La frontera entre el instinto y el afecto humano se vuelve difusa cuando una cría silvestre queda huérfana. Sostener la vida sin alterar su esencia es un acto de equilibrio: acompañar sin dejar huella, cuidar sin domesticar. El verdadero objetivo es ayudar a regresar a la naturaleza sin borrar lo que la hace salvaje.
Cada año, el Hospital Veterinario de Fundación Temaikèn recibe decenas de crías huérfanas de animales silvestres que llegan en estado crítico.
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El desafío del equipo es doble: salvarlas sin que desarrollen dependencia humana y garantizar que se comporten como lo harían en libertad. La prioridad es reconstruir la vida sin modificar la naturaleza del animal rescatado.
La base de esta tarea radica en evitar la “improntación”, el fenómeno que ocurre cuando la cría asocia a las personas como madre y, por tanto, como fuente de comida y cuidado.

“Para nosotros, una crianza exitosa es cuando el animal no asocia la comida ni el cuidado con el ser humano para que pueda volver a su hábitat natural”, explicó Martín Gaubeca, asistente de veterinaria de Fundación Temaikèn.
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El protocolo comienza con el control de temperatura corporal y una evaluación integral. Luego, el animal ingresa a un área de Nursery donde se definen pautas de alimentación y peso.
Veterinarios, cuidadores y nutricionistas ajustan detalles como la elección de tetinas y la temperatura de la leche para cada especie. En este ámbito también se emplean máscaras que ocultan el rostro humano y peluches que simulan la presencia materna, con el fin de que la cría no establezca vínculo identificatorio con personas.

El año pasado llegaron al Hospital Veterinario dos crías de gato montés rescatadas de un incendio en el Parque Nacional Ciervo de los Pantanos. Ingresaron con tan solo quince días de vida y 200 gramos de peso.
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Permanecieron durante dos meses en Nursery hasta aprender a alimentarse solas y mostrar conductas evasivas frente a humanos. “A los seis meses, ambos cachorros fueron reinsertados en el parque donde habían nacido”, detallaron en la Fundación.
Tras la emergencia, la rehabilitación exige impedir la dependencia
Algunos animales requieren técnicas particularmente sofisticadas para no humanizar su conducta. Un murciélago, abandonado por su madre, fue criado con un muñeco de PVC y látex diseñado para que la cría colgara boca abajo, replicando el comportamiento propio de la especie. Esta estrategia buscaba dos objetivos: permitir el desarrollo adecuado del animal y evitar “que identifique a las personas como fuente de seguridad”.
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En otro caso reciente, un zorrito hallado en estado grave logró recuperar la vista tras un proceso intensivo. El animal fue encontrado con temperatura muy baja y larvas de mosca. El equipo inició un tratamiento con antibióticos, antiinflamatorios y vitaminas. Su evolución permitió planear la vuelta al entorno natural.
Martín Gaubeca, asistente de veterinaria de Fundación Temaikèn, advirtió: “Muchas veces estos animales llegan porque alguien los tocó, los trasladó o intervino sin saber. Por eso, el mejor cuidado que podemos darles es no intervenir: no tocarlos, no alimentarlos y no sacarlos de su entorno”.

En el Hospital Veterinario de Fundación Temaikèn, la reinserción a la vida libre depende de una disciplina estricta contra la humanización. Cada decisión durante la crianza tiene un único fin: que el animal huérfano recupere su lugar en la naturaleza, sin haber reemplazado jamás la presencia de su madre por la de una persona.
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