
Existen dos clases de deudas que impiden el avance de los argentinos: la humana, vinculada a las necesidades de subsistencia de las familias de la mitad de la población, y la deuda externa, tanto legítima como ilegítima, como expuso con pruebas uno de los pocos jueces que aún quedaba en Comodoro Py.
En 2026 el 60% de los adultos en Argentina mantiene algún tipo de deuda. El préstamo con tasas de interés se transformó en un negocio financiero cuando el “mala paga” eliminó el fiado. Es una herramienta de consumo tanto para bienes necesarios como útiles para la supervivencia. El 77% de los trabajadores manifiesta tener deudas, principalmente para cubrir gastos básicos, alimentos y medicamentos, lo que derivó en la tasa de morosidad más alta desde 2004. El “¿me lo anota, don Bautista?” fue reemplazado por el acuerdo casi automático y discreto de las billeteras virtuales. El celular desplazó al lápiz y papel, y la confianza fue sustituida por cálculos invisibles, ajenos a la comprensión del gallego de la esquina.
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¿A qué llamamos deuda social?
Según el papa Francisco, “la deuda social se compone de privaciones que ponen en grave riesgo el sostenimiento de la vida, la dignidad de las personas y las oportunidades de florecimiento humano”. Estas incluyen inversiones como la tierra, la vivienda, la educación, la salud privada, la seguridad y los gastos extraordinarios.
Una magnitud millonaria de deudores
En 2025 y en lo que va de 2026, los créditos al sector privado pasaron a representar el 13,6% del PBI. Hay una diferencia entre la composición bancaria y no bancaria. El 55% de los hogares tiene deudas con bancos y tarjetas, mientras que casi un 60% utiliza canales no bancarios (fintechs, billeteras virtuales, ANSES y prestamistas). La falta de pago alcanzó niveles críticos. En el sistema bancario, la mora supera el 14%, mientras que en las financieras no bancarias y billeteras virtuales la irregularidad varía entre el 15% y el 35%. El impacto poblacional se estima en 6,3 millones de argentinos. El 18% de los adultos registra importantes atrasos en sus pagos y cuatro de cada diez jóvenes no pueden cumplir con sus obligaciones financieras.
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Frente a salarios rezagados respecto a la inflación y los servicios, una parte significativa de la población se vio obligada a refinanciar sus saldos y a destinar ingresos extraordinarios, como el aguinaldo, al pago de deudas. Para profundizar en el manejo de deudas y opciones de financiamiento oficiales, pueden consultarse las normativas y tasas de interés publicadas por el Banco Central de la República Argentina (BCRA).
El aguinaldo de junio
Una encuesta reciente de la consultora Focus Market revela que aumentó de forma notable la cantidad de personas que destinarán el aguinaldo al pago de deudas con tarjetas de crédito y billeteras virtuales, una tendencia que refleja el incremento de la morosidad en la economía de los hogares. La deuda de las familias, por su naturaleza jurídica y contable, es una deuda privada, pero su impacto y origen permiten analizarla como una profunda deuda social, debido a las causas estructurales que la generan: los aumentos de precios superan con creces a los incrementos salariales (fuentes: Elauditor.info, Focus Market, Revista Anfibia, Universidad Católica Argentina).
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La Iglesia y la conciencia de la deuda social argentina
Se destaca el seminario “Las deudas sociales”, dictado en 2009 por el entonces arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio (véase Pastoral Social de Buenos Aires, “La deuda social según la Doctrina Social de la Iglesia”), así como los informes del Observatorio de la UCA.
El verdadero endeudamiento argentino
Bergoglio afirmó: “El verdadero endeudamiento de un país no es el financiero, sino el social: la exclusión, la pobreza estructural y la injusticia sistémica son las deudas más graves y peligrosas”.
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“La crisis económico-social y el consiguiente aumento de la pobreza tienen sus causas en políticas inspiradas en formas de neoliberalismo que consideran las ganancias y las leyes de mercado como parámetros absolutos, en detrimento de la dignidad de las personas y de los pueblos”, agregó. También señaló: “No puede haber estabilidad ni desarrollo real en un país que posterga a la mayoría de su población en nombre de equilibrios macroeconómicos impuestos desde el exterior” (léase, básicamente, FMI).
