
El Día del Niño, hoy Día de la Niñez o de las Infancias en Argentina, es una celebración anual en muchos países del mundo dedicada a honrar y festejar a los niños y niñas.
Comenzó a celebrarse en diferentes fechas en distintos países a lo largo del siglo XX. La iniciativa de establecer un día especial se originó en la Conferencia Mundial para el Bienestar del Niño, que se impulsó en Ginebra en 1925. Durante esta conferencia se decidió establecer un Día Internacional del Niño para promover el bienestar y los derechos de los niños y niñas en todo el mundo.
En 1954, la Asamblea General de las Naciones Unidas logró que todos los países celebraran un Día del Niño promoviendo la fraternidad y la comprensión entre los niños y los objetivos del bienestar infantil. Aunque la fecha varía según los países, el espíritu radica en su enfoque en el bienestar y sus derechos. En una gran mayoría de países, esta fecha se celebra el 20 de noviembre, coincidiendo con el aniversario de la aprobación de la Declaración Universal de los Derechos del Niño por parte de las Naciones Unidas en 1959, y la Convención sobre los Derechos del Niño en 1989.
La celebración busca promover la importancia de brindar a los niños y niñas un entorno seguro, saludable y propicio para su crecimiento y desarrollo. Este día es una gran oportunidad para concientizar a la sociedad sobre la necesidad de proteger y respetar sus derechos.
La Convención sobre los Derechos del Niño de las Naciones Unidas reconoce que los niños tienen derecho a la salud, la educación, la protección contra todo tipo de violencia, a vivir en familia y a ser oído, entre otros.
Esta celebración también nos brinda la oportunidad de reflexionar sobre un aspecto crucial en la vida de los niños y niñas que no siempre se ha tenido presente: su salud mental.
Durante los primeros años de vida los niños y niñas comienzan a descubrir su forma de ser y estar en el mundo, según los modelos parentales y sociales.
Cada uno de nosotros aporta a los niños y niñas de nuestras vidas identificaciones, experiencias, narrativas. Con ellas, y amalgamado en su particular manera, cada niño y cada niña tomará lo que pueda y construirá su propia historia personal.

Las relaciones y vínculos que tengamos con ellos y los que tengan con otros niños y niñas impactarán en la formación de su identidad y en la manera en que aprenden a comprender, conocer, relacionarse y manejar sus emociones.
Estos procesos identificatorios pueden resumirse como el proceso psicológico por el cual los cachorros humanos internalizan características, valores y comportamientos de sus padres o figuras de cuidado cercano. A través de las identificaciones integran estas cualidades en su propia identidad y comienzan a modelar su carácter.
Al igual que con los padres, los niños y niñas también pueden identificarse con maestras y figuras de autoridad en el entorno escolar que influirán en su autoestima y confianza a través de la manera en que los tratan y se relacionan con ellos. También cómo los escuchan o no lo hacen.
Los familiares, maestros y cuidadores que fomentan el respeto, la empatía y el apoyo contribuyen positivamente a la salud mental de los niños y niñas, que además multiplicarán ese aprendizaje primero entre sus pares y luego en su vida adulta.

Cuando los derechos no se respetan
Pero no siempre las familias pueden ofrecer el sostén necesario para este desarrollo porque se encuentran atravesando diferentes circunstancias difíciles, algunas hasta imposibles, por razones sociales, psicológicas, socio-políticas y ambientales. Allí el llamado urgente a hacer tribu como reza el viejo adagio africano, “Se necesita una aldea para criar a un niño”, se convierte en imperativo urgente. La ayuda y contención a la familia es el socorro necesario.
Algunas veces, el auxilio a las familias no alcanza, pero de todas formas, y justamente por ello, las personas cercanas y en algunos casos los organismos especializados en restitución de derechos, deben estar atentas a las necesidades integrales, entre ellas las emocionales, para ofrecer apoyo y contención que se requiera caso por caso.
La sensibilización a los padres, cuidadores y a la sociedad en general sobre la importancia de su rol y su responsabilidad en el desarrollo subjetivo, como en las habilidades sociales es trascendental.
Los niños y niñas necesitan del otro para crecer y desarrollarse, por eso es fundamental intentar crear ambientes de apoyo y comunicación. Fomentar un entorno familiar, escolar, institucional, en el que los niños y niñas se sientan seguros para expresar sus emociones, sus miedos y preocupaciones.

Los adultos debemos estar disponibles para escuchar a los niños y niñas y responder a sus necesidades emocionales y acompañarlos. Tanto en casa, como en la escuela o en las instituciones los adultos deben ser conscientes de su comportamiento y actitudes para trabajar lo que sea necesario para estar disponibles.
De la misma manera, los profesionales deben identificar tempranamente cualquier signo de dificultades emocionales en los niños porque de ello depende su desarrollo. La prevención de los problemas de salud mental infanto-juvenil comienza en los primeros años de vida.
Nuestra tarea es crear ambientes de escucha atenta, apoyo, contención y trabajar en nuestros aspectos proyectivos negativos para estar atentos a las reales necesidades emocionales de los niños y niñas y que no sea viceversa.
La disponibilidad para hacerlo construye un camino que es fundamental para que los niños y niñas transiten confiados y seguros que algunos de nosotros estará para ayudarlos siempre.
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