
El fútbol, ese gran generador de mitos contemporáneos, nos regaló en este Mundial de 2026 una de sus postales más inverosímiles. En el centro de la escena no estuvo un delantero cotizado en cientos de millones de euros, sino Josimar Dias, apodado afectuosamente Vozinha. A sus 40 años, el arquero de la selección de Cabo Verde se convirtió en un gigante inexpugnable al sostener un histórico 0 a 0 contra la todopoderosa selección española, firmando ocho atajadas que congelaron a los campeones de Europa.
Sin embargo, la verdadera magia de Vozinha ocurrió mucho antes de vestirse de héroe en el partido; ocurrió cuando acomodaba cables y herramientas en su oficio diario como electricista, y se topó con una realidad insólita: la federación de fútbol de su país utilizaba la plataforma LinkedIn para reclutar talentos y armar su estructura deportiva. Vozinha, que ya había alternado entre el amateurismo y ligas menores, aplicó a la postulación a través de una pantalla. Lo que para muchos es una herramienta de oficina burocrática, para él fue el portal hacia su destino. El algoritmo, por una vez, no solo vendió publicidad; distribuyó justicia y visibilidad.
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Esta historia, que se lee con la fascinación de los cuentos de hadas, es en realidad un poderoso recordatorio sobre la infraestructura social. Nos obliga a hacernos una pregunta incómoda: ¿Cuántos Vozinhas se quedan reparando tableros eléctricos en el anonimato, no por falta de talento, sino por falta de un canal formal para demostrarlo? ¿Cuántas capacidades extraordinarias mueren en la periferia del sistema simplemente porque nadie tendió un cable hacia ellos?
El talento está distribuido de manera universal en el mundo, pero las oportunidades no
En contextos de alta vulnerabilidad social, la educación y la capacitación profesional suelen percibirse como lujos lejanos antes que como derechos o herramientas de progreso. Los jóvenes de bajos recursos en Argentina no suelen carecer de ambición o de capacidad intelectual; carecen de un puente. Sus entornos suelen estar desconectados de las redes del mercado laboral formal y de las plataformas digitales que hoy dictan el éxito profesional.
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La Asociación Civil Puentes cumple, en nuestra realidad, el mismo rol que aquella disruptiva búsqueda de LinkedIn en la isla africana: rompe el aislamiento. Al brindar acompañamiento, formación técnica, herramientas digitales y habilidades blandas a jóvenes que provienen de contextos vulnerables, Puentes hace visible lo que el prejuicio y la escasez económica invisibilizan. Capacitar a un joven en tecnología, en oficios modernos o guiarlo para que complete sus estudios es darle las llaves del algoritmo.
El talento está distribuido de manera universal en el mundo, pero las oportunidades no. La diferencia entre el olvido y la gloria suele ser un canal de apoyo abierto a tiempo.
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Si Vozinha no hubiese tenido acceso a internet, o si la federación caboverdiana no hubiese descentralizado su búsqueda de manera democrática, hoy el fútbol sería un poco más aburrido y predecible. Del mismo modo, cada vez que la sociedad civil apoya a organizaciones como Puentes, está ayudando a que un joven rompa el techo de cristal de su código postal.
Invertir en la capacitación de jóvenes de bajos recursos no es un acto de caridad condescendiente; es un acto de inteligencia colectiva y de estricta justicia distributiva. Cuando capacitamos, igualamos la cancha. Permitimos que el mérito dependa del esfuerzo y no del punto de partida. Necesitamos más puentes, más redes abiertas y menos barreras excluyentes, para que los próximos héroes de nuestra sociedad —ya sea en una cancha, en una oficina técnica o en un laboratorio— también puedan postularse a su propio destino.
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La autora es directora General de Puentes
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