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Los trágicos aprendizajes de la experiencia libertaria

La no intervención del Estado como principio absoluto choca con historias concretas de hogares endeudados y muertes evitables

El ministro de Economía de Argentina, Luis Caputo
El ministro de Economía de Argentina, Luis Caputo
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El jueves pasado, el ministro Luis Caputo convocó a una conferencia de prensa una hora antes de que se conociera que la inflación volvió a subir en la Argentina. En esa reunión anunció que los bancos argentinos, por primera vez desde la crisis del 2001, serán habilitados para prestar dólares a empresas que no los generen. Dios sabrá si semejante imprudencia no provocará una estampida: es lo que suele suceder con esas imprudencias en la Argentina. De todos modos, el objetivo de la conferencia de prensa no se cumplió ya que, al rato, la resiliente inflación ocupó el centro del debate público. Sobre el final del encuentro, además, se produjo un intercambio muy relevante sobre otro asunto: el endeudamiento y la morosidad récord que afecta a millones de argentinos.

-Con respecto a las tasas en pesos, hay billeteras virtuales que están cobrando un costo financiero del 700 por ciento o tasas arriba del 400 por ciento. ¿El equipo económico considera la posibilidad de tomar medidas ante estas tasas que parecen abusivas?— preguntó el periodista Juan Manuel Barca.

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-Del 700, la verdad que no he visto—respondió el ministro.

-Costo financiero total—aclaró el colega.

-Si están cobrando tasas del 700 o del 400, obviamente son tasas abusivas. Hoy no hay nada que les impida a ellos hacerlo. Esa es la realidad. No creo que puedan mantener un negocio cobrando tasas de ese tipo. Las billeteras a lo que apuntan…eh…son sectores que apuntan al crecimiento, son sectores de, lo que se dice, de growth. Si vos apuntás a cobrar tasas de ese tipo, yo pensaría de este lado que estás en el negocio equivocado. Así que digamos, como dije, es un tema entre privados. No creo que sea muy buen negocio para ellos si están haciendo, eh, digamos, estas cosas—concluyó Caputo.

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Cobran tasas abusivas, pero no hay nada que se pueda hacer. Es toda una definición, sobre todo cuando hay millones de personas que fueron afectadas por esta situación.

Existen muchas maneras de contar esta historia. Una de ellas es como sigue. En 2024 el Gobierno puso en marcha un plan que derrumbó salarios y jubilaciones a partir del shock inflacionario y del aumento de los servicios. En ese contexto de reducción de ingresos, las mismas personas que los sufrían eran acosadas por billeteras virtuales que les ofrecían –y les siguen ofreciendo- créditos a un solo click, a tasas increíblemente altas, desreguladas por el mismo gobierno. La tentación era mucha, especialmente porque el propio Presidente prometía que rápidamente los salarios se recuperarían. Las deudas crecieron enormemente luego de la suba brutal de tasas de interés, que decidió el mismo Banco Central en agosto de 2025. Pero los salarios no subieron. Fue una trampa, en cuya construcción el Gobierno jugó un rol muy activo. Así, una parte significativa del ingreso de los más pobres fue captada por empresas poderosísimas, cuyos máximos referentes han militado a favor del proyecto libertario. Pero además este proceso provocó un inmenso daño macroeconómico. La gente dejó de consumir, los comercios de vender y muchas pymes de producir.

Para una mirada tradicional de cómo funcionan las cosas, parece obvio que en un contexto así el Estado debe intervenir. Es más, parece una inmoralidad que no lo haya hecho desde el principio. Un presidente, un ministro o un presidente del Banco Central debe estar atento cuando su plan produce una caída de ingresos y, al mismo tiempo, hay un nuevo actor, muy poderoso, que ofrece una solución de corto plazo a tasas leoninas. Desde este punto de vista, no intervenir parece un gesto de sospechosa complicidad con la apropiación de recursos de los más débiles por parte de los más poderosos, con consecuencias asfixiantes para la vida de los primeros.

