
La realidad indica que la lechería argentina viene estancada desde hace dos décadas. Salvo el período 1991-1999, en que creció al 7%, de ahí en adelante ha sido objeto de un fuerte intervencionismo, que la mantiene maniatada hasta el presente.
Un informe del Observatorio de la Cadena Láctea (OCLA) indica que desde 1988 se perdieron unos 20.000 establecimientos dedicados a la producción de leche en nuestro país. Tan solo el último año desapareció el 4,5% de los tambos. También se redujo la cantidad de vacas en ordeñe.
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Entre las secas recurrentes y precios en tranquera no retributivos muchas lecheras terminaron en Cañuelas, engrosando la lista de faena. Este combo fatal se está pagando ahora con un notable retroceso en la producción de leche. De no ser por la retracción del consumo, esta menor oferta de lácteos se habría tornado crítica.
Hoy por hoy la Argentina cuenta con algo más de 9700 tambos. Es la primera vez en 40 años que se perfora el piso de las 10000 unidades. Paralelamente permanecen en ordeñe 1.486.248 vacas, la menor cantidad desde al menos 2005.
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La realidad del país y de la actividad en los últimos años obligó a los tambos que decidieron persistir en el negocio a desprenderse de vacas muy por encima del descarte normal. Es otra de las razones por las cuales ha caído la producción de leche.
La OCLA advierte que en el mundo desarrollado la lechería tampoco la tiene fácil. Sin embargo, datos del World Dairy Situation 2023 de la Federación Internacional de Lechería (FIL/IDF), indican que con menos unidades productivas y/o menos vacas, muchos países continúan con un proceso de crecimiento de la producción en unidades de mayor tamaño. Apelan a aprovechar el potencial genético disponible, maximizando los niveles de individuales de generación de leche. Lógicamente se llega a un límite que sólo se puede modificar incorporando mayor cantidad de animales al sistema.
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Por lo demás, las exportaciones de leche enfrentan complicaciones en Brasil. Estados como Paraná o Minas Gerias han retirado beneficios impositivos e incentivos para la importación de leche en polvo y otros productos lácteos, con la intención de frenar las compras de sus dos principales proveedores dentro del Mercosur: Argentina y Uruguay. Otros estados del vecino país van tras el mismo objetivo debido al lobby de los productores locales.
Como fuere, la resiliencia del productor argentino de leche es ciertamente valorable. La última encuesta SEA realizada por CREA refleja que la mayor parte de los empresarios lecheros se muestra optimista con respecto a la evolución del resultado económico de la actividad. Un 43% de los tamberos CREA encuestados dijo que espera que los precios recibidos por la leche cruda mejoren el próximo año, mientras que otro 51% considera que se mantendrán estables.
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Casi la mitad de la muestra consultada indicó que en el próximo cuatrimestre prevé incrementar la producción de leche en base fundamentalmente al crecimiento del rodeo propio, mejoras en el diseño de dietas e inversiones destinadas a elevar el confort de las vacas, entre otros ítems.
Si bien existe un 27% de los encuestados que indicó que piensa reducir la oferta de leche en los próximos cuatro meses, en el promedio ponderado general de la muestra la suba prevista es del 2,7%.
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Ligada a CRA, Andrea Passerini produce leche en Carlos Casares, en la provincia de Buenos Aires. Asegura que el grueso de los tambos argentinos la viene peleando desde muy atrás, y reclama reformas estructurales para detener el achicamiento y la concentración de la actividad.
Por cierto, los mecanismos de comercialización de leche en la Argentina han sido objetados desde tiempos remotos por los productores. Passerini se lamenta de que recién ante la abrupta caída de los volúmenes recibidos la industria empiece a recomponer los precios al productor. Para muchos ya es demasiado tarde.
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