
Los pulmones del Papa han sido su talón de Aquiles desde su juventud. A los 21 años sufrió una grave infección respiratoria que obligó a los médicos a extirparle el lóbulo superior del pulmón derecho.
“Cuando a los 21 años me enfermé con algo grave, tuve mi primera experiencia con el límite, con el dolor y la soledad. Me cambiaron las pautas. Durante meses, no sabía quién era y si me moría o no. Ni los médicos sabían si iba a sobrevivir. Me acuerdo que un día le pregunté a mi madre, abrazándola, si me iba a morir”, relató en su libro “Soñemos juntos”.
Según narró Francisco en en su autobiografía “Esperanza”, cuando estudiaba en el seminario en 1957, una epidemia de gripe enfermó a muchas personas en el instituto donde se encontraba.
A medida que pasaba el tiempo sus compañeros se iban recuperando mientras que el joven Jorge Mario Bergoglio empeoraba. Como la fiebre alta no cedía, el director del seminario decidió trasladarlo al Hospital Sirio Libanés de Villa Pueyrredón, en Buenos Aires.

En una entrevista con el periodista Nelson Castro el Papa contó que allí, un neumonólogo de apellido Zorraquín ordenó que le hicieran estudios de laboratorio y radiografías de tórax que, luego de ser revisadas, arrojaron que tenía tres quistes en el lóbulo superior del pulmón derecho y un derrame pleural bilateral que le producía dolor y dificultad respiratoria.
“Me sacaron un litro y medio de agua del pulmón. Además, ahí me quedé luchando por vivir”, relató Francisco en primera persona. “Tras ello, comenzaron a tratarme y, para el mes de octubre, cuando ya estaba recuperado, me anunciaron que debían operarme para extirpar el lóbulo afectado porque existía la posibilidad de una recaída”, contó el Papa.
Finalmente, lo operaron. “Al recuperarme de la anestesia, los dolores que sentí fueron muy intensos”, dijo el Papa y reveló que desde ese entonces tiene una cicatriz que va desde la base del hemitórax derecho hasta su vértice.
Al ser consultado sobre si su cuerpo sufrió o no consecuencias por la operación, Bergoglio lo negó. “La recuperación fue completa y nunca sentí ninguna limitación en mis actividades. Nunca experimenté fatiga o falta de aire. Según me han explicado los médicos, el pulmón derecho se expandió y cubrió la totalidad del hemitórax homolateral. Y la expansión ha sido tan completa que, si no se le advierte del antecedente, solo un neumonólogo de primer nivel puede detectar la falta del lóbulo extirpado”, explicó el pontífice.
¿Qué impacto tuvo la extirpación de parte del pulmón?

En diálogo con Infobae, el doctor José Viudes, médico clínico neumonólogo y especialista en Gerontología del Hospital Italiano, explicó que cuando una persona pierde una parte del pulmón, existe el concepto del “pulmón vicariante”.
“El pulmón vicariante significa el pulmón remanente. Lo que sabemos nosotros es que ese espacio del pulmón que se sacó se ocupó por expansión del pulmón que quedó remanente. O sea, el pulmón se ‘infló’ para suplir el déficit del órgano que se sacó” indicó el médico.
Los problemas de salud vinculados al envejecimiento
El especialista en Neumonología y Gerontología agregó que “se puede perder un pulmón y vivir con uno solo, eso no es un problema para la mayoría de los pacientes, de hecho, el Papa -durante años- lo solucionó bien”. Pero el inconveniente radica en que la cicatriz que le quedó al Pontífice de esas lesiones, con el tiempo, “se llenaron de bacterias”, afirmó el médico.

“Con el tiempo no fue pudiendo resolverlas y con la edad, con la inflamación crónica que él tiene, los cuadros inflamatorios, virales, bacterianos, en una persona con pérdida de masa muscular, pérdida de capacidad aeróbica, con corticoides, sobrepeso... todo eso hace que el sea un paciente frágil”.
Aunque ese pulmón remanente cumple sus funciones, no lo hace adecuadamente, señaló el experto. “El Papa quedó con lesiones pulmonares que se llaman bronquiectasias, que son semejantes a ‘baches’ en el asfalto, que cuando llueve el agua no corre normalmente y se queda estancada allí. Eso le pasa a ese pulmón, las secreciones que está fabricando en vez de ser expectoradas por las cilias de un epitelio pulmonar normal, quedan allí y predisponen a tener más infecciones respiratorias bacterianas con bacterias que cada vez son más resistentes porque se van acostumbrando a los distintos antibióticos que él fue recibiendo”.
El médico explicó que ese “bache” poco a poco fue invadido por bacterias, las cuales no son detectadas por el sistema inmunológico y van adquiriendo inmunidad a los distintos antibióticos.
“Entonces, lo que ocurrió fue un cuadro de bacterias resistentes, un paciente muy inflamado y muy debilitado cuya médula no fabricó los glóbulos rojos necesarios ni los blancos, probablemente, para combatir esa infección. Y a pesar del tratamiento con antibióticos fue necesario transfundirle glóbulos rojos y ponerle más oxígeno en la última hospitalización”, finalizó el médico.
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