Reunión Milei, Caputo, Sturzenegger y Bausili
Javier Milei junto a Luis Caputo, Santiago Bausili y Federico Sturzenegger

Pero Milei, Caputo y Bausili tienen un punto muy razonable. Ellos creen en la libertad, y que la libertad se define por la no intervención del Estado en la vida de los individuos. Lo han dicho una y mil veces. Entonces, no se meten. Ni cuando se generó el problema, ni ahora. Es un tema de convicciones profundas. El Estado no se debe meter y no se mete. Es consistente con un punto de vista filosófico y existencial repetido hasta el hartazgo. En todo caso, si las tasas son muy altas, el mercado las regulará a su tiempo, y habrá menos víctimas.

La indignación frente a la indiferencia del Gobierno, en todo caso, es coherente con una mirada que admite, en ciertas circunstancias, la intervención estatal. Pero si alguien defiende la “libertad”, o esa particular idea de la libertad que domina en estos tiempos la política local, debe defender la posición de Milei, Caputo y Cia. Milei dice: “Nadie les puso la pistola en la cabeza”. Podría decir: “¿No era libertad lo que querían?”. Y tendría toda la razón del mundo.

Es un caso de análisis interesantísimo para entender estos años de la Argentina. La historia del capitalismo está recorrida por varios debates centrales. Uno de ellos gira alrededor de cuánto y cómo debe intervenir el Estado en la regulación de las relaciones privadas. Un exceso de regulación ahoga la economía. Pero la eliminación completa puede ser muy riesgosa. Para cualquier persona pragmática, hay casos en los que cae de cajón que el Estado debe intervenir. Por ejemplo, en este.

Para un libertario, no. Nunca. Su convicción moral se lo impide. A eso se refiere el Presidente cuando habla de “la moral como política de Estado”. Del otro lado se podrá argumentar, como se hizo siempre, que se trata de una pátina filosófica para justificar que el lobo se coma a los corderos. Pero no es lo que piensa el Gobierno. Ayer mismo Federico Sturzenegger presumía de haber eliminado 17 mil regulaciones.

Es una mirada que puede dejar un tendal. Pero tiene consenso. Hay muchísimos empresarios y colegas que la respaldan. En estos días, conscientes del problema, personalidades muy variadas, como Gustavo Lazzari, Hernán Lacunza, Marín Guzmán, Martín Redrado, entre tantos otros, reclamaron algún tipo de solución. Pero es pedirle a Milei que no sea Milei, que renuncie a su principal motivo de orgullo. El reclamo de “empatía”, en este marco, es un contrasentido, porque se trata de una forma amable de pedir intervención. Y eso no va. Que los damnificados se arreglen como puedan. Papá Estado no se mete.

Bienvenidos a la Argentina libertaria.

El presidente de Argentina, Javier Milei
El presidente de Argentina, Javier Milei

La mirada libertaria de la vida ha dado otra lección, más dramática aún, en estos días. Por primera vez en la historia, las dos máximas autoridades de la ANMAT fueron detenidas por haber permitido que se distribuya un medicamento contaminado. Se trata del caso del Fentanilo, que provocó al menos cien muertes. Es la peor tragedia sanitaria de la historia argentina. Solo las víctimas identificadas duplican a las de la tragedia de Once. El tema es gravísimo y, sin embargo, las máximas autoridades del Gobierno se mantienen en absoluto silencio.

Las dos detenidas fueron designadas por Javier Milei y se mantuvieron en sus cargos hasta mucho después del desastre. Las evidencias son muy categóricas: los subordinados les pedían que retiraran los lotes contaminados y ellas no lo hacían. En el Congreso, mientras tanto, los bloques libertarios frenaban cualquier intento de investigación independiente.

