
Un legislador de origen peronista pero que no le hace la venia a Olivos ni al Instituto Patria resume así las últimas señales del Gobierno: ve un giro a contramano del desafío económico y social que se agiganta con la extensa cuarentena. Se entiende su preocupación. La ecuación para la post pandemia demandaría un mensaje firme para reactivar el aparato productivo y garantizar inversiones, con un presupuesto político amplio como sustento. No es lo que asoma en estas horas. El cierre de la versión local de Latam va en sentido contrario. Y la decisión de intervenir y expropiar Vicentin marca un giro potente en la interna oficialista cuyo efecto trasciende la política. Todo se retroalimenta además con la tensión en la negociación de la deuda. Una combinación impensada hace apenas diez días.
Desde su primer día de gestión, Alberto Fernández condicionó la economía –con su grave impacto social- a la renegociación de la deuda con acreedores externos, al punto tal de resolver caminar sin Presupuesto y, más delicado, sin plan económico visible. Y desde el primer día del aislamiento por el coronavirus, quedó claro el riesgo de que la cuarentena terminara imponiendo un segundo candado o condicionante a la economía. Parecía, de todos modos, que la estrategia política no agravaría el cuadro: se difundió la imagen de consenso sintetizada en las fotos del Presidente con Horacio Rodríguez Larreta y Axel Kicillof. Los últimos gestos desde Olivos mostraron otra cosa: cierta cerrazón presidencial y avance de Cristina Fernández de Kirchner.
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El cuadro de estas horas suma pinceladas inquietantes. El caso Vicentin se instaló como un elemento francamente contradictorio incluso para las difíciles negociaciones con los acreedores. No se trata de una lectura ideologizada, sino en primer lugar pragmática: Alberto Fernández venía de dirigir a los empresarios gestos para asegurar “moderación” y descartar proyectos “locos” como la idea de forzar acciones de empresas para el Estado a cambio de ayuda financiera en la crisis. Dos datos significativos. El primero lo constituye el hecho de que el Presidente se reunió con buena parte de los principales empresarios del país para trasmitirles personalmente ese mensaje. El segundo es que frente a esa platea, destacó el lugar de peso que, dijo, ocupa Roberto Lavagna en su círculo más restringido. Una especie de sello de confiabilidad.

Es realmente significativo el triple efecto del anuncio de la intervención de Vicentin, pocas horas después de aquel encuentro con empresarios y acompañado sólo por un ministro, el designado interventor del conglomerado cerealero y la legisladora K a la que se le adjudica el proyecto expropiador, impulsado centralmente por CFK. Esa decisión terminó de unificar a la oposición de Juntos por el Cambio, puso en crisis el capital que suponía su relación con Lavagna –que cuestionó de entrada la jugada- y generó preocupación e incertidumbre en el mundo de la economía, también hacia afuera. Esto último, al menos por su coincidencia temporal, provocó sorpresa en el marco de la pulseada por la deuda.
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La movida con Vicentin tiene lecturas también domésticas, con onda expansiva porque alude al juego de poder. Coloca al Presidente más como ejecutor que como autor de este capítulo, en paralelo con otras movidas del kirchnerismo duro difíciles de asimilar como gestos aislados. Y sus estribaciones se extienden a los otros poderes. Abriría un frente en la Justicia. Y pone en duda el trámite en Diputados, para malestar de Sergio Massa que, dicen, no coincidiría con la intervención-expropiación de la empresa. Tampoco es un dato menor el interrogante sobre la evolución de las protestas que asoman desde Santa Fe.
En este contexto irrumpe la decisión de Latam. Se retira del mercado local, agobiado como otros jugadores en todo el mundo por la grave crisis del sector en medio de la pandemia. No es lo único: se agregan los condimentos locales. No podría establecerse un vínculo fáctico, de consecuencia directa, con el caso de Vicentin. Pero resulta evidente la convergencia de sus estribaciones para la economía local y también el sentido político del caso, cuyos primeros capítulos empezaron a escribirse en la era de CFK.
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En primer lugar, añade y potencia la sensación de golpes sucesivos sobre las expectativas económicas. Hay un dato que podría estar hablando de desinterés oficial o de impericia: la falta de un interlocutor de peso en el oficialismo, con decisión de operar para evitar esta salida. La delicada situación de Latam era un elemento que evaluaban desde hace tiempo los conocedores de ese mercado, porque venía de arrastre como “herencia” del gobierno macrista.

Por supuesto, todo empeoró con las medidas para enfrentar la pandemia a escala local e internacional. Y con algunas particularidades de la cuarentena nacional. Pero, se ha dicho, la historia de Latam no comenzó ahora. Las denuncias empresariales de discriminación a favor de Aerolíneas Argentinas no son nuevas. Y en rigor, sobre todo en la etapa de Mariano Recalde fue visible la ofensiva en su contra. Con discurso y acciones concretas, fue construida la imagen de “enemigo”. En conjunto, un terreno árido desde los inicios y agravado en estos tiempos de coronavirus, con el añadido de una actividad donde pesa un sindicalismo fraccionado y muy duro, mayoritariamente alineado con el kirchnerismo.
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El recuerdo de aquellas batallas con Latam remite a supuestas movidas para evitar la “extranjerización” de un sector estratégico. Suena el eco en el caso Vicentin. Curioso, si se contrasta con el propio discurso presidencial de hace no mucho tiempo. Al asumir, y especialmente en marzo al inaugurar el nuevo ciclo del Congreso, Alberto Fernández hablaba de promover y estimular la inversión, por ejemplo en áreas sensibles como la minería y el petróleo, con jugadores internacionales muy fuertes. ¿El giro de estos últimos días tiene algo que ver con la difícil negociación de la deuda? Es un interrogante que circula y genera ansiedad en la política.
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