
En una mañana fría y plomiza de invierno en un hotel del barrio porteño de Recoleta, Veronika Sentsov-Velch recibe a Infobae en su último día en Buenos Aires. Es abogada y doctora en Relaciones Internacionales, y desde abril de 2024 dirige Amnistía Internacional Ucrania, cargo que asumió después de una crisis interna de la organización con el encargo, dice, de reconstruir la confianza con el Gobierno y con la sociedad civil ucraniana.
Llegó a la capital argentina para reunirse con la comunidad ucraniana local, la embajada de su país y organizaciones de derechos humanos, y encontró una ciudad que, dice, “se siente como en casa”: el café, la gente, cierto aire europeo, con una excepción que la sorprendió gratamente, el mate. La gira está destinada a tender puentes con la sociedad civil del Sur Global. Un término que, asegura, no le gusta. “Cuando uno está en esta parte del mundo, no se siente el Sur de nada, se siente el centro del mundo.” Agrega que este fue el primer país, en mucho tiempo, donde al decir de dónde era no le siguió una pregunta sobre la guerra: “Para mucha gente acá, lo de Ucrania es algo que pasó hace tiempo y ya quedó atrás.”
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Volvió a Ucrania cuando empezó la guerra a gran escala, tras vivir muchos años en Estados Unidos. Su marido, el cineasta Oleh Sentsov —preso político del Kremlin en Crimea entre 2014 y 2019— se sumó a las fuerzas armadas, y la pareja tuvo un hijo al que Sentsov-Velch llama, sin vueltas, “un bebé de guerra”: no conoció otra cosa. “Soy testigo, y no solo testigo de esta guerra: la vivo”, dice. Dirige, además, un equipo de investigadores que trabaja bajo alarmas antiaéreas. “Para mi equipo la realidad es bajar a dormir al metro a las diez de la noche con sus hijos y volver a trabajar a la mañana siguiente. Para nosotros la guerra no es un titular: es la realidad en la que te pueden matar cualquier noche”, dice.
Antes de sentarse a hablar de crímenes de guerra, tribunales y niños deportados, fue a buscar la casa de Jorge Luis Borges, uno de sus autores favoritos. No la encontró: en su lugar hay un local de artículos de tenis en pleno Palermo. “Eso también es parte de la vida, hay que aceptarlo. Nada sigue igual”, dice, sin saber todavía que esa misma idea y ese mismo autor van a volver en el cierre de esta entrevista.
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—¿Qué encontró sobre cómo se percibe la guerra desde tan lejos?
—Es muy difícil hacer que esto le importe a alguien que no lo vive. No hay, en general, una razón que le toque el corazón a la gente, salvo los civiles y los niños ucranianos, con quienes sí pueden identificarse. Creo que para algunos es más fácil leer sobre la Segunda Guerra Mundial, sobre cómo sobrevivió Londres, sin entender que eso es exactamente lo que viven los ucranianos ahora mismo. Y esta es una guerra de agresión: Ucrania no provocó nada.

—Amnistía documentó que hay prisioneros de guerra latinoamericanos, africanos y asiáticos que combatieron del lado ruso. ¿Qué encontraron?
—No recuerdo a nadie de Argentina, para nuestra sorpresa, vimos que hay un número considerable de latinoamericanos, de Brasil, Cuba, Perú, Uruguay; también hay mucha gente de África y países como Sri Lanka, Bangladesh. Cuando uno entiende la economía de estos países, entiende por qué tomaron esa mala decisión: probablemente ni siquiera eligieron sumarse a las fuerzas rusas, fueron las circunstancias las que los llevaron al frente. Algunos, claramente, son víctimas de trata de personas. Llevan ya cuatro años cautivos y a nadie le importan, porque técnicamente cometieron un crimen de guerra al sumarse a una guerra de agresión.
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—¿Cómo caen en esas redes?
