
Al día siguiente del partido con Argelia, tuve la oportunidad de compartir una charla con más de 600 alumnos de escuelas primarias de la ciudad de El Trébol.
En un tiempo en el que solemos preguntar a los niños cuánto saben; quizás deberíamos consultarlos con más frecuencia cómo se sienten porque aprender no depende solamente de la inteligencia o del esfuerzo, también de la capacidad para reconocer, comprender y regular las emociones.
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Durante el encuentro les propuse pensar en una persona que todos admiran: Leo Messi, específicamente de lo que había hecho el día anterior. ¿Qué hizo Messi durante el partido?, pregunté. “Tres goles impactantes”, señaló -de manera entusiasta- un pequeño alumno. Sin embargo, la conversación tomó otro rumbo cuando hablamos de algo menos visible, de cómo Leo “se sostuvo” de otros y con otros.
Es el mejor futbolista y nadie lo pone en discusión, pero no podría ser quien es si no cuenta con jugadores que le habiliten la pelota para ejecutar sus majestuosas jugadas. Algunos de ellos son sus amigos, otros meros compañeros de equipo, pero Messi supo reconocer y agradecer a todos por el sostén de esos días. Claramente tiene una gran inteligencia emocional y ha podido construir relaciones interpersonales saludables y empáticas.
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A lo largo de su carrera, Leo ha mostrado momentos de alegría inmensa, pero también de tristeza, frustración y angustia. En distintas oportunidades reconoció la presión que sentía y la importancia que tuvieron quienes lo acompañaron en los momentos difíciles. Sus compañeros, su familia y las personas cercanas formaron parte de ese sostén emocional que le permitió seguir adelante.
En ese marco, con los alumnos de entre 10 y 12 años hablamos de algo que considero fundamental: no está mal sentir miedo, tristeza, ira o ansiedad; pero sí es necesario reconocer lo que sentimos y encontrar maneras saludables de afrontarlo.
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Las investigaciones muestran que la regulación emocional no es un proceso individual. Aprendemos a regular nuestras emociones junto a otros. Un compañero que escucha, un docente que acompaña, una familia que contiene o un amigo que está presente pueden marcar una enorme diferencia. Y, después, saber decir gracias a quien estuvo allí.
Más allá de su talento extraordinario, Messi se ha convertido en un ejemplo de coherencia. Durante años sostuvo valores como el esfuerzo, la humildad, el respeto y el compromiso. Su conducta cotidiana parece estar alineada con aquello que expresa. Y esa coherencia constituye una de las formas más poderosas de educar.
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Los niños aprenden observando. Por eso los referentes importan, no solamente por lo que logran, sino por la manera en que enfrentan los desafíos y como se relacionan con los demás.
Al finalizar la charla, mientras observaba a esos 600 niños participando con entusiasmo, pensé que quizás una de las tareas más importantes de la educación actual sea precisamente esta: ayudar a las nuevas generaciones a conocerse mejor para ser felices. Enseñar Matemática, Ciencias o Lengua es indispensable, pero también lo es enseñar a reconocer qué sentimos, a pedir ayuda cuando se necesita, a acompañar a un compañero que está pasando un mal momento y a construir vínculos saludables.
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Messi llegó a la cima del fútbol mundial. Ha batido cientos de récords. Pero tal vez una de las lecciones más valiosas que puede ofrecer a los niños y niñas de hoy no tenga que ver con una pelota ni con una copa.
Leo, aun siendo extraordinario, sigue siendo profundamente humano. Tal vez por eso emociona tanto. Porque detrás del campeón hay una persona que no olvida de dónde viene, que reconoce a quienes lo sostienen y que nos recuerda que la verdadera grandeza siempre tiene algo de humildad y mucho de gratitud.
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Los niños llegaron hablando de lo que Messi hace y se fueron admirando lo que Messi es.
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