
Una investigación reciente publicada en el American Journal of Preventive Medicine advierte sobre el impacto negativo del consumo de alimentos ultraprocesados en la salud pública global.
El estudio, encabezado por el epidemiólogo Eduardo Nilson del Centro de Investigación en Nutrición y Salud (Nupens) de la Universidad de São Paulo, revela que cada incremento del 10% en las calorías ingeridas a partir de este tipo de productos se asocia con un aumento del 3% en el riesgo de muerte prematura.
La magnitud de los datos es significativa. Al analizar siete estudios previos, el equipo encontró una correlación sistemática entre la ingesta de alimentos altamente industrializados y la mortalidad anticipada. En países como Estados Unidos, donde el consumo de ultraprocesados es elevado, se estima que hasta un 14 % de las muertes prematuras puede estar vinculado a estos productos.
¿Qué se considera un alimento ultraprocesado?
El estudio se basó en el sistema de clasificación NOVA, ampliamente utilizado en investigaciones nutricionales. Esta categorización distingue distintos niveles de procesamiento:
- Alimentos mínimamente procesados: conservan su estructura natural; por ejemplo, vegetales congelados, leche pasteurizada o arroz precocido.
- Ingredientes culinarios procesados: productos como sal, azúcar o aceites vegetales.
- Alimentos procesados: mezclas de ingredientes naturales con procesados, como el queso o la fruta enlatada con azúcar.
- Alimentos ultraprocesados: contienen múltiples aditivos, edulcorantes, saborizantes y otros compuestos industriales. Son productos como refrescos, pizzas congeladas, golosinas empaquetadas, salchichas, sopas instantáneas o bollería industrial.

Este último grupo, foco de la investigación, es el que presenta mayores riesgos para la salud.
¿Por qué aumentan el riesgo de morir antes de tiempo?
Además de su pobre perfil nutricional —ricos en azúcares añadidos, sodio, grasas poco saludables y calorías vacías— los alimentos ultraprocesados tienen efectos metabólicos y fisiológicos complejos.
Según Nilson, su consumo habitual puede favorecer la obesidad, la hipertensión, la resistencia a la insulina, alteraciones en el microbioma intestinal y niveles elevados de colesterol.

“El procesamiento cambia drásticamente la estructura del alimento”, explica el investigador. Esto puede alterar la velocidad de digestión, la sensación de saciedad e incluso el comportamiento de las bacterias intestinales.
A estos factores, se suma la facilidad con la que estos productos se integran en la vida cotidiana: son prácticos, accesibles y atractivos al paladar, lo que favorece su inclusión sistemática en la dieta y desplaza opciones frescas y mínimamente procesadas.
Una estrategia de salud pública pendiente
Nilson y su equipo subrayan que la reducción del consumo de ultraprocesados debe considerarse una prioridad en salud pública. En los países donde su ingesta aún es moderada pero creciente, las políticas nutricionales preventivas podrían generar un impacto sustancial en la reducción de muertes evitables.
En paralelo, profesionales de la nutrición como Jessica Crandall, dietista registrada y asesora de FuturHealth, promueven un enfoque práctico para modificar la conducta alimentaria. “No se trata de transformar por completo la dieta de un día para otro, sino de hacer ajustes sostenibles”, afirma.
Entre las recomendaciones se destacan:
- Sustituir refrigerios procesados por frutas frescas con yogur natural o vegetales con hummus.
- Preparar comidas simples con ingredientes reales, como avena nocturna o legumbres.
- Abastecer la despensa con básicos saludables: granos integrales, vegetales congelados y productos naturales sin azúcares añadidos.

Crandall propone un modelo flexible, conocido como 80/20: si el 80 % de los alimentos que se consumen diariamente son integrales o mínimamente procesados, el restante 20 % puede contemplar comidas preparadas u ocasionales indulgencias.
Más allá de las decisiones individuales, los especialistas insisten en que se requiere un cambio estructural y cultural: educación nutricional, regulación del etiquetado, impuestos a productos dañinos y promoción de alimentos frescos y locales.
Mientras tanto, optar por alimentos menos procesados —aunque en pequeños pasos— podría ser una de las decisiones más poderosas para mejorar la salud y extender la esperanza de vida.
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