
De repente, los estrategas de Cambiemos tomaron conciencia de las determinaciones de la historia. No era lo que creían cuando llegaron al poder, cuando estaban convencidos de que eran únicos e irrepetibles, y nada de lo que les había pasado a sus antecesores les sucedería a ellos. Eran una falla del sistema, una excepcionalidad en el mundo de la vieja política, el cisne negro que nadie vio venir y tomó el escenario entero del Gobierno, desde la Casa Rosada hasta la Casa de Gobierno platense, incluyendo bastiones peronistas del conurbano como Lanús y Tres de Febrero, que conmovieron las estructuras tradicionales del poder.
Lo que parecía imposible, sucedió. Y los que vienen batallando con Mauricio Macri por un espacio en la política, contra viento y ninguneadas, creyeron que llegar era prueba de que las cosas habían cambiado, para siempre. Entonces la historia era una mochila que no valía la pena atender, una rémora que te anclaba en la diletancia de debates que solo le interesaban al círculo rojo. Era mucho lo que había que pasar para recuperar el tiempo perdido.
Semejante ilusión no podía evitar hacerse trizas rápidamente en la Argentina, un país que jamás pudo desatar el nudo gordiano de sus infinitas heridas y que, ante los que simplemente quisieron cortarlo para conquistar lo imposible -como hizo Alejandro Magno- fueron sometidos a los escarnios infinitos. Así es que vino el gradualismo y una tolerancia digna de mejores causas con los que avalaron que ni siquiera se le entregara al nuevo Presidente el bastón del mando como lo estipula la norma y la tradición, aguándoles a los argentinos la gran fiesta de la democracia.
Macri defiende aún hoy el camino gradual y es muy probable que tenga razón. No hay suficientes experiencias de salida del populismo en el mundo y nadie podía saber cómo podía resultar un camino ajustador como el que pretendían los expertos en un escenario que es mucho más complejo, no solo por las ideas populistas en sí, sino por la influencia que el narcotráfico y la criminalidad internacional tienen en vastos territorios de América Latina. Finalmente, se trataba de un gobierno de minorías no peronista, en un país donde peronismo es sinónimo de gobernabilidad.
Lo concreto es que la realidad no se dejó domesticar por el relato macrista original, las variables estallaron una y otra vez (no así la calle, hay que destacarlo), y el sistema de ideas del espacio fue urgido a modificarse, en la búsqueda frenética de un nuevo paradigma que permita superar el bajón de que haya fracasado lo que se creía y prepare al propio electorado para transitar la nueva batalla.

Así fue que los problemas no se habían iniciado hace 70 años, con la llegada del peronismo, sino más, 80, cuando empezó la inflación. Y Macri no fue el primer presidente que se encontró con un Estado devastado, sino también Arturo Frondizi a finales de la década del 50, y también Carlos Pellegrini, en 1890, como puede percibirse en los últimos discursos presidenciales, donde el recurso de la historia demuestra que nos encontramos ante una nueva fase de la comunicación oficial, como ya se dijo aquí en columnas anteriores.
Es interesante ver cómo cambiaron los funcionarios del Gobierno ante el nuevo escenario. Menos frívolos, más adustos, más comprensivos con el otro, menos soberbios, casi como si hubieran una directiva desde los altos mandos o -simplemente- porque lo ven al Jefe de Gabinete también en una postura más comprensiva con el lejano mundo que habita estas tierras salvajes.
Una de las expresiones de este nuevo escenario interno es el power point que preparó el coordinador del programa Argentina 2030, Iván Petrella, que ya circuló entre los principales funcionarios de la Casa Rosada.
Se trata de una reflexión que empieza con una placa contundente. Para el 2030 faltan 11 años y 11 años atrás no existían el iPhone, el iPad, el Kindle, Uber, Airbnb, Spotify, WhatsApp, Snaptchat, Instagram, y Facebook recién había salido del mundo universitario. Eso lleva inevitablemente a pensar. ¿Cómo hacer para pensar el 2030?
Sobre todo, cómo hacerlo si buena parte de los argentinos sigue anclado en prejuicios ideológicos y dicotomías falsas que ya no discuten en ninguna parte del mundo del que queremos ser parte, como campo versus industria. "¿Cómo vamos a hacernos preguntas del siglo XXI si todavía pensamos ya no como el siglo XX, sino en muchos casos como en el siglo XIX?", se pregunta Petrella. Agrega: "Se instala la inteligencia artificial, la robotización de los empleos, y Argentina no puede salir de las viejas discusiones. ¿Cómo se va a preparar la población a lo que viene?".
En ese PPT, el fracaso de la democracia argentina se muestra con el atraso relativo de nuestra economía. En 1983, el PBI per cápita era de 13.000 dólares y en el 2015 llegó a 18.700. Pero si durante esos años hubiéramos crecido como lo hizo Chile, habríamos llegado a 47.300 dólares, que es el PBI per cápita de Finlandia. Por otro lado, si hubiéramos crecido como lo hizo nuestro otro vecino, Uruguay, nuestro PBI per cápita estaría en 33.600 dólares en 2015.

Lo que falla en la Argentina es la cooperación, dice Petrella, para hablar de lo que él mismo llama "el laberinto de la Argentina", que impide "digerir sacrificios en forma compartida". Y pone como ejemplo más notorio la persistencia de los paros en la educación pública, que perjudica especialmente a los sectores más desprotegidos de la sociedad.
Lo curioso del PPT es que no tiene conclusión final. El que mira las placas se queda pensando, viendo quién nos va a decir qué es lo que tenemos que hacer para salir del laberinto. Pero ese trabajo solo abre preguntas en el interlocutor. Sin embargo, Petrella está convencido de que si otros países lograron cambiar su propia historia en una sola generación, también debería poder Argentina.
Un funcionario que transita diariamente la Casa Rosada y el conurbano, donde escucha el reclamo de las clases medias que los votaron y se angustian por las dificultades de llegar a fin de mes, suele decir que el gran desafío de Cambiemos a esta altura de los acontecimientos no es tanto demostrar que es "el mejor equipo de los últimos 50 años" sino "evitar pasar a la historia como el peor gobierno de los últimos 50 años".
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