
Una escena de la película Contagio (2011), protagonizada por Kate Winslet, ilustra con crudeza cómo una infección puede transmitirse de forma imperceptible a través de superficies comunes como picaportes o botones de ascensor.
Lo que parecía ficción se convirtió en una imagen reconocible durante la pandemia de COVID-19. La escena también introduce un concepto clave en epidemiología: el número básico de reproducción o R0, que indica cuántas personas, en promedio, puede contagiar una persona infectada.
Este valor, fundamental para entender la dinámica de una enfermedad, permite estimar su potencial de propagación. Si el R0 es mayor a uno, los contagios aumentan. Si es igual a uno, la cantidad de casos se mantiene estable.
Cuando es menor, los brotes tienden a extinguirse. El grado de contagiosidad varía según el agente infeccioso y su vía de transmisión, que puede incluir aerosoles, gotículas respiratorias, contacto con fluidos, alimentos, insectos o fómites.
El sarampión encabeza la lista
El sarampión es actualmente la enfermedad más contagiosa registrada. Su R0 se sitúa entre 12 y 18, lo que implica que una persona infectada puede generar hasta 342 nuevos casos tras dos ciclos de transmisión.

Este virus se propaga por diminutas partículas en suspensión que permanecen en el aire incluso dos horas después de que una persona contagiada haya abandonado un lugar cerrado. No se requiere contacto físico directo para que ocurra la transmisión.
En los últimos años, el sarampión volvió a circular en países con altos ingresos, como Reino Unido y Estados Unidos. Según Dan Baumgardt, profesor de la Facultad de Fisiología, Farmacología y Neurociencia de la Universidad de Bristol, “la causa principal es la disminución de las tasas de vacunación infantil, impulsada por perturbaciones como la pandemia de COVID-19 y los conflictos mundiales".
Otra característica preocupante del sarampión es que las personas pueden ser infecciosas antes de presentar síntomas, lo que dificulta el aislamiento oportuno y aumenta el riesgo de transmisión comunitaria.
Tos ferina, varicela y COVID-19 también presentan altos niveles de contagio
Otras enfermedades con valores elevados de R0 incluyen la tos ferina (entre 12 y 17), la varicela (entre 10 y 12) y el COVID-19, cuyo rango depende de la variante, pero se estima entre 8 y 12. Todas estas afecciones pueden derivar en complicaciones graves, como neumonía, convulsiones, meningitis, ceguera o incluso la muerte.

Aunque en muchos casos los pacientes se recuperan, el riesgo para personas inmunodeprimidas, niños pequeños o adultos mayores justifica el enfoque preventivo. La inmunización cumple un papel central para reducir tanto la incidencia como la propagación.
La tuberculosis: menos contagiosa, pero más persistente
La tuberculosis (TB), causada por la bacteria Mycobacterium tuberculosis, posee un R0 que varía entre menos de uno y cuatro, según factores como las condiciones de vida o la calidad del sistema de salud. A diferencia del sarampión, requiere contacto cercano y prolongado, por lo que sus brotes suelen darse en hogares, prisiones o albergues.
El verdadero desafío de la tuberculosis está en su tratamiento: exige la administración de cuatro antibióticos durante al menos seis meses. La penicilina, entre otros medicamentos comunes, resulta ineficaz.

Además, la infección puede diseminarse a órganos como el cerebro, los huesos, el hígado y las articulaciones. Baumgardt advirtió que “están aumentando los casos de tuberculosis resistente a los medicamentos, lo que complica aún más su control”.
Enfermedades con R0 bajo, pero alto riesgo
Aunque presentan menor capacidad de transmisión, infecciones como el ébola (R0 entre 1,5 y 2,5), el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS), la gripe aviar y la lepra son consideradas amenazas importantes por su gravedad y mortalidad. El ébola, por ejemplo, se transmite únicamente por contacto directo con fluidos corporales, pero su letalidad es muy elevada.

El R0 por debajo de uno en estos casos no debe interpretarse como señal de baja peligrosidad. La capacidad de provocar brotes localizados o generar cepas más agresivas sigue siendo motivo de vigilancia epidemiológica.
La inmunidad colectiva, clave para proteger a los más vulnerables
La propagación de una enfermedad no depende solo de su nivel de contagio, sino también del número de personas susceptibles. Por esta razón, la inmunización masiva permite limitar la transmisión y proteger a grupos que no pueden vacunarse, como bebés, embarazadas, personas inmunocomprometidas o con alergias severas. Esta protección indirecta, conocida como inmunidad de grupo, resulta esencial para contener brotes y evitar crisis sanitarias.
La prevención, basada en estrategias como la vacunación y la educación sobre vías de contagio, continúa siendo la herramienta más eficaz para reducir la carga global de las enfermedades infecciosas.
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