
Marisa Minetti vive un presente que combina exposición pública, reflexión íntima y trabajo constante. Con una trayectoria consolidada en la televisión, el cine y el teatro, la actriz enfrenta una etapa marcada por la introspección y el disfrute de los vínculos.
Alejada de urgencias y discursos impostados, se permite hablar del paso del tiempo, de la relación con su cuerpo y de una vida afectiva que recuperó calma tras años de intensidad laboral. En un diálogo abierto, reconoce el interés que despierta en distintas generaciones, reflexiona sobre la madurez emocional y reivindica el derecho a sentirse deseada sin condicionamientos.
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Su mirada actual expone una mujer que observa su recorrido sin nostalgia, con conciencia del presente y una relación distinta con el futuro.
Una vigencia que desafía el calendario

Lejos de asociar el paso de los años con un retiro progresivo, Marisa Minetti transita un momento de fuerte presencia en la industria audiovisual. Participa en producciones televisivas de alta audiencia, forma parte de proyectos cinematográficos recientes y mantiene actividad constante en el ámbito teatral. Esa continuidad laboral, sostiene, no responde a una estrategia sino a una forma de asumir el oficio con compromiso y curiosidad permanente.
La actriz reconoce que el cuerpo ya no responde igual que en otras etapas, aunque aclara que ese cambio no se traduce en una pérdida de atractivo ni de energía creativa. “No voy a pretender tener la fuerza de una jovencita de treinta años, aunque no me creo la edad que tengo”, comenta a Trome, al describir una percepción orgánica distinta, más vinculada al cansancio y a los ritmos internos que a lo estético.
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En paralelo, admite una mayor atención a su salud. Sigue tratamientos con vitaminas y busca bajar de peso por bienestar físico. Esa preocupación, explica, no nace de la vanidad sino de la necesidad de acompañar al cuerpo en cada etapa. Aun así, no deja de sorprenderse por la reacción del público. “Me dicen ‘qué buena que estás’”, cuenta entre risas, antes de definirse con ironía: “Rica y apretadita”.
Minetti observa ese interés con naturalidad. Sabe que su imagen genera comentarios y acepta que muchos admiradores la comparen con el vino. “Dicen que pasan los años y estoy mejor”, señala, sin incomodidad. El reconocimiento llega tanto de jóvenes como de adultos, siempre, remarca, desde el respeto. Para ella, esa diversidad confirma que su vigencia no responde a una edad determinada sino a una presencia construida con el tiempo.
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El amor sin tormentas y la madurez emocional

Durante varios años, Marisa Minetti priorizó el trabajo por encima de cualquier otro aspecto de su vida. Ella misma describe ese periodo como una etapa exacerbada, dominada por agendas exigentes y poco espacio para la intimidad. Ese ritmo cambió recientemente, cuando decidió bajar la velocidad y abrir lugar a otros vínculos.
“El amor ha llegado”, admite, aunque aclara que no se trata solo de una relación sentimental. Habla también de tiempo para la familia, de salidas sin apuro y de una vida social que había quedado en pausa. Después de cinco años sin enamorarse, reconoce que hoy vive el afecto desde otro lugar, sin sobresaltos ni urgencias.
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Al comparar esta etapa con el pasado, la diferencia resulta contundente. Antes, define el amor como tormenta. Ahora, lo resume en una sola palabra: paz. Esa transformación no surge de un ideal romántico, sino de un proceso de introspección que la llevó a revisar su historia personal. Se miró en el espejo de su propia vida, se reconoció feliz, aunque consciente de la necesidad de compartir y no solo de acumular experiencias.
Minetti evita detallar la identidad de la persona que la acompaña. Tampoco confirma edades ni características. Sonríe ante la curiosidad y elige preservar ese espacio. Lo que sí deja claro es que rechazó propuestas en el pasado y que hoy su disposición es distinta, más abierta, aunque sin perder autonomía.
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En ese contexto, asume con humor los rótulos que otros intentan imponerle. Si alguien la llama “tía”, responde que lo es, pero una buena, tanto para sus sobrinos como para quien quiera mirarla así. Esa frase resume una actitud que atraviesa toda su conversación: apropiarse de las palabras y resignificarlas desde la seguridad personal.
Entre la actuación y la docencia

La carrera de Marisa Minetti se construyó entre dos países y múltiples formatos. Nacida en Buenos Aires, con raíces peruanas, pasó su infancia en Lima y dividió su vida adulta entre Argentina y Perú. Esa doble pertenencia se refleja tanto en su formación como en sus elecciones profesionales. Estudió actuación en reconocidos espacios de entrenamiento actoral y complementó su recorrido con talleres en ambos territorios.
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Inició su camino artístico como modelo, luego incursionó en la conducción televisiva y más tarde consolidó su perfil actoral con papeles protagónicos y antagónicos en telenovelas, series y cine. Tras un periodo radicada en Argentina, regresó de manera definitiva al Perú para continuar desarrollando proyectos y asumir nuevos desafíos.
Uno de ellos es la docencia. Minetti se prepara para dictar clases de actuación para cámara en un espacio ubicado en el cono norte de Lima. La propuesta la entusiasma. Lejos de establecer distancias geográficas o sociales, destaca su interés por llegar a distintos sectores. Cuenta que utiliza el transporte público y recuerda con orgullo haber sido madrina de una niña en San Juan de Lurigancho, experiencia que la acercó a otras realidades.
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La enseñanza, explica, representa una forma de devolver lo aprendido. No se trata solo de técnica, sino de transmitir una mirada sobre el oficio. Define la actuación como un juego remunerado, aunque reconoce que implica un trabajo emocional profundo. Interpretar personajes opuestos a sus principios, sostiene, exige sacar a la superficie emociones que todo ser humano posee, como la frustración o la rabia.
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