—Rusia necesita gente ahora, está tratando de movilizar más. Firmas un contrato para trabajar de cocinero o de albañil y terminas en el frente, donde solo caben dos destinos: que te capturen o que te maten. No hay vuelta atrás. Nunca vi a un prisionero al que le hayan pagado lo prometido, ni a su familia, ni que haya recibido el pasaporte ruso que le ofrecieron. Es una trampa, la forma más nueva de atrapar gente, y por eso queremos que se sepa: que no firmen esos contratos.
—¿Es la propaganda rusa la que los convence?
—La verdad, ni siquiera sé si es propaganda o es ignorancia y falta de información. Muchas veces la gente simplemente no sabe. Al principio de la guerra a gran escala, en 2022, quienes se sumaban a las fuerzas rusas solían hacerlo por ideología; ahora es sobre todo por razones económicas, gente que no puede sostener a su familia y busca una vida mejor sin tener mucha información sobre cómo va a terminar esto. Nos llegan pedidos de familiares, por ejemplo de Cuba, que buscan a un hermano que firmó para ser obrero de la construcción: quedamos en un limbo legal donde es casi imposible actuar. Lamentablemente, Latinoamérica, África y Asia están alimentando al ejército ruso con un porcentaje importante de gente que muchas veces ni entiende bien qué está haciendo.
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—¿Cuáles son hoy las violaciones de derechos humanos más urgentes en los territorios ocupados por Rusia?
—Los asesinatos de civiles, tanto en zona ocupada como en la controlada por Ucrania. Hay un fenómeno terrible con los drones que cambió la guerra: los “safaris humanos”, como en Sarajevo, cuando se disparaba contra la gente como en una cacería. Hay operadores que cazan a hombres, mujeres y niños en una plaza y después lo suben a las redes sociales rusas, orgullosos del crimen que acaban de cometer. A eso se suman los misiles —ahora que Corea del Norte suministra una cantidad enorme— contra edificios civiles: la cifra de muertos es la más alta desde abril de 2022, y volvió a subir así en junio de este año.
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—¿Cómo es vivir bajo esos ataques, noche tras noche?
—Con los misiles balísticos no llegas a tiempo al refugio, así que cuando te alcanzan, te alcanzan. Y quienes trabajan reconstruyendo los edificios atacados sufren “ataques dobles”: golpean una vez, llegan los rescatistas, y golpean de nuevo. Los equipos están tan agotados que en mi barrio hubo un incendio hace poco y no había nadie disponible para atenderlo, porque la noche anterior habían terminado un turno entero sacando gente de edificios colapsados. Y la vida sigue: ese es el problema de todo esto.
—Ucrania insiste en un tribunal internacional para estos crímenes, pero en las negociaciones de paz también circula la idea de una amnistía como condición para cerrar la guerra. ¿Qué piensa Amnistía?
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—Estoy totalmente en contra de la amnistía para los crímenes de guerra que se cometieron. Primero, porque si dejamos libres a quienes empezaron esta guerra de agresión, damos un mal ejemplo para que otros hagan lo mismo con sus propios civiles: sería tapar todo bajo la alfombra, sin ninguna sensación de haber vencido algo grande y malo. Segundo, y es casi sarcástico: hay quienes dicen que los derechos humanos no importan, pero si no importan, ¿por qué los regímenes autoritarios insisten tanto en pedir amnistía? Además, esos crímenes no prescriben, así que el caso se puede reabrir en cualquier momento. No hay un camino sostenible hacia el futuro sin un umbral mínimo de justicia.
—¿Y cómo se hace justicia mientras tanto, con Putin viajando por el mundo y reuniéndose con otros líderes?
—Tenemos el sistema internacional mejor construido de la historia, pero sin herramientas para aplicarlo: es como tener el Maserati más bonito sin ruedas ni combustible. Es cierto que da un mal ejemplo ver a Putin reunirse con gente como Netanyahu y darse la mano, pero seamos honestos: tampoco tienen la misma capacidad de viajar a cualquier lado, siguen bastante aislados. Incluso en Amnistía vemos que cuando planean algún viaje, la sociedad civil presiona para que no venga. Así que funciona, no de la manera en que nos gustaría, pero funciona. Y el tribunal se está reconstruyendo de una forma u otra: esta guerra lleva casi doce años, la fase a gran escala ya cinco, tenemos todo filmado y documentado, y hasta ahora no pasó nada. Ahí está la mayor frustración.
