
Decenas de reuniones al año. Miles de horas hombre dedicadas a la planificación y otras tantas a la ejecución. Ejecutivos permanentemente ocupados, presentaciones interminables y un nivel de detalle que, en teoría, debería garantizar el éxito. Energía, ilusión, convencimiento, difusión y evangelización interna que, en demasiadas ocasiones, resultan estériles porque los resultados no se acercan a las expectativas iniciales.
Y entonces vienen más reuniones. Para analizar, entender, deslindar responsabilidades, buscar culpables, evaluar factores externos y encontrar explicaciones. Y vuelta a empezar. ¿Qué sentido tiene esta especie de ruleta permanente, tan costosa como ineficaz? Forma parte del trabajo cotidiano, sin duda, pero ¿debemos resignarnos a que así será siempre o hay algo fundamental que estamos dejando de lado?
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La célebre frase “La cultura se come a la estrategia de desayuno”, atribuida a Peter Drucker —uno de los grandes referentes del management moderno—, tiene hoy más vigencia que nunca. Pero, ¿qué significa realmente y qué valor práctico nos aporta?
Nos guste o no, toda organización desarrolla una cultura de trabajo: una suerte de “personalidad colectiva” que surge de la interacción entre las personas y de cómo se ejercen el liderazgo, la comunicación, los comportamientos y los valores en el día a día. La cultura puede entenderse como el alma de una empresa: determina cómo se siente, cómo se piensa y cómo se actúa, tanto interna como externamente. Es, en cierto modo, el aparato circulatorio que irriga cada área del organigrama y condiciona la forma de relacionarse entre colegas, con clientes y con el entorno.
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Más allá de que en ocasiones se falle en la formulación estratégica —ya sea por confundir estrategia con táctica, por falta de análisis o por ausencia de elementos clave—, las estrategias siguen siendo indispensables. Son la brújula y la hoja de ruta. Sin embargo, incluso con objetivos claros, planes bien definidos y estructuras aparentemente sólidas, muchas organizaciones no logran alcanzar los resultados de negocio esperados.
¿Por qué fallamos en la planificación estratégica?
Si durante años llevamos una alimentación poco saludable y de pronto pretendemos correr una maratón, el desenlace es previsible. Si acudimos a una reunión clave con un cliente después de una noche de excesos, difícilmente causaremos una buena impresión. Si estamos enfermos y aun así manipulamos alimentos para otros, actuamos de forma irresponsable.
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De manera análoga, cuando una organización persigue objetivos ambiciosos pero carece de valores compartidos, no fomenta una comunicación inteligente, ejerce un liderazgo incoherente y tolera comportamientos erráticos, la calidad de la estrategia pasa a un segundo plano. Simplemente no funcionará y los objetivos no se alcanzarán.
La elaboración de una estrategia debería partir, antes que nada, de una mirada honesta hacia el interior de la empresa. Implica hacerse preguntas incómodas y aceptar respuestas que no siempre son agradables. Requiere apertura para reconocer realidades no deseadas y voluntad para trabajarlas. Significa analizar y entender variables como la efectividad de la comunicación interna, los niveles de motivación, el impacto real del liderazgo cotidiano y los valores que verdaderamente se practican —no los que figuran en un póster—, asumiendo una responsabilidad madura.
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A partir de ahí, se trata de trazar el camino entre la situación actual y el escenario deseado. El trabajo interno es tan relevante como el externo y, por pura lógica, debe abordarse primero y de manera continua. Conviene advertirlo: no es fácil ni rápido. Ningún cambio cultural genera resultados inmediatos ni impactos exponenciales desde el inicio. Pero sí debe ser un proceso permanente, honesto y disciplinado.
“Al que quiera celeste, que le cueste”
Si queremos crecer en ventas con clientes actuales y nuevos, empecemos por dar ejemplo y desarrollar adecuadamente a la fuerza comercial. Si aspiramos a expandir la distribución hacia nuevos territorios, tratemos con profesionalismo a todos los actores de la cadena de valor. Si buscamos fidelizar clientes, comencemos por retener y cuidar a nuestros colaboradores.
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La fortaleza y la efectividad de una empresa hacia el exterior nacen, indefectiblemente, desde su interior. Esta es una verdad incuestionable. De lo contrario, la cultura organizacional terminará devorando a la estrategia, día tras día, hasta conducir al fracaso.

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