —pruebas que miden la velocidad de respuesta ante estímulos visuales—, aunque no se registraron diferencias en habilidades motoras ni en la percepción subjetiva de la calidad del sueño. Un metaanálisis publicado en Frontiers in Psychiatry y disponible en PubMed Central analizó estudios con pacientes en unidades de cuidados intensivos expuestos a altos niveles de luz artificial.
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El uso combinado de antifaces y tapones auditivos se asoció con una reducción promedio de 5 puntos en el índice de calidad del sueño de Pittsburgh (PSQI, por sus siglas en inglés), un incremento de 25 minutos en el tiempo total de sueño y un aumento estadísticamente significativo en la fase REM —la etapa del sueño en la que ocurren los sueños y se procesa la memoria emocional—. Los autores calificaron el antifaz y los tapones como intervenciones de “bajo costo y alto impacto”.
Cuándo puede ser un problema

El accesorio no está exento de riesgos, y buena parte de ellos dependen del modelo elegido y de la forma en que se usa. Un antifaz demasiado ajustado ejerce presión directa sobre los globos oculares, lo que provoca visión borrosa al despertar.
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Si esa presión se aplica de forma sostenida y repetida, las consecuencias pueden ser más graves: el profesor Charles McMonnies, del Departamento de Optometría y Ciencias de la Visión de la Universidad de Nueva Gales del Sur, documentó que la compresión ocular continuada puede producir distorsión corneal —una alteración permanente en la curvatura de la córnea, la capa transparente que cubre la parte frontal del ojo— y limitar la circulación sanguínea en los tejidos oculares. En casos extremos, esa presión puede asociarse con condiciones como glaucoma o queratocono —una enfermedad en la que la córnea se adelgaza y adopta una forma cónica que deteriora la visión—.
El uso de un antifaz sin higiene regular también representa un riesgo. El tejido acumula aceite, transpiración, residuos de maquillaje y bacterias que, en contacto prolongado con los párpados y la piel periocular, pueden derivar en eccemas, acné, conjuntivitis —inflamación de la membrana que recubre el ojo— o blefaritis —infección del borde de los párpados—. La Academia Americana de Oftalmología establece que un antifaz es seguro siempre que esté limpio y no presione los ojos.
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Personas con piel sensible, dermatitis atópica, ojo seco o enfermedades oftalmológicas previas deben evaluar con su médico la conveniencia del uso diario. Si al despertar se experimenta dolor ocular persistente, sensibilidad a la luz, visión borrosa que no se disipa en pocas horas o marcas profundas en la piel, corresponde suspender el uso y consultar a un especialista.
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