
“Las escuelas están haciendo solas una tarea social que es compartida”, afirma un reciente estudio publicado por Fundar y CIAS, “Escuelas desbordadas: criar, crecer y educar en barrios populares”. El informe, que recoge testimonios de jóvenes, cuidadoras y trabajadores de la educación de barrios populares, da cuenta de una cruda realidad que atraviesan los jóvenes de estos territorios y las dificultades que está teniendo la escuela para cumplir con las expectativas, ya deterioradas, de ser puente hacia la movilidad social ascendente, de funcionar como una herramienta de progreso social. Esa potencia fue uno de los grandes motores y orgullos de nuestra educación pública.
Estos testimonios cobran más relevancia aún si se los lee a la luz de otros datos, como el fuerte aumento del ausentismo estudiantil por parte de chicas y chicos que muchas veces no distinguen entre el abandono escolar y la asistencia irregular a clases. La falta de tiempo para la crianza en familias que cada vez destinan más tiempo a la supervivencia, el deterioro de los espacios de sociabilidad, la ausencia de otras instituciones que acompañen y problemas propios de la institución escolar funcionan como un combo que no explota, sino que implosiona en experiencias vitales signadas por un fuerte sentimiento de frustración.
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La escuela es la institución con más presencia territorial de todo el país. La institución que está siempre y que por lo tanto carga sobre sus espaldas las deudas que tiene el Estado con esos niños, jóvenes y familias. Y al hacerse cargo de ir cubriendo como puede esos huecos abandona -o relega- su misión vinculada a la transmisión de conocimientos, lo que trae como consecuencia que termina colaborando en reproducir desigualdades sociales.
Frente a esto, hay algunas certezas que, por obvias, no deben dejar de ser formuladas, sobre todo en estos tiempos: si no hay un impulso potente, contracultural, que vaya a contramano de lo que este momento de la historia le impone a la institución escolar, no habrá forma de que esta no termine atendiendo, de manera precaria, condiciones de vida precarias. Y hay mucho por hacer, adentro y afuera de la escuela, para revertir esta situación:
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Respecto de la propia oferta educativa, en los barrios populares tiene que haber oferta de jornada completa en primaria. Ellas son vistas por muchas familias como una buena alternativa para la articulación cotidiana de educación, cuidados y trabajo; pero también son la oportunidad para una mejor propuesta formativa que, por ejemplo, incluya un tiempo de enseñanza razonable de un segundo idioma. Esto suele generar tensiones sobre la infraestructura -que suele ser el obstáculo más común, ya que hay edificios escolares con más de una oferta debido a las dificultades espaciales que en general tienen estos barrios-, que deberán atenderse; y mientras no se resuelvan, habrá que establecer acuerdos con clubes, iglesias, bibliotecas y espacios comunitarios donde, de forma provisoria, se le dé continuidad al tiempo escolar.
En el nivel secundario existe una fuerte valoración de la oferta de escuelas técnicas y artísticas, lo que puede entenderse por distintos factores: el doble turno, los niveles de exigencia, la certificación para el trabajo o un oficio. En este caso, como en la ampliación de la jornada completa para la primaria, la caída de la natalidad representa una oportunidad: ya no se necesitarán -salvo muy contadas excepciones- crear más escuelas. Esto permite centrarse en reorientar la oferta existente, que bien podría ser dirigida hacia la técnica y la artística, propuestas con una visión muy clara de su proyecto formativo, algo insustituible para dotar de pleno sentido a la tarea de enseñar y aprender. Para esto será necesaria también una intervención desde la infraestructura y el equipamiento. En definitiva, no hay transformación educativa sin transformación del espacio donde transcurre el proceso educativo: así se construyó nuestro sistema.
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En todos los casos se necesita más tiempo adulto disponible. Las escuelas deben contar con cargos de acompañamiento de las trayectorias que permitan a los docentes de grado y de las disciplinas abocarse a la enseñanza. Dichos referentes deben funcionar con un pie adentro de la institución y un pie afuera, articulando las partes de lo que debe funcionar como un sistema que enriquezca su recorrido y acompañe su proyecto de vida.
Las condiciones de trabajo de los docentes deben mejorar en cualquier institución educativa, empezando por una recuperación de sus salarios que se encuentran hoy en valores inadmisibles. Pero es necesario que quienes elijan trabajar en las que se encuentran en territorios con mayores dificultades tengan aún mejores condiciones, con incentivos salariales que favorezcan la permanencia. Lo mismo ocurre con los directivos, cuya estabilidad, permanencia en el cargo y capacidad de conducción son elementos indispensables para consolidar cualquier proyecto escolar.
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Las transformaciones no pueden ser solamente puertas adentro de la escuela. Para reposicionar al conocimiento en el centro de la tarea escolar, debe haber un afuera que acompañe: un sistema integral que articule de forma inteligente las políticas nacionales, jurisdiccionales y locales, con funciones claras en cada nivel y para cada área de atención. Los municipios tienen ahí una tarea fundamental: contar con un sistema de información y acompañamiento que les permita actuar rápidamente frente a alertas de distinta índole -hay experiencias recientes muy valiosas en este aspecto-. Se necesita un Estado que abandone la lógica fragmentada y se reconstruya “rodeando” a la institución educativa. La escuela tiene que funcionar como aglutinador: si en la actualidad es allí donde se presentan las problemáticas, es allí adonde tienen que llegar las soluciones.
Tenemos algo a lo que aferrarnos para construir este propósito. El informe citado lo menciona y lo sabemos: hay una valoración por la escuela que, en muchos casos, y a pesar de la cruda realidad, no perdió vigencia. Persiste. Frente a esas expectativas firmes, hay quienes plantean la motosierra como respuesta y el homeschooling -una suerte de vuelta a la situación pandémica, pero permanente- como solución a los problemas educativos. Pero quienes creemos que el conocimiento se construye colectivamente y debe ser democratizado, y que en esa visión está cifrada una parte importante del futuro de nuestros jóvenes y de nuestro país, debemos imaginar, trabajar y construir una nueva realidad.
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La escuela que viene sólo puede ser pensada en comunidad, y la Escuela Comunidad requiere más inversión y mucha coordinación institucional. Un Estado inteligente que garantice y articule la tarea de todos aquellos que trabajan y se esfuerzan cotidianamente por abrir futuros y por interrumpir destinos.
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