
El hígado graso no alcohólico se convirtió en una de las enfermedades metabólicas más frecuentes, que afecta a millones de personas en todo el mundo. La alimentación desempeña un papel decisivo en la evolución y el manejo de esta condición, ya que ciertos alimentos pueden favorecer la acumulación de grasa hepática y complicar la recuperación.
La dieta es un factor determinante en el tratamiento y prevención del hígado graso. Según había explicado en una nota a Infobae la nutricionista Natalia Antar, del Hospital Británico y la Liga Argentina de Lucha contra el Cáncer, la acumulación de grasa en las células hepáticas está relacionada principalmente con la obesidad, la resistencia a la insulina y el síndrome metabólico.
La reducción de harinas blancas y azúcares simples es fundamental para evitar la progresión hacia complicaciones como inflamación, fibrosis o cirrosis.
Qué harinas se pueden consumir con hígado graso

Las personas con hígado graso deben evitar las harinas refinadas, como el pan blanco, la bollería industrial y las pastas no integrales, debido a que su consumo eleva la glucosa e insulina en sangre, facilitando la acumulación de grasa en el hígado. Los especialistas del Centro Médico ABC y la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México recomiendan optar por harinas integrales y cereales de grano entero, como avena, quinoa, arroz integral y pan integral.
Estos productos aportan fibra, regulan los niveles de glucosa y favorecen la saciedad, reduciendo el impacto negativo sobre la función hepática.

El consumo de pan blanco no es aconsejable para quienes padecen hígado graso, ya que, al carecer de fibra, se digiere rápidamente, provocando picos de glucosa e insulina. Esta respuesta metabólica incrementa el almacenamiento de grasa en el hígado y aumenta el riesgo de inflamación y fibrosis hepática.
La Facultad de Medicina de la UNAM advierte que la dieta mexicana, rica en carbohidratos refinados como el pan blanco y las tortillas de harina de trigo, contribuye significativamente a la progresión del hígado graso. En su lugar, se recomienda pan integral o tortillas de maíz, siempre en cantidades moderadas y como parte de una alimentación equilibrada.
Cuáles son los 5 peores alimentos para el hígado graso

Los alimentos que más perjudican al hígado graso, según la nutricionista Antar y la revista médica Gastroenterología Clínica y Hepatología son:
- Comida rápida y ultraprocesados: aportan grasas saturadas, azúcares añadidos y harinas refinadas, con un impacto directo en la acumulación de grasa hepática.
- Grasas saturadas y trans: presentes en embutidos, productos de panadería industrial y frituras, aumentan la inflamación y deterioran la función hepática.
- Azúcares simples: el exceso de fructosa y sacarosa, común en refrescos y pastelería, eleva la síntesis de grasa en el hígado.
- Alcohol: incluso en pequeñas cantidades, puede agravar la enfermedad hepática y acelerar su progresión.
- Harinas blancas: pan blanco, bollería y pastas refinadas incrementan la glucosa e insulina, favoreciendo el depósito de grasa en las células hepáticas.
Cuál es la dieta recomendada

La dieta mediterránea, respaldada por la Academia Española de Nutrición y Dietética y expertos de la Asociación Americana de Personas Retiradas (AARP), es el patrón más recomendado para pacientes con hígado graso. Este enfoque prioriza la ingesta de frutas y verduras frescas (al menos cinco porciones diarias), legumbres, cereales integrales, frutos secos y semillas, así como grasas saludables provenientes del aceite de oliva extra virgen y pescados grasos ricos en omega-3.
Se aconseja limitar carnes rojas, productos ultraprocesados, azúcares añadidos y harinas refinadas. El consumo moderado de café y té verde, sin azúcar, también puede aportar beneficios. La supervisión médica y la consulta con un nutricionista son esenciales para personalizar la dieta y asegurar un adecuado control del peso y las enfermedades asociadas.
La clave para el manejo efectivo del hígado graso reside en sustituir harinas blancas y carbohidratos simples por opciones integrales, regular la ingesta calórica y priorizar alimentos frescos y naturales. Estos cambios, junto con la actividad física y el control del peso, pueden revertir la acumulación de grasa hepática y prevenir complicaciones más severas.
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