
César Jaroslvasky había sido periodista y sabía el valor de la primicia. Era un jugador clave en el gobierno de Raúl Alfonsín: ocupaba la jefatura del bloque de diputados, y desde allí hacía lo imposible para evitar que los militares golpistas terminaran con la administración radical y su pretensión de juzgar a ciertos responsables de la represión ilegal en tiempos de la dictadura.
"La semana que viene será brava. Sabemos que habrá un intento de golpe de Estado", reveló a un puñado de cronistas parlamentarios que ocupaban la intimidad de su despacho legislativo.
-¿Quién está a cargo?-, fue la pregunta obligada.
-Un hijo de puta. Se llama Aldo Rico-, contestó don César antes de encender su enésimo cigarrillo Marlboro.
En la Semana Santa de 1987 se confirmó la primicia de Jaroslvasky: el teniente coronel Rico, un comando eficaz durante la Guerra de Malvinas, se alzó contra la democracia exigiendo que se terminaran todos juicios a los responsables de la sistemática represión ilegal del Proceso de Reorganización Nacional.
Alfonsín convocó a su gabinete y decidió resistir el intento de golpe militar. El presidente radical estaba en inferioridad de condiciones porque los referentes del Ejército no respetaban la cadena de mando. Ellos también pretendían la impunidad y el olvido ante la decisión de juzgar a los principales responsables de la represión ilegal.
Miles de argentinos ocuparon las plazas públicas más importantes del país. En un mundo sin redes sociales ni portales en tiempo real, la televisión y la radio transmitieron las 24 horas del día para informar que la democracia tambaleaba por las exigencias de Rico y su banda de carapintadas.

Pese a la movilización popular y a las negociaciones tras bambalinas ejecutadas por Horacio Jaunarena -ministro de Defensa-, los oficiales y suboficiales golpistas no se rendían. Exigían una amplia amnistía y juraban que eran legalistas y democráticos. "Somos el Ejército de San Martín", aseguraba Rico (a) el Ñato, frente a las cámaras de televisión.
El domingo de Semana Santa, Alfonsín visitó la guarida que servía de cuartel general de los carapintadas. Rico exigió lo obvio y Alfonsín aceptó; era eso o perder la democracia en un inicio de guerra civil: ni el teniente coronel se iba a rendir, ni los miles de argentinos en las plazas iban a retroceder.
Alfonsín dijo "Felices Pascuas, la casa está en orden".
Rico fue preso y los juicios a los militares se ajustaron por la ley de Obediencia Debida, un artilugio legal que escondía la naturaleza jurídica de una amnistía encubierta.
Alfonsín entregó la presidencia a Carlos Menem, que finalmente indultó y puso en libertad al teniente coronel carapintada.
Rico, cuando regresó a su casa de Palermo, se compró un perro. Le puso Alf.
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