El cardenal Bergoglio también expresó: “Las deudas no son malas. Lo son cuando lo prestado no se invierte en desarrollo y crecimiento y se paga con el sacrificio de los trabajadores (inflación y bajos salarios), o cuando el prestamista termina dominando la vida del prestatario”. Siendo la deuda una relación, hay que medirla en cada caso con diversas variables económicas: PBI, déficit o superávit fiscal, entre otras. A pesar de las desviaciones y vicios de los últimos 200 años y hechos de corrupción, el desvío y la renovación permanente de la deuda son la verdadera causa de la opresión que aplasta el mundo laboral y la distribución de los ingresos, impidiendo el buen vivir de gran parte de la población argentina.
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La necesidad de transparentar el destino del dinero de la deuda externa
Bergoglio advertía: “Mientras millones de niños carecen o se atrasan en su educación, pasan frío, hambre o mueren a causa de la miseria, muchos, a consecuencia de la deuda social, especulan con teorías y ataques —de unos contra otros— discursos casi siempre deformativos y diabólicos. De estos, podría decirse con el poeta que ‘…son como animales en una estepa, llevados al retortero por un espíritu maligno’ (Goethe). Al menos, inmorales, mientras la balanza de la justicia siga atendiendo en el mercado”.
“…Desde una antropología cristiana, el ser es siempre ‘ser en relación’ y no ‘ente aislado’. Cuando se separa el yo del otro-nosotros, existencialmente sobreviene una crisis por carencia de sentido de pertenencia o identidad. Cuando la acumulación del dinero, que debería perseguir el bien común, está destinada al interés propio por vía del egoísmo, nos transformamos en Caínes. La inequidad que implica la apropiación política de lo ajeno constituye un acto de violencia y de mutilación de la libertad del hermano”. Recordemos que los dólares son libertad física o material.
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El Papa Francisco señaló más adelante que, en un “sistema social y económico injusto en su raíz, el bien tiende a comunicarse; el mal consentido, que es la injusticia, tiende a expandir su daño y a socavar silenciosamente las bases de cualquier sistema político y social, por más sólido que parezca. Si cada acción tiene consecuencias, un mal enquistado en las estructuras de una sociedad siempre tiene un potencial de disolución y de muerte. Es el mal cristalizado en estructuras sociales injustas, de las cuales no puede esperarse un futuro mejor” (Exhortación Apostólica del Papa Francisco E.G. N° 59 “No a la inequidad que genera violencia”, p. 61).
Hacia la reconquista del derecho laboral
Tras largas luchas, los argentinos lograron en los últimos cien años un sistema laboral jurídicamente justo, tanto en las relaciones laborales individuales como colectivas. Sin embargo, los regímenes neoliberales expulsaron a gran parte de los trabajadores y les hicieron pagar al mundo del trabajo y la producción sus propios desaciertos económicos. Las divisiones crónicas de las centrales sindicales, entre un ala negociadora y otra combativa, junto con la corrupción y la falta de unidad y de políticas del empresariado, fortalecieron esa parálisis. Así como el papa Francisco predicó en todo el mundo la acción y la superación del ensimismamiento, con una Iglesia en salida y actuando como hospital de campaña, el movimiento obrero organizado podrá reconquistar la excelencia de los beneficios sociales. Recuperemos la ley con la luz de Norberto Centeno.
