
Unas diminutas escamas de tiburón acumuladas durante miles de años en los arrecifes de Panamá están permitiendo reconstruir una historia que hasta ahora permanecía enterrada bajo el mar. Los hallazgos muestran que, incluso antes de la pesca intensiva, el Pacífico panameño albergaba alrededor de 20 veces más tiburones que el Caribe, pese a que ambas costas están separadas por apenas un centenar de kilómetros.
La investigación, realizada por científicos del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI) en Panamá y publicada en la revista Science, utiliza un indicador que sus propios investigadores bautizaron con humor como “caspa de tiburón”.
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Se trata de dentículos dérmicos, microscópicas escamas con forma de dientes que cubren el cuerpo de estos animales y se desprenden continuamente durante su vida.
A diferencia de otros rastros biológicos, los dentículos pueden quedar depositados y preservados durante millones de años en los sedimentos de los arrecifes. Esa característica permite a los científicos contar las escamas presentes en muestras bien fechadas y, a partir de ellas, estimar cuántos tiburones nadaban sobre esos ecosistemas mucho antes de que la actividad humana transformara los océanos.
El trabajo requirió analizar 157 muestras de sedimentos y recuperar un total de 3,497 dentículos. Los investigadores compararon depósitos formados entre 7,000 y 3,000 años atrás, cuando todavía no existía una explotación pesquera intensiva, con sedimentos correspondientes al último siglo, creando así una ventana excepcional para observar cómo cambiaron las poblaciones.
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Las primeras pistas aparecieron incluso antes de completar los análisis. En Bocas del Toro, sobre la costa caribeña, los científicos encontraban unos 50 dentículos en 10 kilogramos de sedimento.
Pero cuando examinaron una muestra mucho menor procedente de un arrecife del Pacífico, aparecieron 200 dentículos en apenas un kilogramo, una diferencia que sorprendió al equipo.
“Cuando tomamos nuestra primera muestra, mucho más pequeña, de un arrecife del Pacífico, nos sorprendió encontrar 200 dentículos en tan solo un kilogramo”, explicó Aaron O’Dea, científico del STRI y coautor correspondiente del estudio. Conforme llegaron nuevas muestras y se ajustaron los modelos, aquella enorme diferencia inicial no desapareció.
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Los resultados indican que, antes de que los humanos comenzaran a pescar intensivamente, los arrecifes del Golfo de Panamá tenían aproximadamente 20 veces más tiburones que los del Caribe.

La diferencia resulta particularmente llamativa porque ambos sistemas se encuentran relativamente cerca y comparten muchas de las mismas especies de tiburones, pero funcionan bajo condiciones oceanográficas muy distintas.
Con el paso del tiempo, la brecha se hizo todavía mayor. La acumulación de dentículos en los arrecifes caribeños disminuyó aproximadamente 75%, mientras que las tasas observadas actualmente en el Pacífico no presentan una diferencia estadísticamente significativa frente a sus niveles prehistóricos.
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Como resultado, los arrecifes del Pacífico producen hoy unas 100 veces más dentículos que los del Caribe.
El dato parece contradictorio cuando se observa dónde se concentra la pesca. Más del 98% de la actividad pesquera de Panamá se desarrolla en el Pacífico, según destaca el artículo del Smithsonian.
Sin embargo, los investigadores encontraron una posible explicación no solo en la presión ejercida por los seres humanos, sino también en la cantidad de energía disponible naturalmente en cada océano.
“El Golfo de Panamá es un entorno altamente productivo, impulsado por afloramientos estacionales que traen nutrientes de las profundidades a la superficie”, explicó Erin Dillon, autora principal del estudio.
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Esa disponibilidad de alimento permite sostener poblaciones considerablemente mayores de grandes depredadores, incluidos los tiburones, que las que naturalmente podrían mantenerse en ambientes menos productivos.
El Caribe funciona de otra manera. Sus aguas, asociadas con la imagen de arrecifes cristalinos y transparentes, son considerablemente más pobres en nutrientes. Esa característica concentra buena parte de la energía disponible en la biomasa del propio arrecife y permite sostener una abundancia naturalmente menor de tiburones, haciendo además que esas poblaciones sean más vulnerables frente a la pesca.
La diferencia tiene consecuencias directas para la conservación. Los gestores ambientales suelen determinar cuántos tiburones debería tener un ecosistema tomando como referencia algún arrecife saludable cercano. Pero los resultados de Panamá muestran que trasladar el objetivo del Pacífico al Caribe podría producir una estimación equivocada por un orden de magnitud o incluso más.
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En otras palabras, un Caribe con muchos menos tiburones que el Pacífico no necesariamente estaba degradado originalmente. Los científicos sostienen que la productividad natural del océano debe recibir tanta atención como el historial de pesca cuando se establecen metas de recuperación. No existe necesariamente una única cantidad “correcta” de tiburones aplicable a todos los arrecifes.

Los resultados tampoco significan que las poblaciones del Pacífico panameño se encuentren actualmente fuera de peligro. O’Dea advirtió que las muestras recientes abarcan aproximadamente 100 años, por lo que una caída producida durante las últimas décadas podría quedar diluida estadísticamente al calcular el promedio de todo un siglo.
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La pesca dirigida a tiburones en el Golfo de Panamá se intensificó particularmente desde la década de 1980, mientras investigaciones del científico del STRI Héctor Guzmán muestran que estas poblaciones están sometidas a presión por el aumento de la actividad pesquera.
A ello se suma otro cambio potencialmente importante en las condiciones del océano que podría afectar su capacidad de recuperación.
Los científicos reportaron el año pasado que el afloramiento que lleva agua fría y rica en nutrientes hacia el Golfo de Panamá falló por primera vez en la historia registrada.
La combinación de sobrepesca y cambios oceanográficos podría, según O’Dea, empujar a los tiburones del Pacífico panameño hacia condiciones no observadas durante milenios.

Llegar a estas conclusiones tomó mucho más tiempo que encontrar unas cuantas escamas. El método necesitó alrededor de 12 años de desarrollo, desde la idea inicial de buscar dentículos en sedimentos hasta determinar cómo extraerlos, clasificarlos e interpretar correctamente el registro fósil. Para Dillon, encontrar aquel primer dentículo representó el comienzo de todo el proyecto.
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La investigadora llegó al STRI como pasante en 2014, desarrolló posteriormente este trabajo durante su doctorado en la Universidad de California, Santa Bárbara, y regresó a Panamá como becaria postdoctoral Earl S. Tupper.
El país terminó convirtiéndose en un laboratorio natural extraordinario: dos océanos profundamente diferentes separados por una estrecha franja de tierra.
La investigación transforma así algo tan pequeño como una escama microscópica en un registro de miles de años de historia marina. Y la “caspa de tiburón” deja una lección mucho mayor: para saber cuántos animales necesita recuperar un ecosistema, primero hay que entender cuántos podía sostener naturalmente antes de que los humanos comenzaran a modificarlo.
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