
Vivimos épocas de la primacía del consumo. Las opciones que se nos ofrecen en todos los órdenes de la vida de bienes y servicios, generan una necesidad de querer y necesitar más de todo y si es nuevo o aparenta serlo, mejor. Este fenómeno se traslada a todos los aspectos de la economía y de la vida en general. De alguna manera, más, en un sentido amplio, difuso y abstracto, es mejor.
Estamos al mismo tiempo en una época de auge de las tecnologías de comunicación e información (TIC) y si bien la era digital nos facilita el acceso a medios de comunicación con notas e informaciones de fuentes probas y expertos médicos, también circula mucha información en redes sociales y distintas plataformas, con voces sin respaldo científico ni formación académica que esté a la altura de los consejos o recomendaciones que se ofrecen como generalidad.
Así, no solo la cantidad de información se ha incrementado exponencialmente, sino también la diversidad de fuentes y modalidades, siendo una tarea prácticamente imposible, poder discernir en medio de ese “overload data” (sobrecarda de datos) que se expresa de manera evidente en alguna de las modalidades de las ciberadicciones.
Entre ese caudal informativo podemos encontrar opiniones que se presentarán como sugerencias y algunas como verdad infalible e inapelable, en terrenos que van desde el acondicionamiento físico a la alimentación, pero también y principalmente sobre temas de salud.

Así, estamos en un tiempo donde la difusión masiva e indiscriminada, puede impactar de manera particular en aquella referida a la salud mental. Estamos hablando de la influencia de lo que a veces se autodefine (sin serlo) coaching, counselling y una variedad de opiniones basadas en informaciones parciales. Son cotejadas inclusive ya no solo con buscadores y en fuentes no confiables, sino con intentos de autodiagnóstico y automedicación, mediante la “ayuda” de los sistemas de inteligencia artificial.
Todo esto se presenta frente a algo mucho más acotado como puede ser la consulta profesional que seguramente no responderá con los tiempos de la inmediatez de un video, o una consulta en buscadores, pero es un medio seguro y certificado de enfrentar los problemas de salud.
En este terreno el testimonio de figuras célebres, artistas, atletas, que definen desde su perspectiva personal, y aconsejan o a veces simplemente cuentan que han hecho en su caso, pasa a ser la solución que los demás toman como el diagnóstico o la respuesta y conducta a adoptar. Esa metodología conocida en medicina como la de “caso único”, es decir, el de una persona o caso en particular, no es en el que se basa la ciencia y más allá de esto, no es la que provee respuestas saludables o útiles.
Hay algo que comienza a inquietar y es que el mayor acceso a la información que hoy existe muchas veces está basado en fuentes no confiables ni certificadas, chat GPT o redes sociales. Un ejemplo de los riesgos de consumir información sin fundamento que se difunde en redes fue el caso de la modelo rusa e influencer Zhanna Samsonova que comenté en mi artículo Influencers y efecto copycat: el peligro de imitar trastornos alimentarios que pueden llevar a la muerte.

Es fundamental poder discriminar, filtrar y no absorber la información tal como se la recibe.
Las tasas de enfermedades mentales de todo tipo se están incrementando. Ya en otras notas hemos hablado de estas estadísticas. Evidentemente no es el único factor, pero la pregunta subsiste: ¿no será toda esa información indiscriminada y de fuentes dudosas parte del problema? Uno puede ser proactivo con la propia salud e informarse de fuentes confiables y certificadas, pero esto no reemplaza al diagnóstico médico.
Varias cuestiones surgen de esto ya que, por supuesto está el acceso o no a la correcta y calificada atención en salud mental, pero aun en países en los cuales esto parece estar algo más garantizado se plantea esta misma cuestión. ¿Por qué si informamos más, se conoce más, hay múltiples asociaciones que se especializan en cuadros o condiciones específicas, e inclusive si hay mayor acceso a los servicios de salud mental, las tasas siguen incrementándose? En alguna medida ¿más no será menos?
Esta es la pregunta que se hizo el doctor Thomas Insel director del Instituto nacional de Salud Mental de Estados Unidos (NIMH) y que presenta en su libro “Sanación: Nuestro camino de la enfermedad mental a la salud mental” (”Healing: Our Path from Mental Illness to Mental Health”). Allí expone la necesidad de replantearse el camino que debe seguir la psiquiatría, si de alguna manera no se están dando las respuestas que debieran adecuarse a la demanda en tiempos de cambio.

Entre los inconvenientes que generan este incremento en cuadros clínicos, se citan algunos positivos, como la mayor conciencia y el diagnóstico, pero a la vez, por el contrario y de manera negativa, la posibilidad que en esa biblioteca de Babel de información, se den sub y sobrediagnósticos, así como frecuentes errores diagnósticos.
Una de las preguntas también es: ¿de qué manera influye en el diagnóstico correcto en un paciente que accede a la consulta con la información externa y a la vez con una medicación y diagnóstico específico? Al mismo tiempo, ¿qué pasa si el médico no se replantea el cuadro o no puede hacerlo, por la certeza que el paciente cree por la información que aporta y que él considera cierta?
Otro inconveniente es que los sistemas de diagnóstico en psiquiatría, en salud mental en general, no son tan precisos como puede ser una variable química en clínica general (diabetes, enzimas, niveles hormonales etc.) o de imágenes aún en patologías neuropsiquiátricas (como las complicaciones de una esclerosis múltiple o una patología neurodegenerativa).

En la misma línea es el uso no solo de fármacos que posiblemente parezcan adecuados, pero no lo sean, en la medida de no tener un diagnóstico correcto. El mismo escenario se repite en las psicoterapias donde aun al día de hoy, al viejo conflicto de “escuelas” se le ha sumado una enorme variedad de opciones alternativas, frente a las cuales el paciente en muchos casos efectivamente cree pero, sin embargo, estas pueden ir en sentido contrario a otro protocolo de tratamiento o inclusive estar formalmente contraindicadas. Así, es evidente que la psicoterapia de un trastorno obsesivo-compulsivo, no será ni farmacológica ni psicoterapéuticamente igual en su abordaje, que un trastorno límite de personalidad (borderline).
Finalmente, esa sobreinformación que lleva a alguien a autoclasificarse (y a veces calificarse), por ejemplo, como “bipolar”, o “TOC”, puede ser muy condicionante y llevar a una autoestigmatización, cuando en realidad se trata de emociones humanas a ser tratadas como tales y no como patologías. En este terreno vemos muy frecuentemente personas que acceden a la consulta con una pequeña farmacia personal de medicamentos, que han ido siendo agregados en algunos casos por consejo de personas no calificadas profesionalmente, a las que sí le fueron dadas por médicos, pero que en realidad al origen no presentaban un cuadro clínico sino una situación existencial a resolver.
En definitiva, más no es mejor. El diagnóstico que puede llevar algo más de tiempo, la selección de información contrastada y de fuentes consideradas confiables, sin buscar un doble o múltiple chequeo de la misma, puede ser lo que nos permita empezar a buscar ese camino que plantea el doctor Insel en su libro, es decir, el camino a la verdadera salud mental.
* El doctor Enrique De Rosa Alabaster se especializa en temas de salud mental. Es médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y médico legista
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