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—¿Cuáles son los principales obstáculos para documentar lo que ocurre en los territorios ocupados?
—El acceso a la gente: no queremos que nadie acabe en una cárcel rusa solo por hablar con nosotros, porque Amnistía está prohibida en Rusia. Aun así, hay tártaros de Crimea muy valientes que siguen allí y piden apoyo. Documentamos rusificación forzada, adoctrinamiento de niños ucranianos y persecución de docentes. Los regímenes autoritarios no son especialmente creativos cuando ocupan un territorio: cometen siempre los mismos crímenes, golpean, violan, amenazan a las familias, se quedan con las propiedades —Rusia nacionalizó todo, y hay ucranianos que ahora ven sus casas en venta por internet, con sus propias fotos adentro—. El otro problema es la retraumatización: entrevistar diez veces a la misma víctima hace que ya no recuerde bien qué pasó, por eso es tan importante documentar todo de primera mano en cuanto ocurre.
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—¿Tienen algún tipo de diálogo con activistas o asociaciones rusas de derechos humanos?
—Sí. Tenemos colegas rusos, algunos trabajando desde el exilio, y también abogados en el terreno; no son muchos, y es peligroso para ellos. Vivir en el exilio no es lo mismo que estar en el terreno, pero hacemos lo que podemos para mantener la comunicación, y ayuda mucho.
—Argentina integra la coalición internacional para el regreso de los niños ucranianos deportados. ¿Cómo valora ese esfuerzo?
—Es una gran iniciativa y hay que seguir empujándola. Ucrania logró repatriar a algunos, pero la evidencia habla de más de 1.200 niños, probablemente muchos más, porque en los territorios ocupados no sabemos cuántos fueron dados en adopción. Muchos fueron secuestrados, adoctrinados, y varios pasaron por hogares de acogida, que es la parte más aterradora de todo esto. Vale la pena pelear por cada uno: lo importante es sacarlos de allí, sea a Ucrania o a un tercer país.
—¿Cree que la experiencia argentina en esta materia tras última dictadura militar podría serle útil a Ucrania?
—Creo que lo más útil que Ucrania puede aprender es que es muy fácil deslizarse hacia una dictadura en tiempos de guerra. Cuando trabajas en derechos humanos hay que vigilar dos frentes: uno es la guerra de agresión de Rusia, y el otro es Ucrania misma. Si luchamos por este país es porque es democrático, porque queremos Estado de derecho, elecciones libres, ser parte de la comunidad europea, tener ciertos estándares de vida. Pero si ese país se desliza hacia una dictadura militar, no tiene sentido: ¿para qué estaríamos luchando entonces?
—¿Tiene esa misma preocupación respecto de Ucrania?
—Creo que la mejor forma de prevenirlo es mantener una preocupación constante. Hace años que no tenemos elecciones, y la opinión entre los ucranianos está muy dividida al respecto; es uno de los temas de mi propio doctorado, y entiendo que es casi imposible tenerlas en esta condición. Pero si la guerra sigue así diez años más, o cinco, tampoco podremos seguir viviendo así para siempre. La libertad de expresión es algo que hay que monitorear todo el tiempo —hay temas, como ubicaciones u objetivos militares, que no se pueden revelar—, pero si hay corrupción de por medio, hay que exponerla: corroe a la sociedad tanto como los trolls rusos. Hay protestas ahora mismo, y estoy muy orgullosa de que muchos jóvenes digan que así no va a funcionar: aunque no haya elecciones, la protesta se convirtió en la herramienta que canaliza esa voz propia, y quienes las organizan no pueden ser perseguidos ni castigados.

