
Los golden retrievers son perros originarios de Escocia, desarrollados en el siglo XIX por Sir Dudley Marjoribanks mediante el cruce de un retriever de pelaje plano con una Tweed Water Spaniel, una raza hoy extinta, con aportes posteriores de Setter Irlandés y Labrador Retriever.
Científicos del Reino Unido descubrieron ahora que los genes que moldean cómo se comportan estos perros son, en parte, los mismos que influyen en la salud mental y la inteligencia de los humanos.
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La investigación, publicada en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), analizó más de 1.000 golden retrievers e identificó 12 regiones del genoma con asociaciones sólidas para ocho rasgos conductuales distintos.

El trabajo estuvo a cargo de Enoch Alex, Paul Gennotte, Anna Morros Nuevo, Yunzhu Yu, Benjamin Keep, Megan Sullivan, Daniel Mills y Varun Warrier, bajo la dirección de Eleanor Raffan, de la Universidad de Cambridge.
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También participaron investigadores de la Universidad Queen Mary de Londres y de la Universidad de Lincoln, ambas en el Reino Unido.
Lo que el perro esconde en su ADN

La comunidad científica sabe que los trastornos psiquiátricos y los rasgos de temperamento tienen una base genética, pero los genes concretos responsables siguen siendo difíciles de identificar.
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Estudiar la genética del comportamiento humano es enormemente complejo: los factores ambientales se mezclan con los genéticos y hacen falta muestras de cientos de miles de personas para sacar conclusiones claras.
Los perros ofrecen una ventaja poco obvia: dentro de cada raza, su genética es mucho más uniforme, lo que permite detectar variantes relevantes con muestras bastante más pequeñas.
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El objetivo de esta investigación fue localizar en el genoma los genes asociados al comportamiento de los golden retrievers y comprobar si esos mismos genes aparecen vinculados a rasgos psiquiátricos o cognitivos en humanos.
Del cuestionario al cromosoma

El equipo trabajó con datos del Estudio de Vida de los Golden Retrievers (GRLS), un seguimiento a largo plazo que recopila información de salud y comportamiento de perros en Estados Unidos desde 2012, y analizó 1.343 perros adultos de entre 3 y 7 años.
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El comportamiento se midió con el Cuestionario de Evaluación y Búsqueda del Comportamiento Canino (C-BARQ), un instrumento validado que evalúa 14 rasgos: miedo a otros perros, capacidad de entrenamiento y agresividad hacia extraños, entre otros.
El ADN se analizó con chips de genotipado (una tecnología que lee cientos de miles de puntos del genoma a la vez) y se realizaron 14 estudios de asociación de todo el genoma (GWAS): análisis estadísticos que buscan variantes genéticas ligadas a un rasgo específico.
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Los resultados mostraron 12 regiones del genoma con asociación significativa para ocho rasgos y otras 9 con indicios de asociación.

Uno de los genes más llamativos fue PTPN1, ligado a la agresividad hacia otros perros, que en humanos se asocia con inteligencia, rendimiento cognitivo y depresión mayor.
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El gen ROMO1, vinculado a la capacidad de entrenamiento en perros, “se asoció en humanos con rendimiento cognitivo e inteligencia, y también con depresión, irritabilidad y sensibilidad o sentimientos heridos”, según consta en la investigación.
Para cerrar el círculo, el equipo buscó en bases de datos genéticas humanas si esos mismos genes aparecían ligados a rasgos psiquiátricos o cognitivos.
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De los 18 genes candidatos analizados, 12 mostraron asociaciones significativas con al menos uno de 190 rasgos humanos evaluados.
Perros más inteligentes, personas mejor entendidas

Los investigadores propusieron que estos hallazgos pueden tener usos concretos en el entrenamiento de perros de servicio.
Señalaron que “podría ser favorable desarrollar pruebas que seleccionen y entrenen a los perros de servicio a partir de una definición más amplia de inteligencia”, basada en modelos cognitivos y no solo en respuestas a recompensas.
El trabajo advirtió que los resultados son específicos de los golden retrievers y que extenderlos a otras razas requiere estudios propios.
Otra limitación fue que el comportamiento se midió a través de cuestionarios respondidos por los responsables de los animales, lo que puede introducir sesgos subjetivos en la evaluación.

Los investigadores aclararon que encontrar genes en común no significa que un perro agresivo sea equivalente a una persona deprimida: los mismos genes pueden influir en estados emocionales amplios que cada especie expresa a su manera.
“Los genes asociados pueden influir en dimensiones más amplias del estado emocional o la regulación conductual”, concluyeron.
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