
También llamada fobia social, se trata de un tipo específico y muy frecuente de trastorno de ansiedad, según las clasificaciones actuales. Es una condición común y angustiante que afecta a muchas personas en todo el mundo, caracterizada por un intenso miedo o ansiedad, como así también por manifestaciones físicas y psíquicas, a las interacciones sociales o más ampliamente a todo el entorno social. Una situación que lleva a sentimientos de incapacidad, vergüenza y al deseo de evitarlas, incluso, por completo.
Ir a una fiesta o tener una conversación personal con una persona desconocida, puede provocar un aumento del ritmo cardíaco, sudoración y pensamientos acelerados sin relación alguna con la realidad del episodio. Es decir, sin una amenaza en el sentido interpersonal. Cuando la ansiedad social se vuelve significativa, es común que las personas se sientan extrañas, se aíslen y paradójicamente imaginen que son rechazadas por los demás, lo que dificulta el abordaje de un tratamiento adecuado y la recuperación.
En muchos casos, en psiquiatría existe una sensación que la patologías no implican perjuicios tan significativos como las patologías “reales”, el lugar reservado a las orgánicas, y que con solo cambiar la postura personal es algo solucionable. En definitiva, poner algo más de voluntad.

Sin embargo, y quizás la ansiedad social pueda ser uno de los ejemplos paradigmáticos, este tipo de padecimientos puede perjudicar de manera definitiva la vida de una persona, limitándola en su vida cotidiana, llegando casi a un grado de incapacidad. Somos seres sociales y nuestra existencia depende en gran parte de nuestras habilidades sociales, aun cuando desempeñemos roles en los cuales nos parece que eso no es significativo, y en la ansiedad o fobia social, en casos severos, esto representa una real discapacidad.
Efectivamente, puede dificultar que una persona lleve una existencia mínimamente satisfactoria, ya que, por ejemplo, el miedo excesivo a la humillación y al rechazo (imaginario o, finalmente, por sus temores que se transformará en real) puede limitarlos en el trabajo, la escuela, las relaciones interpersonales, y la posibilidad de establecer vínculos afectivos, entre otros aspectos.
Como todos los trastornos de ansiedad, y en particular los miedos, se trata de una cuestión de gradiente. Si bien la mayoría de las personas tenemos preocupaciones sobre la aceptación y la aprobación por parte de los otros, el ir avanzando en esta variable (la vergüenza de la exposición, la ansiedad y el temor al rechazo o la crítica) hacen que a una persona le pueda resultar difícil funcionar en la vida diaria y así llegue al síntoma cardinal que es el evitamiento de las situaciones que provocan ansiedad, restringiendo cada vez más su mundo. En la literatura, Julio Cortázar y su cuento “Casa tomada” es un excelente ejemplo del avance de los miedos.
Se trata de una condición que se calcula afecta entre un 5/10% de la población. En Estados Unidos, se toma el 7% como cifra, lo que representa millones de personas. Las consecuencias no se detienen en la patología en sí, sino en la depresión, alcoholismo, consumo de psicofármacos e inclusive de sustancias, consecuentes a la búsqueda de calmar la ansiedad paralizante.

Qué sí se puede hacer
- El primer paso será el de aceptar y reconocer la existencia del cuadro y de sus consecuencias y no encubrirlo, considerándolo características personales. Aquí es donde la variable concreta de funcionamiento social es de importancia. No solo la capacidad de establecer contactos o la calidad de ellos, sino las consecuencias en un sector concreto como puede ser la vida académica o laboral, pueden ser indicadores útiles.
- Cuestionar las ideas negativas: la ansiedad social a menudo se origina en pensamientos negativos respecto a lo social, que “gatillan” frecuentemente alguna experiencia del pasado. Esa reactualización de la emoción pasada convalida el episodio presente. Usando el cuestionamiento racional, por ejemplo, ¿hay evidencia concreta para apoyar esta creencia?, puedo empezar a separar la emoción de la idea.
- Exposición gradual a situaciones sociales: exponerse ante la situación temida es útil en todas las fobias, pero tiene el inconveniente que, de usarla de manera impropia, puede aumentar la ansiedad. Sin embargo, pequeños ensayos personales que provoquen solo un monto tolerable de ansiedad pueden ser útiles. Preguntar algo en la calle (una dirección, por ejemplo), si eso genera molestia puede ser útil, pero la forma apropiada y no invasiva estará dada en base a una escala de estímulos graduados progresivamente.
- Uso de técnicas físicas. Como en muchos temas ligados a la ansiedad y la depresión, la actividad física de cualquier tipo, resulta muy útil. Aquellas con descarga adrenérgica, porque ayudan a regular la sobreestimulación del sistema simpático, y las técnicas de relajación y/o meditación, porque nos permiten encontrar puntos de anclaje en el cuerpo, son útiles al momento de la subida brusca de ansiedad representada por ideas o síntomas físicos.

Qué no se debe hacer
- No recurrir al uso de alcohol o drogas y tampoco a la autoadministración de ansiolíticos. Todas estas medidas pueden aportar una calma pasajera, pero en realidad decapitan sintomáticamente al cuadro, haciendo que el mismo se siga incrementado. Esto además de los efectos nocivos propios.
- No dudar en buscar ayuda profesional adecuada. La ansiedad social se trata de buscar sostén y soporte emocional pero, particularmente, de adquirir herramientas específicas. Las terapias cognitivo comportamentales son las que están más usadas y validadas desde hace décadas y con muy buenos resultados. Asimismo, el trabajo sobre el círculo íntimo permite eliminar algunos preconceptos que hacen que el cuadro empeore.
En relación al abordaje profesional dado por las psicoterapias, también existe una serie de psicofármacos, en particular algunos que entran dentro de la categoría de antidepresivos, que han demostrado ser de mucha utilidad durante el período que se implementa la psicoterapia.
En conclusión: la fobia social puede llegar a ser una patología realmente invalidante, no reconocerla o negar sus consecuencias puede ser determinante para el porvenir de una persona. Aceptando esta característica existen tratamientos que han demostrado un grado de éxito particularmente prometedor.
* El doctor Enrique De Rosa Alabaster (MN 63406) se especializa en temas de salud mental. Es médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y médico legista
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