
En distintos puntos de la ciudad, personas comunes ofrecen sus cuentas bancarias a redes delictivas que buscan mover dinero de origen extorsivo. El relato policial describe un engranaje que funciona sin luces ni estridencias, pero con efectos directos sobre comerciantes, transportistas y pequeñas empresas sometidas a pagos forzados. La práctica recibe un nombre que ya circula entre especialistas y autoridades: “mulas digitales”.
En reportes recientes, investigadores describen un circuito donde individuos entregan sus datos o sus cuentas a terceros que controlan depósitos, transferencias y cobros. La motivación es económica. La promesa de un ingreso rápido empuja a muchos a participar, aun con pleno conocimiento del origen del dinero. En testimonios recogidos por la policía se repite una idea central: los involucrados conocen los riesgos, pero prefieren ignorarlos. “Estas personas colaboran en su mayoría con una organización criminal, sabiendo que el dinero que reciben es producto de las amenazas y extorsiones”, señaló el general Víctor Revoredo.
En varias intervenciones policiales se observó a recaudadores que se mezclan con la calle y adoptan la apariencia de vendedores informales. En esos escenarios, el contacto directo con víctimas de extorsión se convierte en parte del esquema de cobro. El relato oficial incluye escenas breves, como el acercamiento a conductores de transporte informal o a empresarios que reciben mensajes intimidantes y, luego, visitas presenciales.
Quiénes integran el eslabón financiero de la extorsión

Especialistas consultados describen un perfil que se repite en mercados, avenidas y zonas comerciales. “Estas personas mayormente se ubican en lugares donde hay concurrencia de diferentes niveles de negocios, desde el informal, el semiformal y el formal”, afirma el jefe de la División de Investigación contra las Extorsiones. Según la misma fuente, quienes participan se presentan como vendedores ambulantes y, tras ganar confianza en el entorno, ofrecen sus cuentas para recibir montos en moneda nacional o extranjera.
El papel que cumplen dentro de la red queda expuesto en otra declaración: “Pseudotrabajadores ambulantes, quienes proveen estas cuentas receptoras y trabajan directamente para la organización criminal”. La cita describe un tránsito evidente: el oficio inicial solo sirve como fachada y, con el tiempo, la actividad verdadera gira en torno a los depósitos extorsivos. No se trata de acciones aisladas. La policía detalla que las captaciones siguen patrones concretos, con promesas de pago y contactos previos en zonas de comercio.
Las investigaciones también revelan dinámicas de reclutamiento. Según información oficial, existe una oferta directa a quienes aceptan abrir cuentas o entregar datos. “Que se les contacta para algún tipo de servicio […] y se le ofrece una contraprestación porque aperturan una cuenta”, explicó. En varios casos, terceros obtienen acceso total y controlan movimientos sin que el titular intervenga.
El precio del riesgo y la señal de alerta

Dentro del esquema, las mulas digitales reciben un porcentaje por cada depósito. Los documentos policiales mencionan una proporción atractiva para quienes ingresan al circuito: “Si alguien te hace una oferta que solamente por abrir una cuenta y recibir mil dólares o mil soles, te van a dar el diez por ciento […] ya eso te debe dar una señal de alerta”. La frase refleja el punto crítico del problema: la ganancia inmediata eclipsa la dimensión penal de la conducta.
Ese incentivo económico sostiene la estructura financiera de la extorsión. En un caso reciente, la policía intervino a una red que imponía pagos a una empresa de transporte. El cobro se ejecutó mediante una mula digital. Los registros incluyen el testimonio de un integrante de la banda durante su detención. A una pregunta directa sobre su función, respondió: “Por cobrar cupos”.
Aunque el nombre remite al espacio digital, las escenas documentadas muestran acciones presenciales. En un operativo, los agentes siguieron a un sujeto que simulaba vender golosinas en una avenida principal. “Simulaba ser un ambulante de golosinas, pero su verdadero rol era ser el recaudador de los cupos extorsivos”, describe un reporte audiovisual. La secuencia exhibe el conteo de billetes entregados por conductores de minivanes, con montos pequeños que, sumados, fortalecen la caja del grupo criminal.
El trabajo policial permitió identificar rutas, horarios y repetición de conductas. La Dirección de Inteligencia y una comisaría distrital desarrollaron un seguimiento minucioso sobre los desplazamientos del recaudador. Ese rastro permitió entender cómo opera el sistema cuando el dinero no circula por transferencias, sino mediante entregas directas.
Una pieza dentro de una organización
Las autoridades subrayan que la participación de las mulas digitales no responde a acciones improvisadas. “Es un servicio de carácter criminal, es parte de una organización”, afirma un especialista citado en los informes. La captación ocurre de forma progresiva. Se selecciona a personas con un perfil funcional para la red y, luego, se incorporan a un circuito que combina depósitos, cobros y contactos con víctimas.
La descripción policial resume el sentido de esta práctica. Convertirse en mula digital implica integrar un engranaje que sostiene la extorsión. En palabras recogidas durante los operativos, es “apoyar a la extorsión, recibiendo dinero manchado de sangre, dolor y violencia”.
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