
“Seamos libres, lo demás no importa nada”. La frase más citada de José de San Martín no es solamente una proclama de libertad: es una jerarquía. Hay algo que está por encima de todo, y todo lo otro —los agravios, las facciones, las cuentas pendientes, las heridas personales— entra sin más trámite en la categoría de “lo demás”.
Dos siglos después, la Argentina invirtió esa jerarquía. “Lo demás” ocupa la escena completa. A esa inversión apunta El Libertador, el cortometraje producido por Infobae con imágenes generadas por inteligencia artificial, que narra el encuentro entre San Martín y Sarmiento en la residencia de Grand Bourg.
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No es una pieza concebida con pretensión artística ni como aporte al debate historiográfico, y tampoco sirve para estudiar la vida del Libertador. Convoca a otra cosa: a pensar el presente de una Patria desgarrada a partir del encuentro entre dos personalidades que el imaginario histórico-político nacional suele ubicar en veredas opuestas.
¿Es posible promover un punto de encuentro y de diálogo entre quienes abrazaron posiciones distintas? El cortometraje no se regodea en las desavenencias ni en los enfrentamientos fratricidas que provocaron el exilio de San Martín, ni se detiene en las anécdotas de la política doméstica rioplatense.
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Sarmiento no pone el dedo en la llaga: interpela al Libertador sobre algo más trascendente, el encuentro con Bolívar y el desarrollo de la campaña libertadora. San Martín, a su vez, no enumera los agravios de quienes lo denostaron durante décadas. Narra lo único que importa cuando se trata de pensar la Patria. Ahí está la metáfora: la de aquello que falta, pero sobre todo la de lo que puede hacerse si se abandonan los esquemas de pensamiento binario y se abraza la Patria desde la complejidad de su entramado social, geográfico, económico y político.
Francia tiene su Panteón, y en la entrada la inscripción “A los grandes hombres, la Patria agradecida”. Allí descansan quienes hicieron grande esa nación, sin distinguir banderas ni partidos. Rousseau reposa justo enfrente de Voltaire: dos intelectuales de la Ilustración y de la Revolución que en vida sostuvieron ideas sensiblemente enfrentadas. Francia no eligió a uno y negó al otro. Los acogió a ambos, en pie de igualdad y cara a cara, para que dialoguen entre sí y con el imaginario colectivo hasta el fin de los tiempos.
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Los partidos expresan una parte, nunca el todo: lo dice su propia etimología. Y una nación se edifica con todas las partes. El problema argentino —porque existe como tal— no deriva de coyunturas específicas. Es de raíz, y se vincula con el quiebre de valores compartidos que llevó a exacerbar hasta lo indecible un enfrentamiento que, a la luz del tiempo, se ha vuelto incomprensible.
Rosas, Urquiza, Alberdi, Sarmiento, Roca, la generación del 80, Yrigoyen, Alvear, Perón, Frondizi y tantos otros son figuras que, en su justa ponderación, pueden aportar a una gran síntesis nacional. Y una síntesis no es la negación de nada: es la superación de dos tesis antagónicas mediante un salto dialéctico que alumbra una nueva verdad compartida.
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En los últimos años se ha naturalizado el agravio en la política. Se lo ha celebrado y aplaudido complacientemente, reproduciendo una práctica asentada en acentuar las discrepancias antes que en construir soluciones entre todos. Los resultados están a la vista.
Tal vez haya llegado la hora de desandar tantos desencuentros y de volver a pensar en grande, más allá de lo anecdótico. Conviene recordar que el cruce de los Andes no fue una excursión. Fue una epopeya realizada con frío, al borde del abismo, en la inmensidad de una geografía amenazante y con un enemigo agazapado.
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El corolario de la liberación de Chile, Perú y el continente entero no fue la gloria mundana: fue el destierro y el agravio de la facción que pensaba más en la guerra civil que en la campaña emancipadora. Y aun así, el Padre de la Patria jamás se mostró arrepentido. Hizo lo que tenía que hacer, como un verdadero soldado.
Es posible —y necesario— recuperar los valores fundantes de la Patria. Valor, esfuerzo, disciplina, coraje y pensamiento estratégico. Darlo todo sin esperar nada a cambio. Que la potencia de ese ejemplo se vuelva práctica cotidiana, y que la vieja jerarquía vuelva a su lugar: seamos libres, que lo demás, efectivamente, no importa nada.
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