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El tejido social y la responsabilidad de los dirigentes
“Por eso, como indican los obispos argentinos, para superar esta deuda social es necesario reconstruir el tejido social y los vínculos comunitarios.” Reconstruirlo es urgente, ya que el tejido social está roto y el mundo del trabajo también, como lo denunciaron los dirigentes de la CGT y de las dos CTA en la 114.ª Conferencia Internacional del Trabajo en la OIT, Ginebra, en la última semana. Bergoglio concluía que “esta pobreza no es una etapa casual, sino el producto de situaciones y estructuras económicas, sociales y políticas, aunque haya otras causas de la miseria”. Son estructuras de poder, como afirmaba el presidente Perón hace décadas, durante las cuales “el pescado comienza a pudrirse por la cabeza”, entendiendo la metáfora como “mente” de los dirigentes contaminados por la corrupción. La motosierra aplicada sobre la legislación laboral, la desocupación, la precarización del trabajo. La distancia entre los trabajadores y muchos dirigentes sindicales. Los discapacitados, los trabajadores de la salud, de las ciencias, los docentes, y en general el mundo del trabajo se ha visto degradado, y la situación de los jubilados y pensionados ha sufrido una reducción de ingresos. El derrumbe de las garantías constitucionales remite a ciertas dictaduras latinoamericanas de un tiempo que parecía definitivamente superado.
“Los derechos humanos —recordaba Bergoglio citando el Documento de Santo Domingo— se violan no sólo por el terrorismo, la represión y los asesinatos, sino también por la existencia de condiciones de extrema pobreza y de estructuras económicas injustas que originan grandes desigualdades”.
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Todo ser humano tiene derecho a sobrevivir y a vivir bien
“Por encima de la lógica del mercado, existe algo que es debido al hombre porque es hombre (y no cosa), en virtud de su eminente dignidad. Este algo debido conlleva inseparablemente la posibilidad de sobrevivir y de participar activamente en el bien común de la humanidad”. “Sobrevivir”, entendido como “seguir vivo”, y “participar en el bien común” como forma del “buen vivir”. Esto se garantiza favoreciendo la producción en el agro y la industria, los recursos naturales, su exploración, extracción y enriquecimiento con valor agregado y exportación. Garantizar el derecho al trabajo y a una remuneración justa implica asegurar un reparto justo de la riqueza; satisfecho esto, se debe pagar la deuda pública. Los estados deben contratar personal y ajustar sus cuentas con rigor científico, además de repartir racionalmente las cargas impositivas respetando la justicia tributaria: deben pagar más quienes más tienen y quienes más ganan.
Un Estado activo que sostenga la justicia social
“Es necesario un Estado activo, transparente, eficaz y eficiente, que promueva políticas públicas como nueva forma de opción por nuestros hermanos más pobres y excluidos.” “La justicia social prohíbe que una clase excluya a la otra en la participación de los beneficios. Exige que las riquezas, que aumentan constantemente gracias al desarrollo económico social, se distribuyan entre todas las personas y clases, de modo que quede a salvo la utilidad común de todos”.
“Ratificar y potenciar la opción del amor preferencial por los pobres (DA, 396), que brota de la fe en Jesucristo (Cf. DI, 3; DA, 393-394), requiere socorrer las necesidades urgentes y, al mismo tiempo, colaborar con otros organismos e instituciones para organizar estructuras más justas. Se requieren nuevas estructuras que promuevan una auténtica convivencia”.
La unidad es superior al conflicto: el llamado a todos los sectores sociales
“La deuda social exige la realización de la justicia social. Ambas interpelan a todos los actores sociales, en particular a los distintos poderes del Estado, a la dirigencia política, al capital financiero, empresarios, agropecuarios e industriales, sindicatos, Iglesias y demás organizaciones sociales”.
Finalmente, Bergoglio se preguntaba: “¿Qué podemos hacer para que los recursos salden la deuda social y generen condiciones para un desarrollo integral para todos?”
“La Iglesia, al reconocer y referirse a la ‘deuda social’, pone de manifiesto una vez más su amor y opción preferencial por los pobres y marginados, con quienes Jesucristo se identificó especialmente (Mt. 25,40). Lo hace a la luz del primado de la caridad, atestiguado por la tradición cristiana, comenzando por la Iglesia peregrina (cf. Hech 4,32; 1 Co. 16,1; 2 Co. 8-9; Ga. 2,10) y siguiendo la tradición profética (Is. 1,11-17; Jer. 7,4-7; Am. 5,21-25)”.
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