El Momento de Latinoamérica es ahora

La región concentra cerca del 40% de la biodiversidad del planeta. Alberga algunos de los sistemas ecológicos más críticos para la estabilidad global. Y mantiene, aún, niveles de integridad ecosistémica que otras regiones ya han perdido

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Río fluyendo entre orillas rocosas y un muro de densa vegetación tropical. Al fondo, más selva y montañas cubiertas de nubes bajo un cielo gris
La exuberante naturaleza de Madre de Dios, consolidada como la capital mundial de la biodiversidad, se muestra con un río serpenteando entre densa vegetación y montañas cubiertas de niebla.

Hay momentos en los que una región deja de ser espectadora de la historia y empieza a escribirla. No por voluntad política únicamente. Sino porque las condiciones estructurales comienzan a alinearse.

Eso es lo que se empezó a sentir —con claridad— en la reciente conferencia regional del Club de Roma en Buenos Aires. Un espacio que no giró en torno a soluciones aisladas, sino a una pregunta más incómoda: ¿estamos entendiendo correctamente la policrisis que enfrentamos? O aún más ambicioso: ¿estamos preparados para responder como sistema?

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El encuentro fue diseñado como un recorrido: de la policrisis al cambio de paradigma, y de ahí a la acción regenerativa. Y en medio de esa conversación, tanto Carlos Álvarez Pereira, Secretario General del Club de Roma, como Silvia Zimmerman, abordaron una cuestión central: si existe un momento para América Latina, es ahora. No como consigna. Como diagnóstico.

Durante décadas, América Latina ha sido leída desde la escasez: institucional, fiscal, tecnológica. Pero esa lectura omite una variable estructural. La región concentra cerca del 40% de la biodiversidad del planeta. Alberga algunos de los sistemas ecológicos más críticos para la estabilidad global. Y mantiene, aún, niveles de integridad ecosistémica que otras regiones ya han perdido.

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Ese no es un dato ambiental aislado. Es un activo estratégico de la región. Un tipo de capital que, en un contexto de crisis climática, hídrica y alimentaria, puede redefinir las relaciones de poder.

Las conversaciones en Buenos Aires se movieron en esa dirección. Desde el legado de Limits to Growth hasta la emergencia de un nuevo humanismo, lo que se empezó a delinear es una transición conceptual: dejar de pensar el desarrollo como expansión y empezar a entenderlo como capacidad de sostener sistemas complejos en equilibrio.

Eso implica algo más que nuevas políticas. Implica nuevas categorías. Porque cuando una región reconoce que su capital natural no es periférico sino estructural, las decisiones cambian. La planificación cambia. Incluso la noción de riesgo cambia.

En el panel sobre diagnóstico y capacidades regionales donde participé —junto a voces como Carlos Álvarez, Rodolfo Barrere y Eduard Müller— emergió una tensión clara: América Latina tiene capacidades. Lo que falta es una arquitectura que las integre.

Seguimos gestionando biodiversidad, infraestructura y desarrollo como si fueran dominios separados. Cuando en realidad son parte de un mismo sistema. Y es ahí donde empieza a abrirse una ventana distinta.

Una en la que la naturaleza deja de ser vista como un recurso y empieza a ser entendida —cada vez más— como una base funcional de estabilidad económica y social. No como retórica. Como condición.

Nada de esto ocurre de manera espontánea. Requiere espacios que sostengan conversaciones difíciles, que eviten simplificaciones y que construyan puentes entre disciplinas.

El liderazgo de Silvia Zimmerman y Gonzalo del Castillo fue clave en ese sentido. No solo por la organización de este espacio de diálogo de saberes, sino además por la capacidad de proyectarlo más allá de sí mismo, hacia la consolidación de una red regional.

Eso es lo que puede marcar la diferencia. Una infraestructura de pensamiento.

Porque si este es, efectivamente, el momento de América Latina, entonces la pregunta no es si la región tiene algo que aportar. La pregunta es si está lista para asumir el rol de liderazgo que le corresponde y que la policrisis global requiere.

Uno que no se define por la reacción frente a crisis, sino por la capacidad de diseñar las condiciones de una transición global. Una transición que, cada vez más, dependerá de aquello que América Latina aún tiene. Y que el resto del mundo empieza —tarde, pero inevitablemente— a necesitar.

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