
Para comprender las claves detrás de una vida notablemente longeva, es crucial reconocer el peso de factores que escapan al control personal. La buena suerte juega un papel importante: evitar accidentes fatales o enfermedades infecciosas mortales y vivir en un país pacífico con agua potable y un buen sistema de salud. Pero, además, la genética influye de manera decisiva.
En ese sentido, las mujeres tienen una probabilidad significativamente mayor de alcanzar los 100 años: más de tres cuartas partes de los centenarios son mujeres, y la lista de los seres humanos más longevos de la historia está dominada por ellas. Esta tendencia no solo responde a factores biológicos sino a la denominada lotería genética.
El legado hereditario también cuenta. Los genetistas han identificado cientos de variantes genéticas asociadas con la longevidad y estudios con gemelos y árboles genealógicos han estimado que los rasgos biológicos asociados con la longevidad extrema son hereditarios en aproximadamente un 30%.
De acuerdo con Nir Barzilai, especialista en superenvejecientes del Colegio de Medicina Albert Einstein, “la mayoría de estos genes parecen conferir niveles inusuales de protección contra las enfermedades propias de la vejez, como las cardiovasculares”. En consecuencia, mirar a los padres puede ofrecer pistas valiosas: La mejor manera de saber si tienes un genoma que promueve la longevidad es observar a tus padres, si es posible.
Vinculación entre estilos de vida y esperanza de vida excepcional

Pese al énfasis popular en la alimentación equilibrada, el ejercicio regular y la moderación, los estudios dedicados a personas que alcanzan edades excepcionales ofrecen matices sorprendentes. Una investigación publicada en 2011 examinó la vida de 477 mayores de 95 años, la mayoría de los cuales vivía de forma autónoma. La comparación se realizó con otros 3.000 individuos de la población general nacidos durante la misma época.
Los resultados fueron reveladores: “No se observaron diferencias significativas. Los supervivientes tenían la misma probabilidad que sus compañeros fallecidos de haber bebido alcohol con regularidad, tener un IMC similar y realizar cantidades similares de ejercicio”.
Estos hallazgos sugieren que, en aquellos que ya han superado la media de longevidad, el estilo de vida saludable podría no desempeñar el papel predominante que habitualmente se le atribuye. Barzilai advierte sobre la interpretación de estos datos: “Entre estas personas mayores habrá un número desproporcionadamente grande de los afortunados. Son pocos los que heredaron un gran conjunto de genes de longevidad y pueden soportar todo tipo de insultos que acabarían con el resto de nosotros”.
De todos modos, un macroestudio reciente analizó a más de 350.000 personas y demostró que adoptar hábitos saludables —como evitar el tabaco, mantener una rutina de ejercicio, descansar adecuadamente y seguir una dieta equilibrada— puede reducir hasta en un 62% el riesgo de muerte prematura asociado a una predisposición genética desfavorable, lo que sugiere que las decisiones cotidianas siguen desempeñando un papel decisivo en la expectativa de vida, más allá de la carga hereditaria

Recomendaciones clave para la vida después de los 80 años
A partir de los 80 años, el estilo de vida sigue siendo determinante para quienes continúan desafiando las estadísticas. Según Barzilai, existen “cuatro cosas” esenciales para prolongar la calidad y duración de la vida: “Optimizar el ejercicio, el sueño, la dieta y la conectividad social”.
La realización de ejercicios de fuerza y flexibilidad adquiere cada vez más importancia en la vejez, y dormir ocho horas representa un objetivo saludable. Además, Barzilai aconseja adherirse a una dieta mediterránea junto con el ayuno intermitente, como la dieta 16:8, también es muy efectivo.
Importancia de la función cognitiva a lo largo de la vida
La evidencia científica demuestra que cuidar la salud mental es fundamental para una mayor longevidad. Así lo expone un reciente estudio de 2024 basado en el seguimiento de 547 participantes del estudio de cohorte de nacimiento de Lothian durante un período de 24 años tras cumplir los 79: La capacidad cognitiva en la edad adulta era un predictor importante de supervivencia en los participantes de mayor edad, con mayor impacto en la longevidad que su funcionamiento físico. Este resultado refuerza la necesidad de fomentar la reserva cognitiva a lo largo de la vida a través de conexiones neuronales nuevas y estimulantes.
Asimismo, el estudio de Lothian revela que ciertos factores de la infancia, como la clase social infantil, el coeficiente intelectual a los 11 años y el tiempo dedicado a la educación, son decisivos para una función cognitiva robusta en la vejez.
Impacto de la conectividad social y la satisfacción con la vida en la longevidad

Las relaciones humanas y el bienestar subjetivo desempeñan un papel destacado y, para algunos, inesperado.
Investigadores de la Universidad de Gotemburgo analizaron los casos de 699 suecos octogenarios, nonagenarios y centenarios y hallaron que mayor satisfacción con la vida y conexiones sociales más sólidas correlacionan con mayor longevidad, incluso más allá de los 80 años. Las personas que tenían con quién hablar y se sentían parte de un grupo de amigos sobrevivieron más tiempo que quienes carecían de compañía o se sentían abandonadas.
Respecto al bienestar subjetivo, la satisfacción con la vida también tuvo un impacto importante, medida mediante la reacción ante enunciados como “a medida que envejezco, las cosas parecen mejores de lo que pensaba que serían”.
Estudios adicionales han observado que la baja satisfacción con la vida es un factor de riesgo significativo para la muerte prematura entre los hombres de 80 años. Según Phil St John, de la Universidad de Manitoba, existe una asociación entre la satisfacción con la vida y la mortalidad, un factor sorprende con base en la magnitud del efecto; según indicó.
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