Alberto Fernández y el régimen de Venezuela: crítica tibia y dudoso equilibrio interno

El candidato presidencial del Frente de Todos, Alberto Fernández (Gustavo Gavotti)
El candidato presidencial del Frente de Todos, Alberto Fernández (Gustavo Gavotti)

Alberto Fernández suele enojarse con las críticas a su posición sobre Venezuela: dice que no es nueva y que desde hace seis años viene cuestionando el "autoritarismo" de Nicolás Maduro. Hace seis años, precisamente, recibió una delegación venezolana de organizaciones de derechos humanos y tuvo una visión cruda de la situación, que no hizo más que empeorar desde entonces. El reciente informe Bachelet señala un cuadro dramático, oscuro, que –dijo apenas difundido- impondría ocuparse "mucho más seriamente" del tema. ¿Por qué entonces bajarle el tono y seguir hablando de gobierno autoritario, no de dictadura? ¿Señal para la interna con el kirchnerismo duro? ¿Cambio diplomático? En cualquier caso, no sería una discusión académica sino de concepción política.

Se ha dicho mucho en estas últimas dos semanas que todo lo que exprese Alberto Fernández tiene otro valor – mayor potencia y proyección- desde la noche de su imponente triunfo en las PASO. Resta la prueba de octubre, pero quedó a metros de su objetivo presidencial. Lo que dice ya no es sólo ruido de campaña que queda olvidado en la lógica de las "licencias" discursivas de los candidatos. Ocurrió con las aclaraciones sobre el tema de la deuda y el mismo calibre vale para las relaciones internacionales. Dejó de lado los cruces con Bolsonaro y privilegió Brasil. Pero insiste con Venezuela, definiendo una escala que de hecho sería menos grave que una dictadura. Sugiere cambios en materia externa y tiene reflejo interior. Es un dato potente.

Por supuesto, es ineludible el ingrediente de la batalla política local. Ayer mismo, volvieron las críticas desde el oficialismo, pero no sería eso lo que más preocupa al candidato del Frente de Todos. Lo que afirma no se agota en esos cruces. Parece más bien una posición individual y a la vez conversada con quienes serían sus referentes en política exterior, entre ellos –y no solamente- Jorge Argüello. La idea de "gobierno autoritario" es parte de esa visión. Hasta ahí llega: en un difícil equilibrio interno, es difícil que pase inadvertida la posición del kirchnerismo duro, de respaldo al régimen venezolano.

El dictador venezolano Nicolás Maduro
El dictador venezolano Nicolás Maduro

Las conversaciones y papeles que circulan en el equipo del candidato no se agotan, claro, en la cuestión de Venezuela. El esbozo de estrategias cuestiona la relación privilegiada del gobierno macrista con Estados Unidos –sería un debate razonable- y de hecho sugiere el tipo de relación imaginada por ellos mismos, aunque lejos de estridencias si se computan señales a la representación diplomática de Washington y gestos de viajeros recientes, dirigidos a la vez o en principio a los mercados.

Por lo demás, en el caso de Venezuela, el asunto es bastante más complejo y habla del papel argentino en un escenario diplomático del que no es pieza menor. Debería definir posiciones frente a buena parte de los países latinoamericanos, en el Grupo de Lima, como instancia para abrir el camino a una salida del régimen de Maduro; los que buscan una salida por afuera de ese conjunto pero sin confrontar, y el puñado más pequeño que respalda a Maduro sin más vueltas. Son espejos en que estudiarse, a veces cambiantes por cuestiones internas, como viene sugiriendo entre otros la gobernante coalición de Uruguay.

Pero antes de la cuestión diplomática asomaría un asunto de fondo: entender y calificar lo que sucede en Venezuela no es sólo cuestión de términos sino de concepción. Alberto Fernández planteó en primer lugar que no podría hablarse de dictadura sino de gobierno autoritario en base al origen de ese gobierno, democrático, surgido de elecciones, algunas de ellas muy cuestionadas. Sin entrar en largas polémicas históricas, podría sintetizarse que, en rigor, lo que define el carácter de un gobierno es básicamente el modo de construir y ejercer el poder. De hecho, estaría siendo admitida al menos una deriva autoritaria como efecto de ese ejercicio. Con todo, hay más.

Alberto Fernández se paró en otra definición: dijo que en Venezuela están funcionando las instituciones y que, en todo caso, puede discutirse cómo y hasta qué punto están funcionando. La realidad expone repuestas a esos interrogantes. Hace cuatro años, antes de perder el control del parlamento, Maduro impuso un rearmado brutal de la Corte de Justicia. El Tribunal superior pasó a ser una pieza clave en la batalla con el legislativo, con mayoría opositora. Hace dos años fue más lejos: convocó a una asamblea constituyente, sin participación de otras fuerzas, y directamente dio por disuelto el Congreso.

Cristina Kirchner (Franco Fafasuli)
Cristina Kirchner (Franco Fafasuli)

En la misma lista podrían agregarse varios renglones sobre las ofensivas contra los medios periodísticos. Pero el cuadro más dramático fue expuesto en cifras y descripciones por el informe Bachelet: casi siete mil víctimas, torturas, persecución de opositores, presos políticos, grupos paramilitares. Emigraciones masivas y crisis humanitaria.

La "centralidad" de campaña buscada por Alberto Fernández y compartida al menos en este tramo por Cristina Fernández de Kirchner lo colocan como voz pública casi excluyente del Frente de Todos. El tiempo dirá cuánto impactan sus dichos hacia fuera y si alcanzan para cerrar las diferencias internas.

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