Es evidente que en esta tragedia, como en todas, hay un componente individual, una responsabilidad personal. Pero hay otro que es ideológico. La ANMAT es un organismo estatal, que controla y regula la distribución de alimentos y medicamentos. Desde la asunción de Milei sufrió despidos de inspectores, disminución de sueldos, reducción de facultades: el mismo proceso de destrucción del Estado desde adentro que se vivió en todas las reparticiones. Hay que escuchar un rato a los familiares de las víctimas –que curiosamente tienen poco espacio en los medios- para entender hasta qué punto esta mirada jugó un rol central en la tragedia. Al final de la historia, claro, no es un buen negocio repartir fentanilo contaminado: la empresa culpable quebrará, nadie más le comprará nada y eso ordenará todo. En el medio, pasan cosas. La libertad tiene sus riesgos, dirán. Lo contrario es el comunismo.

La moral como política de Estado.

Un libertario consecuente sí podría criticar, como lo hacen muchos de ellos, las intervenciones del Estado que se perpetúan tanto tiempo después de la asunción de Milei: que siga existiendo el cepo para las empresas, o que, por ejemplo, se le suba violentamente, en este contexto, el precio de la electricidad a las pymes, porque es una transferencia deliberada de ingresos a las energéticas, que ya ganan mucho, mientras empujan a las pymes al abismo. Hay veces, que el Gobierno se olvida de sus dogmas. En muchísimos casos, el Gobierno libertario interviene para favorecer a unos y perjudicar a otros. Esa contradicción es evidente. Pero un libertario puede criticarlas por exceso de regulación, no porque el Estado no se meta.

Esto mismo sucede en ámbitos muy diversos. Es, como dijo el presidente Milei, el topo destruyendo al Estado. Se supone que, a largo plazo, esto tendría efectos beneficiosos. Quién dice.

Mientras tanto, el Presidente acaba de firmar un decreto que permite a los bancos prestar en dólares a empresas que no los generan. Parece un negoción. Como los préstamos son en dólares, la tasa será muy baja. Muy tentador. Además, el dólar está quieto. Y seguramente no se va a mover nunca más, por los siglos de los siglos. Muy tentador. Sobre todo en este momento en que tantas empresas necesitan fondearse para atravesar tiempos de malaria.

Guido Sandleris (@BancoCentral_AR)
Guido Sandleris (@BancoCentral_AR)

Guido Sandleris, el ex presidente del Banco Central durante la última etapa del macrismo, escribió:

-“Después de la crisis de 2001 se establecieron regulaciones que dividieron al sistema bancario en dos segmentos —pesos y dólares—, aislados entre sí. Los depósitos en dólares sólo podían prestarse, esencialmente, a quienes también generaban dólares. El objetivo era evitar que una fuerte depreciación del peso volviera impagables esos créditos y terminara poniendo en riesgo la capacidad de los bancos para devolver los depósitos en dólares”.

-“Esa regulación prudencial permitió que la Argentina atravesara todas las crisis cambiarias desde 2001 sin sufrir una crisis bancaria. No fue casualidad: fue el resultado de haber aprendido una lección muy costosa”.

-“Históricamente, la Argentina ha tenido enormes dificultades para construir reglas estables. Por eso no parece una buena idea debilitar una de las pocas que funcionó durante más de dos décadas con el fin de expandir el crédito ante una necesidad coyuntural. Las regulaciones financieras prudenciales suelen implicar costos de corto plazo, pero existen para proteger un bien mucho más valioso: la estabilidad financiera”.

Y si algún día, hubiera una corrida, una devaluación brusca o una necesidad genuina de depreciar el peso: ¿qué pasaría con esas empresas? ¿Qué debería hacer el gobierno para salvarlas?

Nada, obviamente.

Acuerdo entre privados.

Nadie les pone una pistola en la cabeza.

Vivimos “en un país libre, el cual solamente puede ser libre”, como decía, en otro contexto, el cantautor cubano Silvio Rodróguez.