—Usted asumió la dirección de Amnistía Ucrania en medio de una fuerte polémica con el Gobierno. ¿Cómo describe hoy esa relación, y cómo equilibran la crítica a Kiev sin alimentar la propaganda rusa?
—Es lo más difícil, y no solo para nosotros. Cuando criticas tienes que estar segura de que lo haces con buena intención, y no alcanza con criticar: hay que proponer también una salida. Ucrania vivió una especie de autocensura el primer o segundo año de guerra, pero ahora, si algo no te convence, lo dices, y por lo general están dispuestos a escuchar.
—¿Qué avances hay en los canjes de prisioneros entre Ucrania y Rusia?
—Ucrania tiene un número enorme de desaparecidos, y es difícil saber si están cautivos o si les pasó otra cosa; cuando no lo sabemos, el trato que reciben puede ser distinto, porque esa persona técnicamente no existe. Rusia, por su parte, tiene su propio orden de prioridades: los chechenos suelen ir primero, y a los prisioneros internacionales casi nunca los incluyen, salvo a los norcoreanos.
—Su marido, Oleh Sentsov, fue preso político en Crimea. ¿Cómo influye esa experiencia en su trabajo con los prisioneros de guerra rusos?
—Entendés que todos son seres humanos. A la mayoría no querría encontrármelos armados por la calle, y no les daría la espalda, pero hablar con ellos y comprender esa perspectiva humana es muy útil. Hay un libro hermoso de la autora yugoslava Dubravka Ugrešić que dice que esas personas creen que no le harían daño ni a una mosca, y eso es lo más llamativo: la interacción ocurre a un nivel muy básico, hablas de películas y de cualquier cosa, y de golpe piensas “esta persona vino a matarme”. Una vez les pregunté a unos prisioneros egipcios si habían escuchado hablar de “los fascistas”, y me preguntaron qué era eso: no lo sabían. Hay distintos niveles de ignorancia y de educación, pero todos saben que no tienen forma de darle de comer a sus hijos, y terminan cometiendo algo terrible y eso es lo más problemático de todo.
—Después de tantos años, ¿cómo sostiene la esperanza de que la rendición de cuentas todavía sea posible?
—Leo mucho sobre guerra e historia, y sé que algún tipo de justicia siempre termina por imponerse. Esta guerra es tan injusta y tan agresiva que en algún momento vamos a tener ese tribunal, vamos a tener a esas personas. No sé si será en mi vida, pero sí en la de mis hijos. Como decía Borges, somos nuestra historia, y lo que hacemos ahora es construirla: estamos viviendo un momento histórico y hay que construirlo, o dejarlo pasar. Lo único que quiero es una vida más sostenible para mis hijos: no de venganza, sino de justicia verdadera y pacífica, y quizás de perdón, y de futuro. Porque si no, el mundo entero se derrumba.
Quién es Veronika Sentsov-Velch
- Origen: nació en Ivano-Frankivsk, Ucrania.
- Formación: es abogada, doctora en Relaciones Internacionales por la Universidad de Chernivtsi y magíster por la George Washington University.
- Carrera previa: trabajó varios años en Washington D. C. en incidencia política, entre otras causas en la campaña por la liberación de Paul Whelan, el ex marine estadounidense detenido en Rusia.
- Regreso a Ucrania: volvió al país al comenzar la invasión a gran escala, en 2022.
- Cargo actual: dirige Amnistía Internacional Ucrania desde abril de 2024, tras la crisis interna de 2022 que había derivado en la renuncia de la entonces directora, a raíz de un informe sobre tácticas militares ucranianas fuertemente cuestionado por el Gobierno de Kiev.
- Vida familiar: está casada con el cineasta Oleh Sentsov, preso político del Kremlin en Crimea entre 2014 y 2019, hoy comandante de batallón en el frente.
- Visita a Buenos Aires: del 10 al 12 de agosto, reunida con Amnistía local, la embajada ucraniana y organizaciones ucranianas y de DDHH.
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