
La diabetes tipo 1 representa entre el 5% y el 10% de todos los casos de diabetes y se caracteriza por la presencia de unos particulares anticuerpos en el organismo.
Estos anticuerpos, llamados antiislotes son proteínas producidas por el sistema inmunitario que atacan por error las células beta del páncreas, encargadas de producir insulina. Y además, son los principales marcadores de la diabetes tipo 1 (autoinmune), presentándose en más del 95% de los diagnósticos iniciales.
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Esta enfermedad genera la destrucción autoinmune de las células beta productoras de insulina en el páncreas, lo que provoca finalmente la deficiencia de insulina.
Afecta aproximadamente a 2 millones de personas en EEUU y a 8,4 millones en todo el mundo, y se asocia con complicaciones microvasculares y macrovasculares como retinopatía, nefropatía, neuropatía y enfermedad cardiovascular.
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“Entre el 90% y el 95% de las personas con diabetes tipo 1 tienen al menos 1 autoanticuerpo cuando se les diagnostica diabetes”, describe una revisión de estudios científicos realizada por los doctores Laura Jacobsen y Desmond A. Schatz, publicada en la revista médica JAMA Network.
El estudio fue destacado en la red social X por el prestigioso cardiólogo Eric Topol, quien afirmó que se trata de “una nueva revisión estelar sobre la diabetes autoinmune tipo 1“.
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En el trabajo científico, los expertos afirmaron que estos autoanticuerpos incluyen los que son contra la insulina, la descarboxilasa del ácido glutámico 65, el insulinoma asociado a 2 y los autoanticuerpos contra el transportador de zinc 8, y están ausentes en la diabetes tipo 2 o la diabetes monogénica (una forma menos frecuente de diabetes causada por una única variante genética).

“Estos autoanticuerpos están presentes antes de que se desarrollen los síntomas clínicos y pueden identificar las primeras etapas de la diabetes tipo 1. Hasta el 44% de los niños y el 23% de los adultos con diabetes tipo 1 presentan cetoacidosis relacionada con la diabetes. La diabetes tipo 1 se diagnostica con mayor frecuencia entre los 10 y los 14 años, pero la edad media de diagnóstico en EEUU es de 24 años”, destacaron los investigadores.
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Las personas con diabetes tipo 1 requieren un reemplazo de insulina de por vida, que puede administrarse mediante inyección subcutánea o bomba de insulina. Los regímenes de insulina que imitan la fisiología normal incluyen insulina basal de acción prolongada, administrada una o dos veces al día, e insulina en bolo de acción rápida, administrada antes de las comidas con carbohidratos y durante los períodos de hiperglucemia.
“Ensayos clínicos aleatorizados han demostrado que los monitores continuos de glucosa con bombas de insulina, que ajustan automáticamente la administración de insulina en función de los niveles de glucosa, reducen la hipoglucemia y mejoran los niveles de hemoglobina A1c (la mayor mejora se observa en aquellos con niveles iniciales más altos)”, precisaron los expertos.
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Por años, la doctora Laura Jacobsen supo que quería dedicarse a la medicina. Pero no siempre imaginó que su camino estaría en la endocrinología pediátrica ni que se convertiría en una de las investigadoras más activas en diabetes tipo 1. Fue una experiencia concreta, en un campamento para niños con esta enfermedad, la que definió su vocación y marcó el rumbo de su carrera.
Hoy, uno de los desafíos más importantes en los que trabaja está relacionado con la detección temprana de la enfermedad. Junto con la doctora Carla DeMeterco-Berggren, Jacobsen participa en el desarrollo de un protocolo para detectar autoanticuerpos, marcadores que pueden anticipar la aparición de la diabetes tipo 1 antes de que se manifiesten los síntomas.
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La detección temprana es clave. “Ahora tenemos una terapia que puede retrasar la aparición de la diabetes tipo 1”, explicó. Identificar a las personas en riesgo permite monitorearlas y prevenir complicaciones graves, como la cetoacidosis diabética, que puede ser potencialmente mortal.

Sin embargo, el proceso también implica desafíos. Las pruebas pueden generar ansiedad en las familias, por lo que el acompañamiento médico y la información son fundamentales. El objetivo, explicó, es crear conciencia y brindar herramientas para actuar a tiempo.
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Otro de los focos actuales de su trabajo es mejorar el acceso a tecnologías de tratamiento, especialmente en poblaciones minoritarias. Aunque la clínica tiene una alta tasa de uso de monitores continuos de glucosa, el uso de bombas de insulina sigue siendo menor de lo esperado.
“Queremos aumentar su utilización y mejorar nuestros datos para entender las barreras”, señaló. Además, Jacobsen trabaja en el desarrollo de un programa que facilite la transición de los pacientes desde la atención pediátrica a la de adultos, una etapa crítica en la que muchos jóvenes pierden continuidad en su tratamiento.
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Más allá de su carrera científica, su historia personal revela una constante: el interés por comunicarse y conectar con los demás. Desde joven aprendió el lenguaje de señas americano, motivada por dos compañeros sordos de su escuela. Incluso eligió la universidad por su programa en este idioma.
Hoy, esa habilidad es una herramienta más para acercarse a los pacientes y reducir barreras. A pesar de su intensa agenda, Jacobsen mantiene el vínculo con el lugar donde todo comenzó: el campamento de diabetes. Más de una década después, sigue participando como voluntaria. Ese compromiso resume su enfoque: combinar ciencia, innovación y empatía.
En un campo donde los avances científicos abren nuevas posibilidades, investigadores como Jacobsen buscan no solo mejorar los tratamientos, sino también cambiar el futuro de la enfermedad. Su trabajo apunta a un objetivo ambicioso: detectar la diabetes tipo 1 antes de que aparezca y, algún día, evitar que se desarrolle.
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